Opinión

Los matrimonios “naturales”

¿Los matrimonios entre personas del mismo sexo no son “naturales”? Pues más razones entonces para que firmen un contrato social, ese contrato que a todos nos aleja de la “naturalidad”.

  • 13/09/2016
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Conozco cantidad de hombres y mujeres heterosexuales que no están a favor del matrimonio cuando se refiere a sus elecciones personales y que viven una entera vida en coherencia con sus convicciones. No les interesa firmar un contrato social que ofrezca “un estatus legal” a su amor. Les parece obsoleto,  y/o alienante, o simplemente innecesario. Desean sentir que cada día renuevan su compromiso en toda libertad y en la intimidad de sus hogares. Algunos opinan que el matrimonio es una institución caduca, y/o no consideran que “amarse” sea un pacto en el que estén dispuestos a aceptar la intervención del Estado.

 

 

Algunas de las parejas que menciono han tenido hijas/os (la mayoría de ellos) y otras/os no. Las hay con hijos biológicos y elegidos por ambos, con hijos adoptados y elegidos por ambos, con hijos nacidos en uniones amorosas anteriores (de un lado, del otro o de ambos) y elegidos por los dos para formar lo que llamamos “una familia recompuesta”, que en muchas ocasiones incluye otros hijos biológicos y elegidos entre los dos.  

 

Algunas parejas han durado unos años (tal y como sucede también con los matrimonios civiles y civiles y religiosos), otras continúan juntas en parejas construidas en la lealtad, la confianza, el amor y el apoyo mutuo. Nunca he escuchado a ninguna de estas personas declararse en contra de que contraigan matrimonio quienes así lo deseen. Podrán cuestionar al matrimonio como institución, pero no cuestionan la libertad y el derecho de cada ser humano a firmar los contratos que les parezcan necesarios, o a vivir los rituales que en cada caso correspondan a sus indispensables amorosos. ¿Cómo en qué les estorbaría que las otras y los otros sí se casen entre ellas/os?

 

Estas parejas “fuera del matrimonio”, “viviendo como animalitos”, como le escuché decir hace muchos años a un sacerdote en una boda en Monterrey,  y las familias que se construyen a partir de ellas,  son un territorio de “disidencia” al que la jerarquía católica ha perseguido por siglos. Sí eran “naturales”, (supongo) puesto que en principio consistían en la unión de un hombre y una mujer y en una de esas hasta con fines – también- reproductivos, pero al parecer lo eran “demasiado”.  Con demasiado me refiero a que lo “natural” sería la libre asociación amorosa, y que el matrimonio en tanto que contrato social no tiene –de manera evidente- nada de “natural”.  El matrimonio religioso (sine qua non de la iglesia), es también una suerte de contrato social basado en premisas – sobre todo - no “naturales”, sino sobrenaturales, lo que a los demás no tendría por qué afectarnos.

 

El matrimonio religioso es “para siempre” (puede anularse pero es muy complicado, a menos que seas la esposa del presidente de la República, como hemos visto, o el presidente mismo), y los divorciados han ocupado lugares incomodísimos y marginales dentro de la iglesia católica. Todos ellos heterosexuales, hasta donde lo público nos permite entender. Aunque nunca se sabe. Estas ovejas negras: viviendo en “unión libre”, o casados por lo civil, pero no por la iglesia, o en su momento casados “por todas las leyes”, pero divorciados, han sido legendarios chivos expiatorios de la “caridad cristiana”. Es decir, de ese llamado al amor que ejercen tantísimas personas a costa del amor mismo. “No tienen valores”. “¿Con qué principios van a educar a sus hijos?” “Por eso los jóvenes caen en la droga”. “No se casan porque lo único que buscan entre ellos es sexo irresponsable”.  “No se casan para andar con una y con otro y exponen a sus hijos a ser víctimas de abuso sexual de sus otras parejas”. Etcétera. Creo que casi todas/os hemos escuchado estos argumentos.

 

 

Ahora a la jerarquía católica los hechos se le han complicado de manera considerable y su llamado es  a “lo natural”. En aras de “lo natural” se oponen con uñas y dientes a que las parejas del mismo sexo firmen un contrato que los inscribe en el registro de lo social, contrato al que las parejas “naturales” sí tienen derecho. Pero, ¿por qué entonces casar a los heterosexuales? Que “la naturaleza” siga su libre curso. El matrimonio igualitario pareciera teñido de tales horrores y la diversidad de las familias (que ha existido desde siempre) de otros tantos, que ya el concubinato entre un hombre y una mujer debe sonarles como un pecadillo que se libra con cada vez menor número de indulgencias.

 

Este proceso en las intensidades de la discriminación según los avances en términos de libertades y derechos civiles, me recuerda (toda proporción guardada), las secuencias de las rabias y los rechazos xenófobos en los distintos países por orden de llegada de grupos migrantes. La constante de la xenofobia (para quienes la ejercen) es la discriminación y el rechazo a “aquellos que son distintos a mí”, el grupo discriminado cambia. En Francia fueron los italianos, luego los españoles, luego los árabes. Para cuando el litigio xenófobo colocó en el centro a los árabes (el entonces nuevo “enemigo” a vencer), ya pocos recordaban los niveles de desdén de decenas de miles de personas que a los italianos les llamaban: “los ritales”, y que se enfurecían ante la posibilidad de que adquirieran la ciudadanía y sus derechos. Así va con el Vaticano y las transformaciones sociales.

