Opinión

Maléfica y la miseria moral de la traición

"Un fuerte egoísmo preserva de enfermar, pero al final uno tiene que empezar a amar para no caer enfermo, y por fuerza enfermará si a consecuencia de una frustración no puede amar": Sigmund Freud.

  • 29/07/2014
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La escena de la traición en la película “Maléfica”, es terrible. Ella confió, y le arrancaron sus alas. Así. Esos segundos en la película en los que Maléfica recién despertada mira hacia un lado, desconcertada por la ausencia de Stefan, y se encuentra con que hay un bien suyo, quizá el más necesario y maravilloso de sus bienes: sus alas, que ya no está pegado a su cuerpo, que ya no es suyo. Le arrancaron sus alas.  Pero que se las hayan arrancado no es lo más terrible. Nadie podía invadir el reino de Maléfica. Su reino era feliz, justo e inexpugnable. Nadie, sino aquellas personas  en quienes confiaba. Nadie, sino aquellos a quienes les abría la puerta. La traición fue posible, entonces, sólo porque Maléfica confió en Stefan y le entregó su corazón. 

El despojo emocional es devastador, porque sucede donde una/o ama, en ese exacto lugar en donde eligió dejarse ir. Confiar en el otro. Bajar las armas. La traición –en su expresión más brutal- sólo puede venir de quien una/o ama.  Por eso tiene tanto de violenta y de mortífera. Por eso una se estremece ante ese grito prolongado y animal de Maléfica desalada. Ahora tiene que vivir en la certeza del doble despojo: perdió sus alas, y está –además- obligada a soportar la caída –adentro suyo- de ese ser al que amaba. Esta obligada a mirarlo y a saberlo en toda su crueldad, en su pequeñez y en su miseria. Es un grito largo de corazón y de piel que estallan.  Tiembla el cine y una tiembla. ¿Cómo va a sobrevivir Maléfica ahora que sabe de la bajeza moral de Stefan? ¿Cómo puede volver a amar quien ya alguna vez se equivocó de una manera tan aparatosa?

El rey Henry intentó vencer a Maléfica y apoderarse de su reino. No pudo. Convoca a varios personajes y les propone su corona a cambio de vencerla.  Stefan escucha. Es huérfano, es pobre (entendemos después que su pobreza es –sobre todo- emocional). Es el mejor amigo de Maléfica. Se conocieron de niños cuando él pudo atravesar las fronteras desde su mundo de humanos hasta el espacio otro, de la mujer que sabía volar.  Se enamoraron. Bueno, parecía que era mutuo, y podría casi haberlo sido, de no ser porque Stefan llegaba como mutilado: era –y quizá al principio no lo sabía- incapaz de amar.  ¿Eso existe? Pues sí.  La película gira alrededor de algunas de las características de esa mutilación: la imposibilidad de empatía, y la imposibilidad de lealtad.

Stefan traiciona a Maléfica a cambio de lo que él imagina como un espacio de poder: quiere ser rey. Supondríamos que él supone que su felicidad depende de ese ascenso que lo coloca en el centro de algo: será el hombre más poderoso e importante del reino. El heredero de esa figura paterna en la que convierte al anciano rey Henry. Para resumir: Stefan traiciona a Maléfica en aras de los oropeles y los relumbrones del poder. ¿Cuál poder? Eso es lo de menos. Cada traidor/a se imagina el suyo.  Cada traidor/a está dispuesto a envilecerse hasta las orejas en aras de un “premio” que tiene mucho de imaginario (aunque otorgue beneficios en la realidad  más inmediatista). El precio a pagar por su nombre en la imaginaria marquesina con letreros de neón es la miseria moral. Lo paga. Stefan le da a beber a Maléfica una droga que la duerme y saca su cuchillo para matarla. Le parece un exceso asesinarla completita. Decide entonces venderla, cortándole las alas.

