Opinión

Lucrar con víctimas

Lucrar con el dolor del prójimo, es uno de los actos más despreciables e irrazonables. | Javier Tapia*

  • 09/02/2021
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Hace dos años, específicamente el 18 de enero de 2019, ocurría la explosión en Tlahuelilpan, Hidalgo, donde estallara un ducto de PEMEX después de haber sido perforado para una toma clandestina de gasolina en el tramo Tuxpan-Tula.

Las graves consecuencias de la tragedia dieron cuenta de, al menos, 93 personas fallecidas y más de 50 lesionados por quemaduras. No era la primera vez que sucedía un hecho de esa naturaleza, literalmente provocada por la mano del hombre –coloquialmente llamado huachicolero-. Como sociedad nos encontramos, parece, en un abismo indeterminado de corrupción e impunidad, y donde los beneficiarios de este tipo de tragedias humanas, no solo son los huachicoleros, sino todos aquellos que lucran y sacan raja de la desdicha de las víctimas.

Lucrar con el dolor del prójimo, es uno de los actos más despreciables e irrazonables que pueden distinguir a las personas, individuales o colectivas. Y es que lo que es la mala fortuna para algunos, para otros, representa un caudal de riqueza en todos los ámbitos, podríamos decir, en el económico, social y político.

Ante la tragedia, son incomprensibles reacciones tan irracionales y carentes de sentido humano de muchos, que continúan anteponiendo intereses personales al interés general. Pretextos o excusas para explotar la tragedia hay tantas que, algunos se justifican o argumentan razones de un derecho a la información, a la libertad de expresión y comunicación, así como al conocimiento de la verdad –dicen- para la sociedad; otros, atribuyendo con ligereza responsabilidades (tanto a particulares como a servidores públicos), especulando, repartiendo culpas y, algunos más, reclamando el exceso de tolerancia y omisión de autoridades en el cumplimiento de sus funciones.

Lo cierto es que, el grado de descomposición social y carencia de valores en las personas se ha incrementado tanto, que parece ser producto de un padecimiento crónico degenerativo del cuerpo social, donde todos sus órganos trabajan a su propio pulmón y hacia direcciones distintas, jalando agua solo para su molino, buscando cubrir sus particulares intereses y necesidades, aun cuando eso implique la afectación de otro componente del ente social en su conjunto. 

El reparto de culpas es tan solo un síntoma de esa carencia de valores, pero tan grave es repartir culpas -sin un trabajo de investigación previa, completa, objetiva, imparcial y responsable- como, so pretexto de una libertad de expresión, de cálculos políticos o de intereses colectivos particulares, se lucre con la desventura de terceros o básicamente con los derechos humanos de personas en situación de víctimas.

El uso de los diversos medios o herramientas de comunicación, incluidas las redes sociales, es innegable que se han convertido en una válvula de escape para la presión social en casi todos los temas habidos y por haber, donde actualmente abundan centenares de críticas, señalamientos y demás, pero que no abonan a contenidos informativos responsables, de tal suerte que lo que se vende en las redes y los medios son cabezales o pequeños enunciados que de manera natural o mejor dicho morbosa, llaman la atención de la mayoría de lectores de solo 280 caracteres –por decir, en Twitter-. 

Buscar el fortalecimiento de las instituciones del Estado, demanda comportamientos institucionales, apegados al cumplimiento de obligaciones constitucionales y legales para todos, en los ámbitos público, social y privado, alejados de viejas prácticas del clientelismo político para mantener el poder o del uso faccioso de organizaciones que se dicen protectoras de derechos humanos pero que antes de asistir a las víctimas, buscan el estrellato en los medios

Lucrar con los derechos humanos y especialmente con la causa de las víctimas, puede entenderse como una patología de las estructuras del Estado, que tiene como propósito la obtención de beneficios particulares o especiales, generalmente de naturaleza política o económica. Hacen falta políticas públicas direccionadas a la prevención de viejas prácticas en la labor protectora de los derechos humanos y especialmente del trabajo humanitario. 

México se ha caracterizado por su sentido solidario ante las crisis humanitarias por desastres naturales, ese mismo sentimiento requiere ser aprovechado y enfocado hacia una cultura humanitaria y no de intereses.  

* Mtro. Javier Quetzalcóatl Tapia Urbina. Docente de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México.

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