Opinión

Manual para destrozar un país

El proceso estadounidense, que parece alentar tantas otras experiencias en el mundo, podría integrar un manual para destruir a un país. | Roberto Rock L.

  • 07/01/2021
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uTomará algunas semanas traducir, en valoraciones precisas y en consecuencias previsibles, los acontecimientos de ayer en el Capitolio de Washington D.C., que alberga al Congreso norteamericano. Quizá valga la pena apuntar que el único episodio similar en ese sitio ocurrió hace dos siglos. Y que más allá de una anécdota sobre una tarde violenta, se hablará de una conspiración criminal para imponer la Ley Marcial, que para el equipo de Donald Trump abriría el escenario de un autogolpe de Estado… con aliados hasta ahora no plenamente identificados. 

Sin forzadas extrapolaciones, sería pertinente seguir esta reflexión desde el cristal de México, porque el proceso estadounidense, que parece alentar tantas otras experiencias en el mundo, podría integrar un manual para destruir a un país

Sería una referencia oportuna para aquí el riesgo real que puede entrañar utilizar las desigualdades (económicas, sociales, culturales, étnicas) de un sector para polarizar a un país, perseguir el disenso y buscar la aniquilación del contrario. 

Asimismo, poner lupa sobre la incompetencia de nuestra clase política (gobernantes, partidos políticos, otros actores clave) para “filtrar”, llevar hacia los márgenes, reducir la presencia de aquellos que le apuestan a las visiones más radicales y absolutistas. O de aquellos dueños de grandes fortunas que, como lo hizo Trump, pueden comprar voluntades incontables. 

También, sopesar los alcances de nuestro presidencialismo mexicano, exacerbado como en el gobierno López Obrador. Pero, igualmente, poner la lupa sobre los poderes que se acumulan llenando vacíos, sellando pactos de espaldas a la nación. 

El análisis de la jornada en el Capitolio puede detenerse en la acción de una turba formada por fanáticos pro-Trump, gente supuestamente anónima que penetra sin mayor complicación la sede parlamentaria más famosa del mundo, con el ánimo expreso de descarrilar la última etapa legal, casi simbólica, que se desarrollaba en ese recinto para declarar formalmente a Joe Biden ganador de la presidencia de Estados Unidos.

Sin embargo, el panorama se complica si se detiene en el artículo anónimo publicado por “The New York Times”, denominado “Soy parte de la resistencia”, atribuido nada menos que al vicepresidente, Mike Pence. El texto alude a un bloque del gobierno que ha trabajado subrepticiamente para frenar “las peores inclinaciones” de Trump, e incluso deliberar si no ha llegado el momento, por vez primera en la historia, de invocar en su contra la Enmienda 25 de la Constitución de aquel país, que permite al gabinete presidencial declarar que el mandatario en funciones no es capaz de “desempeñar las funciones y obligaciones de su cargo”.

Es el mismo Mike Pence que rechazó la exigencia pública de Trump de “reventar” en el Congreso el recuento de votos emitidos por los colegios electorales de cada estado. El que nunca abandonó esa sede, conocedor de la importancia solemne de su presencia. Y que cuando en las afueras había todavía reyertas y gases lacrimógenos, llamó a los congresistas: “Terminemos nuestro trabajo”.

Por la noche, el Consejo Editorial del diarioThe Washington Post” emitió un posicionamiento en el que llamó a deponer a Trump aun antes de que entregue el poder, el próximo día 20. Lo responsabilizó de causar directamente el asalto al Congreso, lo que en la ley norteamericana tipificaría el grave delito de conspiración.

Es probable que en la mente de muchos estén las versiones de que un segmento del estamento militar norteamericano se sintió muy cómodo durante los cuatro años de gobierno de Trump, con los privilegios que les otorgó, con los enormes presupuestos para la compra de armas, con la beligerancia incesante contra otras naciones. Y que habrían recibido con beneplácito otros cuatro años de eso. Porque la historia ha demostrado que no es difícil ceder a los militares espacios de poder. Lo difícil es después sacarlos de ahí. 

Según transcurrían las horas, gobiernos de múltiples países comenzaban a emitir anoche pronunciamientos que reflejaban inquietud y certeza de que el “miércoles negro” de Washington encierra mucho más que una turba vandálica. 

Se que a usted no le sorprenderá que el gobierno López Obrador no se halla manifestado al respecto, al menos hasta la hora en que esta columna fue entregada a edición.

Una nota singular, en ese cerrado silencio de la diplomacia mexicana, la aportó nuestra embajadora saliente en la capital norteamericana, Martha Bárcena, que utilizó su cuenta de twitter en un ejercicio que no pocos podrán calificar de injerencista, al reenviar (o “retuitear”) mensajes condenatorios al asalto al Congreso que emitían personajes como la próxima vicepresidenta, Kamala Harris, o el senador Roy Blunt, o reportar la reanudación de trabajos en el Capitolio. Válida o no en términos institucionales, esa decisión de la señora Bárcena confirmará la percepción –arraigada con su renuncia y anuncio de retiro– de un distanciamiento ya no digamos frente al canciller Marcelo Ebrard, sino incluso de Palacio Nacional. 



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