 

 

En el salón en penumbra, Stefan observa las alas de Maléfica guardadas en una urna de cristal.  Son enormes e inútiles. Se las arrancó, pero no puede usarlas. Las esconde bajo su techo, pero nunca podrán ser suyas.  Lo sabe y odia a Maléfica. Pierde una cantidad increíble de tiempo y energía en odiarla. Quiere destruirla. ¿Acaso el daño que ya hizo no le es suficiente? Por increíble que parezca: no.

Maléfica le lanzó una maldición a la hija de Stefan: se pinchará el dedo con una rueca y se quedará dormida para siempre. Creeríamos entonces que esa es la razón por la que odia a la ahora mala. Pero Stefan la sigue odiando aún cuando su hija Aurora es feliz. Es más, ni siquiera se detiene a disfrutar de su hija cuando la recupera. Su odio está hecho de otra cosa. Un algo insaciable y violento que tiene que ver con Maléfica, y no.  ¿Quizá odia a la depositaria de su vileza porque es un espejo? ¿Quizá si dejara de odiarla tendría que detenerse y mirarse a sí mismo? Quizá el  que Maléfica siga viva le recuerda hasta qué punto él fue capaz de envilecerse. Hasta qué punto él renunció a ser quien deseaba ser, para convertirse en un simulacro. Perseguir a Maléfica lo salva de enfrentar lo que más teme: la parte siniestra de sí mismo.

Maléfica está convertida en un ser desalado y cree que necesita vengarse. Stefan hace desaparecer las ruecas del reino para que su hija no se dañe, y Aurora es enviada a vivir al bosque, al cuidado de unas hadas distraidísimas.  Es decir, Stefan “adora” a su hija, pero no se fija demasiado en quien cuida de ella.  Una manera de amar muy extraña y desganada. Aurora corre cantidad de peligros en la cabaña del bosque: en un momento está a punto de caer a un abismo. La mujer desalada la protege con el apoyo de su ayudante, el cuervo Diaval.

¿Por qué salva a la hija de su enemigo a quien ella misma le lanzó un hechizo? Todo nos haría imaginar que para vengarse mejor. La salva para que la princesita llegue a los dieciséis años y su maldición se cumpla. Para que su enemigo Stefan esté obligado a confrontarse al cuerpo de su hija que duerme para siempre, hasta que el beso de el “verdadero amor”, la despierte. Maléfica quiere probar en la piel de la hija del amante traidor, que  el “verdadero amor” no existe. Darle a Stefan una sopa de su propio chocolate. Es muy interesante.

Maléfica está pues, encaminada ya en la rampa enjabonada de una venganza. Terrible. Para ese momento Stefan no sólo ya logró arrebatarle sus alas, sino que está a punto de lograr algo muchísimo peor: que Maléfica elija envilecerse. Que elija convertirse en un ser siniestro, como él.  El gran sueño del traidor/la traidora: corromper a la otra persona. Poder decirle sin palabras: “¿Ya ves? No eres mejor que yo. ¿Ya ves? Logré hacerte a mi imagen y semejanza.  ¿Ya ves? Todos tenemos un precio ante el cual estamos dispuestos a malbaratar nuestros principios. ¿Ya ves? Logré destruir tu dignidad, hasta encontrar el tuyo”.

 

 

Pero algo va sucediendo despacito. Maléfica mira a la niña. Aurora la conmueve. Maléfica se defiende de la ternura creciente que siente por ella.  Sigue salvando a Aurora, pero ya no para el sueño eterno, sino para la vida.  Cada vez que salva a Aurora se salva a ella misma. Comienza a amarla como a una hija. En “La Bella durmiente” tradicional, el beso de un hombre enamorado salva a la princesa de la maldición y del desamor de una mujer envidiosa de su juventud, de su belleza, de su felicidad de estar viva, de su sensualidad por venir. Interesantísima la historia original de “La Bella durmiente”.

