Opinión

¿Mantener viva la esperanza?

Los mensajes políticos que vinculan la razón con la emoción son más efectivos. | José Antonio Sosa Plata

  • 09/01/2020
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Una de las emociones más importantes dentro de los procesos de comunicación política es la esperanza. El Diccionario de la Real Academia Española (RAE) la define como el “estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea”. Para la mayoría de nosotros, simple y llanamente es la creencia de que las cosas o nuestras vidas estarán bien en el futuro.

En los gobiernos democráticos, la esperanza de la sociedad tiene límites bien establecidos. En México, el sentimiento expira cada seis años. De ahí la importancia que tiene para los liderazgos, personales e institucionales, comunicar en forma efectiva. Mantener viva la esperanza es uno de los objetivos principales de las campañas políticas en el marco de una estrategia.

Por si no lo leíste: Alonso Cedeño. "AMLO el presidente de la esperanza... y la confrontación", El Universal, 3 Septiembre 2019.

La esperanza, nos dice Manuel Castells, “es fundamental para la supervivencia porque permite a las personas planificar el resultado de sus decisiones y las motiva a llevar a cabo una acción de la que esperan un beneficio”. Por eso, “tanto el miedo como la esperanza animan a la gente a buscar más información sobre sus decisiones”. (Manuel Castells. Comunicación y poder, Barcelona, Editorial Alianza, 2009).

Los seres humanos somos razón y emoción. De acuerdo con los especialistas, una dimensión no puede sobrevivir sin la otra. A pesar de que las emociones no han sido estudiadas a fondo por la comunicación política, su poder es tan grande que no puede abstraerse de éstas. Ignacio Morgado Bernal lo sintetiza en forma clara y contundente: “La razón sin emociones sería como un general sin ejército. La emoción sin razón sería como un coche sin frenos”.

Por lo tanto, para convencer y generar confianza en la sociedad, los mensajes políticos que vinculan la razón con la emoción son más potentes y efectivos.

En México se renueva la esperanza cada seis años en las instituciones y sus más grandes líderes. Para un país en el que la pobreza, la desigualdad, la inequidad y la inseguridad siguen siendo sus problemas principales, siempre existe el deseo de un futuro mejor. El proceso de transición y la alternancia en las más altas esferas del poder hacen resurgir con mayor facilidad el sentimiento.

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La esperanza perdió desde hace mucho tiempo su apego principal por una ideología, un movimiento político o un partido. Los vínculos en democracia son más fuertes, directos y estrechos con un líder. Mientras el personaje mantiene altas las expectativas de la sociedad, su legitimidad, confianza y credibilidad lo ayudarán a mantener el control de las instituciones y, sobre todo, la gobernabilidad.

En consecuencia, se puede asegurar que la esperanza recuperó en nuestro país un sentido hegemónico. Para bien y para mal y con todos los riesgos que implica. Por eso, el trabajo de la oposición para recuperar los espacios y regresar a un sistema plural y de equilibrios no atraviesa solo por la fortaleza de una estructura institucional. Requiere de liderazgos que tengan la capacidad y la destreza para representar las esperanzas de los marginados, de quienes no logran salir de su situación de desventaja, de los inconformes, los enojados o los decepcionados.

Te recomendamos: Raquel Tarullo. Esperanza y miedo: una aproximación teórica a las emociones en la comunicación política. Argentina, Universidad Nacional del Noroeste de la Provincia de Buenos Aires, 2016.

Cuando un líder no tiene competencia, tendrá mejores oportunidades de que el entusiasmo y el optimismo de la población estén de su lado, siempre y cuando la comunicación vaya acompañada de acciones que inspiren credibilidad. Sin embargo, el entusiasmo y el optimismo son emociones pasajeras, que pueden resultar contraproducentes cuando se fracasa, incumple o engaña a la ciudadanía.

La historia ha demostrado también que los países entran en situaciones de conflicto o crisis cuando los liderazgos no son capaces de despertar el sentimiento de esperanza. La adhesión al líder se puede lograr en forma momentánea con apoyos a través de programas sociales o con la apertura de algunos privilegios o espacios de poder. Pero este tipo de apoyos no son eternos ni están exentos de ser disputados por otras fuerzas políticas.

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De la misma manera, existe evidencia de que mientras más altas son las expectativas por un futuro mejor, mayores son los niveles de exigencia para el líder. Y en el nuevo ecosistema de comunicación, la generación de esperanza se ha convertido en un reto de grandes proporciones. Por un lado, por el contenido emocional altamente volátil que fluye a través de las redes sociales. Por el otro, porque en estos medios se puede provocar, con mayor facilidad, el miedo, la ansiedad y la incertidumbre en algunas audiencias.

Para este 2020, la esperanza se mantiene en un alto porcentaje de la población. Algunas encuestas así lo confirman. Sin embargo, los riesgos de que disminuya y se convierta en otras emociones o sentimientos es un riesgo que las autoridades deben evaluar. Hasta ahora, la mejor estrategia de comunicación política es la que se sustenta en hechos, no en falsas ilusiones.

Por fortuna, en el país aún hay margen de maniobra para mantener viva la esperanza. El potencial no se limita a un solo personaje. La clave está en inspirar confianza para promover los cambios que aún se esperan, en saber administrar la polarización o decepción de la gente, porque la confrontación alimenta el odio. Con igual determinación, gobiernos y partidos tienen que poner un freno al hartazgo de la gente en la política, ya que este es el principal destructor de la esperanza.

Recomendación editorial: Barack Obama. La audacia de la esperanza. México, Penguin Random House Grupo Editorial, 2006.

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