Opinión

Manlio, el castigado. ¿Quién sigue?

Manlio deja la presidencia del PRI y deja un partido desarticulado, humillado y ofendido.

  • 22/06/2016
  • Escuchar

El súper político; el aplaudido, arrogante y obedecido sonorense de Villa de Juárez  (1952) Manlio Fabio Beltrones Rivera, renunció el lunes 20 de junio a la presidencia del Partido Revolucionario Institucional (PRI); el instituto para el que vivió, del que alimentó su poder y al que llegó como su presidente más reciente deforma controversial…

 

… Pero con una responsabilidad: reposicionar al PRI y obtener triunfos electorales de gran calado, a modo de crear la ruta favorable para el 2018 nacional. Pero no pudo con las elecciones intermedias del 5 de junio, y se va… Se tiene que ir.

 

Ha sido un hombre todo poderoso. Su carrera larga y sinuosa ha dado mucho de qué hablar. Tanto como por su intransigencia para defender la línea fuerte de su partido como por su vida pública, plagada de acusaciones y de señalamientos por actividades vinculadas con el narcotráfico. De todo ha salido ileso. Pero esta vez no... ¿Por qué?...

 

En primer lugar no es Manlio Fabio Beltrones uno de los hombres del presidente. No es novedad que la relación entre Enrique Peña Nieto, presidente de México con el legislador sonorense era tensa. En 2012 ambos contendieron en los primeros pulsos políticos por la presidencia de la República. Ganó el grupo del Estado de México y Manlio se disciplinó, pero mantenía una gran fortaleza interna en el partido…

 

Cuando en agosto de 2015 se habría de nombrar presidente del PRI, Peña Nieto quiso impulsar a Aurelio Nuño desde la presidencia de la República, pero los estatutos lo impedían, así que tuvo que echar mano de su, digamos, rival político más experimentado en las lides del cuerpo a cuerpo y de organización política en su entorno: Manlio Fabio Beltrones

 

Desde un principio la tarea de Manlio no era nada fácil: tenía dos luchas al frente, una, la del presidente de la República que poco a poco asumía al mismo tiempo el carácter de presidente del PRI y la segunda un entorno político novedoso, con actores políticos de otra talante en un país ‘enojado’ en contra del PRI y de su gobierno federal y de sus gobernadores corruptos… Todo junto.

 

Pero nada, en el primer punto iba a la baja: el presidente Peña Nieto operaba por su cuenta el proceso electoral y los gobiernos locales acudían al presidente para consulta electoral. Esto queda más que claro en la renuncia de Manlio Fabio Beltrones cuando dice:

 

“No basta el diálogo permanente y fructífero que existe con el Presidente dela República y con los gobernadores. El partido en el poder debe apoyar y su gobierno debe comunicarse y comprometerse con su partido”… ¿Más claro?...

 

Por otra parte a pesar de toda estrategia, de todo diseño electoral y de toda consideración, el fracaso del PRI el 5 de junio estaba cantado. Ese día fue la hecatombe que derrumbó mitos y derrumbó estructuras del PRI, para exhibirlo como un partido débil y estratificado; un partido con disciplina histórica pero ya vacío de contenido…

 

Aun así Manlio operó en la medida de los espacios reservados a los que tenía derecho; intentó triunfos, victorias y arrasar como prueba de fortaleza política: fue todo lo contrario.

 

Pudieron más los malos gobiernos en los estados perdidos; pudieron más la corruptela de muchos de sus prominentes gobernadores, munícipes y funcionarios públicos. A la vista de todos, el gobierno de Peña Nieto, priista, se iba deteriorando y por lo mismo se iba desconfigurando como fortaleza política.

 

Así que lo dicho ya, ese día se castigó al gobierno de Peña Nieto, a los gobiernos estatales y, por último, al PRI que los representa.

 

Fue entonces cuando de forma extraordinaria se hizo que la mirada de todos se orientara hacia Manlio Fabio Beltrones como el gran perdedor, el artífice del gran fracaso; el hombre que dejó en manos de la derecha mexicana a gran parte del país; el sonorense que en su arrogancia olvidó que son tiempos nuevos y actores nuevos que buscan colocarse y ocupar los espacios desocupados: fue el gran castigado por el 5 de junio.

 

Ya está fuera de la gran responsabilidad. Manlio deja la presidencia del PRI. Pero el problema queda: un PRI desarticulado, humillado y ofendido; enfurecido por la pérdida electoral reciente. Poco queda de aquel gran partido de multitudes entregadas al tricolor, absortas en el gran poder y toda la gloria… Hoy el gigante con pies de barro se debate entre su recuperación o su caída fatal.

 

Dicen sus dirigentes que habrán de sacar fuerza de flaqueza para recomenzar; que debe haber un proceso profundo de autocrítica y de renovación. Sí. Todo sí.

 

…Pero este bálsamo con el que quieren curar la herida sólo tendrá sentido si el PRI decide mirar su entorno y observar las nuevas circunstancias en las que triquiñuelas, trampas, regateos, robos electorales e imposiciones le eran permitido: ya no. Y mirar a un país que se transforma, y no precisamente para bien, con la contribución del priísmo nacional…

 

¿Hace falta un nuevo PRI? Sí; pero también hace falta que el gobierno federal actué como gobierno en pleno uso de sus facultades y para cuidar nuestros fueros y privilegios; para aliviar heridas sociales y restablecer el estado de Derecho en democracia…

 

Una tarea de titanes, pero si quiere ganar en 2018 sólo así podrá intentarlo… De otro modo ese año habrá una pérdida fatal para el PRI histórico y, entonces, sólo habrá uno: uno sólo, a quien echarle la culpa de su fracaso: Enrique Peña Nieto.

 

@joelhsantiago 

@OpinionLSR

Para La Silla Rota es importante la participación de sus lectores a través de  comentarios sobre nuestros textos periodísticos, sean de opinión o informativos. Su participación, fundada, argumentada, con respeto y tolerancia hacia las ideas de otros, contribuye a enriquecer nuestros contenidos y a fortalecer el debate en torno a los asuntos de carácter público. Sin embargo, buscaremos bloquear los comentarios que contengan insultos y ataques personales, opiniones xenófobas, racistas, homófobas o discriminatorias. El objetivo es convivir en una discusión que puede ser fuerte, pero distanciarnos de la toxicidad.