Me niego a ver allí sólo una narración de princesas inútiles que no pueden hacer nada por ellas mismas. El cuento es también muy otra cosa, y creo que cualquier mujer que haya vivido o escuchado testimonios del “estrago” (retomando la palabra de Lacan) que puede ser la rivalidad de una madre o figura materna hacia una hija, sabe que en el cuento hay una dimensión emocional de una realidad devastadora. No es porque la rivalidad y el amor/odio (o el odio a secas) de tantas madres hacia sus hijas nos parezca atroz e inimaginable, que deja de existir. Tan inimaginable es, que en el cuento quien intenta destruir a la Bella durmiente no es su madre biológica, ¿cómo soportarlo? Sino una “malvada madrastra”.  

El cuento original nos habla de una rivalidad transgeneracional: Una adulta que no soporta a una niña –que es su hija o cuya crianza está a su cargo-  porque no logra mirarla como tal. Ella sólo ve, narcisista y ciega, la amenaza de esa mujer que la niña va a ser. Ella supone que no hay lugar para ella y para la Otra. Si la Otra crece, la desplaza. Hace todo para “dormirla”, para que cuando sea mujer esa niña, deje de sentir, de experimentar. Para que no esté viva. En esta lógica, ¿qué sino el beso del verdadero amor podría salvarla? En el cuento es el beso de un príncipe, pero sabemos que también podría ser el de una princesa. Ese beso del amor que salva de la catatonia emocional.

 

 

Los cuentos están construidos como metáforas. En Maléfica, también el amor salva, no el de un hombre, en este caso, sino el de una hija elegida. Como si el cuento se contara al revés: un hombre que traiciona (Stefan, bien concretito) hace sentir a Maléfica que todos traicionan y la desalada decide dejar de sentir y aún peor: decide actuar una venganza. Es esa niña amorosa que crece quien le regresa a la protagonista su posibilidad de amar y proteger a otra persona.  Al contrario del cuento en el cual a una mujer la pierde su incapacidad de ofrecer amor materno, acá, la maternidad generosa, sana. Como un inmenso resarcimiento.

La escena del enfrentamiento de Maléfica contra Stefan, en una lucha ya a muerte: Aurora entra al salón en donde Stefan esconde las alas despojadas. Allí entiende. Libera las alas y se las regresa a su madre adoptiva. Maléfica retoma su fuerza y libra su última batalla contra Stefan, es decir, contra la encarnación del odio y del “mal”. Stefan elige no salvarse y cae en un abismo. En ese abismo en cuyo bordecito vivió siempre.  

Stefan creyó que “el poder” era lo más cercano a la felicidad, y que un matrimonio por conveniencia con la inexistente  princesa Flor (también víctima, porque no entiende ni de qué va nada) lo salvaría. Y se equivocó, porque quien elige  -cuando puede elegir- vivir emocionalmente anestesiado, se equivoca. ¿En que consistiría esa equivocación? En que la consecuencia es la aridez emocional.  Como si una/o se convirtiera –por dentro- en un zombi. Quizá Stefan lograba engañarlos a  casi todos, pero no a Maléfica. Ella había mirado la vileza en sus ojos. Ella sabía. Ella era la muda testigo de su vileza.

 Stefan deseaba su muerte, porque él sabía que ella sabía.  Para su fortuna, Maléfica logró entender a tiempo que existe un modo de complicidad involuntaria con el agresor/la agresora: odiar a su vez de un odio que se expande de tal manera, que ya no da cabida al amor, aunque una/o se empeñe en sus puestas en escena.  Maléfica –gracias a su amor maternal hacia Aurora- rompe su complicidad con la miseria moral de Stefan.

En la película de final feliz el “malvado” es castigado, no por la furia vengadora de nadie, sino por la vida misma:  cae al precipicio que, al inventar para otros, inventó para sí mismo.

 Maléfica y Aurora se protegen como una madre y una hija amorosas, y al protegerse, se salvan. Esta versión del cuento es, además de muchas otras cosas, un triunfo de las femineidades amorosas, contra la femineidad en litigio del cuento original. La realización del más intensos sueños de los orígenes: amar a una madre que te ama.

 

@Marteresapriego