 

El matrimonio (civil) igualitario es un asunto de derechos. Conozco homosexuales que no están a favor, por reflexiones parecidas a las de los heterosexuales que no están a favor de casarse entre ellos: “Mi vida privada es mía”, “No quiero al juez en mi cama”, “Hemos luchado por romper con el statu quo, ¿para terminar casándonos?” “¿Cómo para qué querríamos reproducir una tan fallida institución heterosexual?” No lo desean para ellas/os, ¿cómo en qué les afectaría que otros sí lo deseen?  En nada. Y así se entiende. ¿En qué podía afectarle a una mujer muy devota y casada, o muy devota, soltera y casta, si su vecina viviera en “unión libre?”  Pues ha sido todo un tema.  ¿Y que se divorciara? ¿y que fuera madre soltera? Conocemos la crueldad de las Ligas de la Decencia y sus campañas represoras que se convierten en llamados a la discriminación.

 

Pero me pregunto cada vez: ¿qué nos cuestionan las diferencias? ¿por qué sentirse invadido cuando nadie te invade? ¿es indispensable sentirse invadido? ¿en dónde entregan los certificados de superioridad moral por heterosexualidad? Ahora que de eso se trata la superioridad moral. Se les ha complicado a los jerarcas, muchísimo. Es cierto. Pero antes como ahora, como telón de fondo flota aquel fantasma obsceno: “fornicar”. Una palabra tan antiestética. Tan obscena. Antes  (y ahora) “fornicaban” aquel y aquella que hacían el amor fuera del matrimonio.  Hasta las anticonceptivas están prohibidas para que el mundo no se desquicie y se dedique a “fornicar” sin techo ni ley, porque a los seres humanos no se nos ocurre otra cosa. Somos tan “naturales”.

 

Hasta hace no mucho una mujer embarazada tenía que escuchar que se casaba “en pecado”, y se ocultaba su embarazo para que no se negaran a casarla.  Y las crueldades del extinto limbo. Todo eso sucede en el territorio de la iglesia (no me refiero a cada persona católica en su singularidad y en su diferencia) y la iglesia siempre ha tenido esa empecinada tendencia a exportar sus dogmas de fe. Y duro y dale con que los homosexuales “fornican” (sobre todo los varones). Como si no cuidaran a su pareja y a sus hijos, no desayunaran, no fueran al trabajo, no pagaran sus impuestos, no estudiaran, no visitaran a sus amigos y a su familia, no leyeran, no durmieran por las noches. Y muchos, muchísimos de entre ellos – además- no rezaran. Y no se sintieran tan hondamente heridos porque “su iglesia”, los rechaza.

 

¿Y qué tal lo de “ayuntarse”? Entiendo que es un arcaísmo y no un vocablo sacado de la nada, pero, ¿a estas alturas sus connotaciones no son tantito siniestras? ¡Qué cargas simbólicas! ¿No es lo más deserotizante y meramente reproductivo de este mundo? Pues que se “ayunten” quienes así lo deseen, quienes así lo vivan, quienes así lo sientan. La mayoría de las personas amamos y hacemos el amor. Y el que no quiera amar, ni hacer el amor, pues muy su libertad. Y el que quiera una cosa pero no la otra, igual. En relaciones libres y consensuadas, respetuosas de la ley. Ese es el punto. El grave problema con la jerarquía católica, es que cada vez que entra en escena la vivencia de la sensualidad no acotada a sus fines reproductivos, a ellos, se les olvidan el deseo y el amor.

 

 ¿Cómo aprehendería la jerarquía católica el amor homosexual, si para ellos el amor  “legítimo” y “verdadero” no existe fuera del matrimonio católico? Tampoco entre heterosexuales. Que no se nos olvide. Las reglas son muy claras. Espero que las mujeres y hombres que acuden a las marchas en defensa de la familia vivan una vida de coherencia y cumplimiento de sus principios a pie juntillas, espero que ninguna/o de ellas o ellos mantenga relaciones amorosas y sensuales fuera del matrimonio, porque si lo hicieran, estarían atacando los principios básicos de su fe, estarían atacando “a la familia” que sólo es posible entre un hombre y una mujer y sus hijos unidos en un matrimonio consagrado.

 

Espero que ninguna/o recurra a los anticonceptivos. Ni a ningún tipo de “vicio solitario”.  ¿Acaso la “fornicación” y el “onanismo” no han sido – desde el discurso religioso- los caballos de batalla de “la familia al borde de la desintegración”.  Me imagino que nadie iría a una marcha en contra de los derechos civiles de otras personas, en nombre de la ley de dios, para luego correr a su casa a infringir la tan suya y elegida ley de dios. No, ¿verdad? ¡Claro que no!

 

@Marteresapriego 

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