Opinión

Los refugios secretos y la escucha

La amistad es un refugio secreto, una isla generosa cuando dos personas se eligen y deciden honrar su palabra. | María Teresa Priego-Broca

  • 07/08/2018
  • Escuchar

Hay espacios como refugios secretos. Escuchas, ternuras, abrazos, como refugios secretos. Afuera estalla la tormenta. Granizo, rayos, truenos. Afuera está el mundo. Quienes van aprendiendo a escucharse y a hablarse se ofrecen universos nuevos. ¿En qué consiste escuchar? Quizá en aceptar cada vez la diferencia. La singularidad de quien habla. Aprender a hacerse a un ladito porque eso que el otro dice es sólo suyo. Nos equivocamos si estamos seguros de que ya sabemos. "Ah, sí, lo he vivido".

Es muy probable que sea parecido, pero nunca idéntico. La empatía sucede en esa posibilidad de identificar aquello que el otro siente a partir de la propia experiencia. Pero la experiencia es diferenciada y única. Si no separamos, si nos confundimos, tal vez no estamos escuchando con detenimiento.

Aprender a reírse juntos, ir creando un lenguaje y una historia en común. Los "léxicos familiares". Qué gran antídoto contra el miedo: las palabras honestas. Confiadas. Se sienten. Una sabe cuando de golpe la conversación dio un giro y nos encontramos en una zona casi secreta que se comparte: los territorios de la amistad, del acompañamiento. Allí donde las palabras huecas no son necesarias. Donde no es necesario defenderse. Ni pretender. Ni posar. Ni hablar del tema de al lado. Donde no sucede plantearnos esos: "¿Qué irá a hacer con esto que le digo?". Sabemos que arropamos y seremos arropados. Guardamos las palabras que nos ofrecen en un cofrecito amoroso y seguro. Estamos protegidos. Protegemos.

¿Quién no ha vivido el engaño? ¿quién no ha mirado la traición muy de cerquita y a los ojos? Las rodillas raspadas. Raspadísimas. Las cicatrices del corazón. Esos largos silencios habitados por el duelo. ¿Quién no se ha preguntado: acaso esta sensación que lastima, oprime, perturba, no se acaba nunca? Y sin embargo, hay espacios de chimeneas encendidas, panes en la mesa, murmullos suavecitos. Esa sensación que lastima se termina un día. Poco a poco vamos entendiendo. Nos sanan los panecitos compartidos. Las miradas amorosas. Nos sanan la certidumbre y la bondad.

La amistad es un refugio secreto, una isla generosa cuando dos personas se eligen y deciden honrar su palabra. Contra viento y marea. A pesar del tiempo, de los malentendidos, de las distancias. "Explícame cómo. Explícame por qué". El malentendido es con frecuencia un producto del sobrentendido. Una supone que entiende, que sabe, que ya le quedó claro. Una interpreta. Por momentos nos debatimos atónitos en la interpretación de la interpretación. Hasta que nos detenemos y elegimos la humildad de la pregunta: ¿habré escuchado bien? ¿quizá respondí demasiado pronto? ¿quizá me distraje? ¿quizá entre sus palabras y mi comprensión se atravesaron - como bichitos invisibles - mis prejuicios?

Afuera está el mundo y a veces es muy amenazante. ¿De dónde viene nuestra fuerza interior? El anhelo de comenzar el día, de bordarlo en la esperanza. Creo que de los refugios secretos. Esa certeza de que la tempestad estalla y el granizo golpea las ventanas y adentro una está a salvo. Una película. La intimidad. A cada quien su libro. Esa voz que nos llama desde la cocina: "¿tienes sed?" Sí. Una sed antigua de refrendar la ternura. Una sed antigua de confiar y ser confiable. Una sed antigua de ofrecer bienestar, cuando se puede. Y felicidad, cuando se puede. Escuchar de la manera más meticulosa posible es uno de los retos más complejos de toda una vida. Aprender a entender que una no sabe de antemano. Aprender a aprehender.

Amores saraguatos y viejos cristales rotos

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