Opinión

Los veo, pero no los oigo

El presidente sigue sin moverse de lugar y ubicarse en una estrategia sumamente riesgosa para su gobierno y para el país. | Fernanda Salazar

  • 11/09/2020
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Desde que inició su mandato, el presidente de la República ha insistido en su visión de moralizar al país. Usa un concepto que, por cierto, fue utilizado como lema por Miguel de la Madrid, con la “renovación moral”, en el contexto de la llamada “década perdida de América Latina” que marcó, con la entrada de México al GATT, los inicios del neoliberalismo en el país

En sus spots por el segundo informe, el presidente afirma que su gobierno no será recordado por corrupto. Y eso es muy probable; no tanto por una política integral, ni porque la Fiscalía General de la República tenga hoy más herramientas que antes, o porque sea visible una dimensión innovadora en esta materia, sino por dos razones: primero, los escandalosos niveles de corrupción de los gobiernos anteriores y, segundo, porque fue él, en buena medida, quien durante años tuvo la capacidad de articular un discurso consistente sobre la corrupción para diferenciarse de sus adversarios y supo capitalizarlo para su llegada a la presidencia. En ese sentido, la política de austeridad, la imagen de honestidad que sigue gozando el presidente y la significativa disolución del tema de corrupción como bandera política, hacen muy factible que este no sea un tema central contra su gobierno. 

Lo que sin embargo no queda claro es cómo sí quiere el presidente ser recordado. Ahí pareciera que su capacidad discursiva no le está alcanzando frente a la realidad. Falta claridad de hacia dónde vamos. 

Dice el presidente que será recordado por purificar la vida pública del país. Por supuesto, fue uno de los mandatos con los que llegó y esto es fundamental para cualquier transformación. No obstante, estamos en un contexto de pandemia global en el que 60% de las personas en México conocen de alguien infectado por covid-19 y hay un elevado número de muertes. Un contexto, también, en el que la pérdida de ingreso y empleos marcan las preocupaciones de las familias y en el que, en palabras del secretario de Hacienda, enfrentaremos la peor crisis en casi un siglo. Si esto no fuera suficiente, los niveles de violencia se vienen incrementando, con ella la violencia contra las mujeres que el presidente insiste en ignorar. La economía e inseguridad regresaron a los dos primeros lugares en las preocupaciones de las y los mexicanos, y así será muy probablemente durante el resto del sexenio

Si esto lo contrastamos con el hecho de que en realidad no existe una política anticorrupción integral -más allá de la voluntad del presidente-, que verdaderamente permita vincular ese tema con soluciones al problema de la economía y/o de la seguridad, cuesta trabajo pensar en que sus acciones están siendo realmente memorables. 

A pesar de todo ello, el presidente sigue sin moverse de lugar y ubicarse en una estrategia sumamente riesgosa para su gobierno y para el país. Pasamos del “ni los veo ni los oigo” al “los veo, pero no los oigo”. Cada mañana, el presidente se encarga de seguir combatiendo a quien sea que esté inconforme con sus planteamientos y políticas, pero sin ser capaz de dotar de un contenido real a su transformación, para trascender sus propios dichos con realidades concretas. Así ha sido con el huachicol, con las medicinas, con los recortes, con la eliminación de intermediarios y con muchos otros ejemplos en los que las ideas suenan mucho mejor de lo que la realidad nos termina ofreciendo. 

Purificar la vida pública no solo debería pasar por la idea popular de juzgar a los expresidentes, sino por un compromiso con la transparencia y la rendición de cuentas institucional (no solo por las mañaneras), el fortalecimiento de las investigaciones independientes y la renuncia al uso político de la justicia. Todo eso, hasta hoy, es dudoso. 

Al entrar al año de elección intermedia, con 21 mil cargos públicos en juego, la ciudadanía tendrá que decidir entre la poca claridad de la oposición y la poca claridad del rumbo del gobierno. 

Estamos en un momento muy complejo para el país y el presidente parece no entender: su poca flexibilidad, su temor a apostar a un Estado más sólido institucional y fiscalmente, su recelo hacia demandas de movimientos legítimos, su preferencia por autoridades militares sobre civiles, su insistencia en tomar decisiones basadas en sus preferencias y no en evidencia, su voluntarismo por encima de la planeación y, paradójicamente, su poca empatía con lo que están experimentando las personas, familias y comunidades, con toda su diversidad, son un obstáculo para crear soluciones sostenibles. Parece que el presidente prefiere al pueblo en lo abstracto, que a las personas y comunidades en lo concreto. 

Quien como opositor supo entender las emociones de la gente y sus expectativas, hoy como gobernante tiene el reto de seguir interpretando ese sentir y, sobre todo, darle respuesta. 

El presidente tiene claro aquello por lo que no será recordado, pero, ante el contexto cambiante e incierto, sus decisiones lo podrían llevar a ser recordado como quien no supo utilizar un envidiable capital político de confianza para dirigir al país hacia una verdadera transformación, incluso con una débil oposición.

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