Opinión

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Más de lo mismo. | Agustín Castilla

  • 11/02/2021
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Ahora que se están dando a conocer las candidaturas que habrán de postular los partidos políticos para las próximas elecciones federales y locales, no se advierten aires de renovación en la clase política. Por el contrario, todo indica que siguen sin entender el claro mensaje que a través de su voto mandó la ciudadanía en 2018, y se aferran a los espacios de poder sin importar el costo que ello represente en el mediano plazo.

Probablemente la candidatura más cuestionada sea la del senador Félix Salgado Macedonio, que será postulado a la gubernatura de Guerrero por el partido dominante a pesar de que ha sido denunciado por agresiones sexuales contra al menos tres mujeres y que las encuestas le dan una amplia ventaja a Morena en esa entidad, pero no es la única. Morena también postulará a Layda Sansores, hija de un ex gobernador y cacique histórico del PRI, quien por tercera ocasión -y por distintos partidos- buscará la gubernatura de Campeche tras un pobre desempeño como alcaldesa de Álvaro Obregón en la Ciudad de México, o Ricardo Gallardo sobre quien pesan graves señalamientos por corrupción y desvío de recursos públicos, será candidato de los partidos aliados de Morena, PVEM y PT en San Luis Potosí.

Tal parece que en el partido gobernante que, en principio representa un movimiento ideológico, se ha impuesto el pragmatismo y, de hecho, prácticamente todos los partidos están incurriendo en la práctica de postular figuras impresentables o en el reciclaje de quienes no obtuvieron una candidatura y apenas unos días antes descalificaban acremente. Pero llama aún más la atención que la oposición, urgida de recuperar la credibilidad perdida, no haya apostado a la formación de cuadros, a impulsar nuevos liderazgos o a realmente hacer alianza con sectores significativos de la sociedad y construir propuestas sólidas que respondan puntualmente a cada uno de los problemas que enfrentamos como país y, en cambio, hayan optado tan sólo por el reparto de espacios entre las cúpulas privilegiando sobre todo las dinámicas y equilibrios internos y se limiten a apelar al voto en contra del actual gobierno sin ofrecer una alternativa que despierte entusiasmo en la ciudadanía.

Al revisar, por ejemplo, las listas plurinominales o las candidaturas en los distritos rentables, encontraremos tanto a los mismos personajes de siempre -quizá en algunos casos se pueda entender ante la necesidad de contar con cuadros que tengan presencia política y experiencia legislativa-, así como a muchos otros que quizá puedan tener mucho peso al interior de las estructuras partidistas, pero en general cuentan con muy poco o nulo reconocimiento en sus comunidades. Otro dato a observar es que de las y los 500 diputados federales actuales de los distintos partidos, el 90% han manifestado su intención de buscar la reelección -algunos de los cuales llevan más de 15 años en el Poder Legislativo- y si bien es de reconocer que hay parlamentarios muy destacados, el aporte de la mayoría al trabajo legislativo es escaso.

Es interesante analizar los resultados de la encuesta publicada recientemente por El Financiero en la cual el 39% de los entrevistados apoyan al presidente y piensan votar por su partido por un 17% que lo desaprueban y están dispuestos a votar por la oposición. Sin embargo, se identifica a un 23% que le siguen dando su confianza al presidente, pero no necesariamente se traducirá en un voto por Morena o sus aliados, y otro 21% que desaprueban el desempeño gubernamental, pero también rechazan a los partidos tradicionales. Es decir, aproximadamente el 44% del electorado no sabe por quién votar.

Tampoco resulta muy atractiva la estrategia de invitar como candidatas y candidatos a deportistas, actrices, cantantes, entrenadores etc. Pues, si bien su actividad no tendría por qué descalificarlos per se, las experiencias anteriores no han sido muy favorables -es difícil evitar que vengan a la mente imágenes como la de Cuauhtémoc Blanco- y en general no se les conoce antecedentes de participación ciudadana o involucramiento en causas sociales. Aunque cambien los colores o las siglas, lo que ofrecen para las próximas elecciones es un poco más de lo mismo, y la renovación de la política en México tendrá que seguir esperando.

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