Opinión

Maldito tráfico

Si queremos reducir la congestión debe haber una estrategia más allá de acciones aisladas. | Roberto Remes Tello de Meneses

  • 01/01/2020
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Crecí en un departamento que daba hacia División del Norte. No siendo una de las avenidas más transitadas de la ciudad, siempre vi congestionamientos bajo mi ventana. Con el paso de los años me tocó sufrirlos desde el volante, enloquecer dentro de un automóvil, sacar lo peor de mí. Mi rompimiento con el tráfico fue hace 10 años, en agosto de 2009, cuando a punta de pistola fui despojado de mi camioneta. Sí he vuelto a conducir en esas circunstancias, pero no es mi realidad cotidiana.

¿Qué hacemos con el tráfico? Todos tenemos claro que no falta el inútil que para ir a la tienda de conveniencia que está a 200 metros de su casa, toma el coche, se estaciona en el paso peatonal, desciende, compra unos cigarros y regresa. Sin embargo, el congestionamiento está esencialmente hecho por los que hacen viajes repetidos en la misma dirección: de la casa al trabajo, sobre todo; pero también otros viajes rutinarios, como las compras de fin de semana o día de quincena, los viajes a las escuelas, los eventos especiales y las alteraciones que producen eventos ocasionales como obras públicas, descomposturas, partidos, conciertos, etcétera.

El tráfico, como tal, no se puede acabar. Es un fenómeno asociado a las grandes ciudades. Ampliar avenidas no ha sido la mejor opción. La experiencia de Ciudad de México lo demuestra: décadas en las que ríos se convirtieron en bulevares, paseos se volvieron ejes viales y al Periférico se le añadieron tres carriles elevados por sentido. Hay obras que se pueden hacer pero a qué costo, y no me refiero al precio de la obra sino sobre todo a sus impactos.

Distintas ciudades han probado el “congestion charge” o cargo por congestión: los autos pagan por entrar a un polígono especial. La medida fue impopular en Londres pero al final ha sido un éxito y otras ciudades lo han replicado. También se han instrumentado, sobre todo en ciudades americanas, los carriles de alta ocupación donde se restringe el paso a vehículos con solo un ocupante. En algunos casos se ha empleado la alternativa de pago para quienes van solos en el auto: una tarifa les permite acceder a carriles más ágiles.

¿Qué hacer en México? Lo menos que podemos hacer es deliberar. Desde hace años he escuchado sobre la intención de organismos internacionales, como el Banco Interamericano de Desarrollo, para financiar un estudio profundo sobre el tema.

Personalmente puedo hablar del deber ser, pero también de la realidad política en la que nos movemos. Por ejemplo, cobrar el tramo gratuito del segundo piso no sólo evitaría los cuellos de botella que se forman en torno a las áreas de cobro hacia los tramos de cuota, también generaría una derrama millonaria para financiar mejoras al transporte público en el periférico mismo. Sin embargo, estamos en tiempos de verdades fáciles, por lo que a la propuesta de cobro vendría una arenga populista en contra.

Si por mí fuera, cada vehículo no sólo pagaría tenencia, sino que ésta vendría acompañada de un número limitado de kilómetros, y para elevar las posibilidades de cada vehículo, los propietarios deberían comprar más kilómetros, algo que puede controlarse ya mediante mecanismos electrónicos y de geolocalización. Pero no soy la única voz de la ciudad, por ello me parece que la decisión debe ser una decisión pública, deliberada, insisto.

En los últimos días corrió la información de que estarían por instrumentarse medidas restrictivas para la circulación de vehículos con un solo ocupante en las “vías de acceso controlado”. Las autoridades del Gobierno de Ciudad de México debieron aclarar que la medida será instrumentada de manera paulatina y mediante pruebas piloto. El problema es que ya decidieron ellos solitos desde su imaginario que la mejor solución posible es esa. Los funcionarios del gobierno local que presumen ser miembros de una organización llamada “Democracia Deliberativa” son en realidad los mayores opositores a que los problemas públicos encuentren soluciones de manera deliberada.

Su idea, que no estrategia, apunta a un rotundo fracaso y a una abolladura más en la agenda de movilidad, acostumbrada a soluciones incompletas. Si queremos tomar decisiones trascendentales en materia de movilidad necesitamos encontrar un acuerdo social, si queremos reducir la congestión debe haber una estrategia más allá de acciones aisladas como la que refiero.

El anuncio mismo de la restricción a vehículos de un solo ocupante me recordó un episodio de mi vida preparatoriana. Faltó un maestro, entonces se organizaron las luchas dentro del salón. Un compañero se paró a imitar las poses de Karate Kid, en esos años una película de moda; su rival lo tiró en cada intento por creerse “Daniel LaRusso”. En su imaginario, el chico derrotado creía que podía ser como Karate Kid y desde su cabeza hacer su mejor pelea; en la práctica, mi compañero con mayor experiencia lo tiró al piso tres veces. Así funciona la Secretaría de Movilidad de Ciudad de México, nula experiencia, un gran imaginario, y un montón de derrotas por venir, mientras en su visión de las políticas públicas prevalezca el onanismo.