Opinión

Los desmemoriados en fuga

Los desmemoriados por elección, los que ayer sembraron la desgracia y ya no lo recordaban, hasta que los detienen en una esquina.

  • 25/04/2017
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Este es el planeta de los desmemoriados. Les explico una evidencia: el planeta de los seres que no tienen memoria. No me refiero, por supuesto, a las personas inmersas en ese paulatino horror de padecer una memoria que los traiciona. Esas personas que cada día constatan que se les escapa la geografía de los espacios más familiares, de los rostros más amados. Y sufren. Sufren muchísimo. En el extravío y en el desamparo.

Me refiero acá a los desmemoriados por elección, a los que ayer sembraron la desgracia y ya no lo recordaban. Hasta que los detienen en una esquina. Si es que sucede. A los saqueadores que se imaginan que continuarán sus vidas impunes, porque si ellos olvidan, todos vamos a olvidar. Como por decreto. “Aquí no ha pasado nada”. “Pero mira qué bonito. Qué bonito”. Y deslizan sus manos en sus carteras, y pagan sin contar. “Mira que bonito, qué bonito”. Basta fugarse hacia otro país por un tiempo. Basta colocar en varios pasaportes una foto, con nombres y apellidos distintos cada vez. ¿Acaso la ley existe? ¿cómo para qué sirve? Meras nociones  que quizá se aplican a los demás, pero no a ellos.

Son tan “poderosos” los desmemoriados por elección. Sonríen. Posan. Ellos tienen “derecho”. ¿A qué? A todo. A lo que se vaya ofreciendo. No hay trámite moral. ¿Quién, qué los detendría en el camino hacia la realizaciones de sus deseos? Una profunda confusión entre el “porque se me da la gana” y el derecho. “Porque yo lo decido”, y el derecho. ¿Quién va a dar cuenta de los millones que se extravían hacia cuentas personales? Los desmemoriados son muy hábiles: nombres y nombres entre cuentas y cuentas desde los presupuestos de sus estados y ellos. Los hilitos invisibles que allí están. Que pueden investigarse, rastrearse. Pero dicho está y es sabido: se cubren con la misma sábana. La extienden todo lo que pueden. Se pelean entre ellos, pactan entre ellos. Le venden su alma a todos los diablos para estar debajo. Cubiertos. Encubiertos. Por esa sábana de corrupción y miseria moral.

Es el dinero destinado a la salud. Las medicinas de los niños. “Inyéctenles agüita”. Qué importa, “ya ven que luego funcionan los placebos”. O algo así. Al final de cuentas, ¿quiénes son esos niños desconocidos, los sin rostro? Los sin derecho. Los sin nombre propio. Los desmemoriados recuerdan minuciosamente los números de sus cuentas de banco. Los nombres de los vinos que les recomendaron. Las guías de los mejores restaurantes. Las tiendas de trapos y zapatos. Lo que no recuerdan es que las personas existen. Esa es una memoria incómoda. Lo que no recuerdan es que esos euros alguna vez fueron los pesos destinados a apoyos sociales, por ejemplo. ¿Quién querría cargar memorias incómodas? No sean amargados. Existen los dioses del Olimpo y el infelizaje. Vámonos entendiendo.

¿Serán verdaderos los diarios personales que se exhibieron? “Tengo derecho, tengo derecho”. A pisotear los derechos de los otros. Pero no es lo que dicen los diarios explícitamente. Expresan más bien la tan común lucha interior entre una mujer y el derecho a reconocerse en sus oportunidades. Así, como quien dice: “tengo derecho a estudiar, a tener un trabajo digno, a negociar un salario justo”. Ajá. Así de cotidiano, digamos. Tan “como todo el mundo”, escribiendo su diario después de una sesión de “terapia” con las amigas. Así de “inocente”. La puñalada trapera, en el contexto. Y las redes que fluyen como ríos arrastraron esas frases. Repetidas. Con ese dolor, esa humillación que nos infligen. Repetidos.


Los desmemoriados están convencidos de ir impunes por el mundo, porque esa es “la costumbre”. Saben de los otros: los de antes y los de ahora. Conocen sus mañas y sus artimañas. Están tan seguros de que “cualquiera haría lo mismo en mi lugar”. ¿A quién se le podría ocurrir algo distinto? Todo es cosa de tener la habilidad para llegar a ese “lugar”. Los talentos. Saber escalar. Hacer las caravanas, las alianzas, las promesas indispensables. Las puertas se abren hacia la gruta de los tesoros de Alí Babá. Los cuarenta ladrones se multiplican. Cada ladrón a su nivel, tiene sus cómplices. Cada ladrón es parte de un engranaje muy aceitado. Los cien pesos del soborno: “cuánto para el jefe, cuánto para mí”. Los millones del soborno. Los negocitos entre cuates. “Préstame por aquí tu nombre, escóndeme un dinerito”. “¿Qué islita me recomiendas para el ‘bisnes’”.

 “Los Meros Meros de este mundo cortan con una espada el cuello de las botellas de Champagne”, que se dicen entre ellos. Es un “must”. El colmo del súper chic. Un sable corta el aire. El galerón destinado a Centro de Salud ya fue inaugurado con bombo y platillo, pero no hay nada dentro. La escuela estaría en esta esquina, si tan sólo el material no se hubiera extraviado en el camino. “Construimos infraestructura”, dicen. Y el cuello de la botella se adelgaza cada vez más. Las personas atrapadas allí dentro. Mientras ellos, se “infraestructuran”. Los departamentos por allá. Los jardines y las casas. Todo lo mal habido es bienvenido. ¡Que viva la abundancia! Un sable corta el aire. Despojo. Violencia. La escandalosa injusticia social. Los desmemoriados miran los viñedos de la Toscana. Se felicitan de lo inteligentes que son. Lo astutos. Lo superiores. Lo tan chipocludos.

Y de golpe, el cerco se cierra. El cuello de la botella se cierra, y esta vez ellos  están atrapados dentro. La sorpresa en los rostros ante la detención. ¿Detenciones pactadas? ¿Están fingiendo? No hay manera de saberlo a ciencia cierta. Quizá no. Quizá la sorpresa no es actuada. Cooperaron. Prometieron silencio. La lealtad se paga. Hasta que un día el Gran Todopoderoso que les ofreció premiarlos por corruptos y por desmemoriados, olvida sus nombres. Hasta el día en que el Gran Todopoderoso ya no tiene el menor interés en cumplir sus pactos. El Gran Jefe de los Desmemoriados se vuelve desmemoriado a su vez. Y entonces, de golpe, el mundo se convierte en un espacio demasiado pequeño para esconderse. ¿Pero qué tan escondido se está en Florencia o en Guatemala? ¿Con la venia de todos?

Porque para esconderse, lo que se dice esconderse, siempre habrá una islita perdida frente al mar por allá lejísimos. Pero, no exageremos. Tanto mejor lo viñedos de la Toscana. La cercanía con México y la familia. Aunque han cambiado los viñedos. Es un hecho. En esa mezcla inédita de placeres y fugas. De angustias vagas y sables que amenazan con cortar el aire. Esos rostros atónitos. “¿Acaso la ley existe? ¿Acaso La Ley no somos nosotros?” Por el momento, por esta vez. Pareciera que no. Pero nada es un hecho, hasta que lo es. Es probable que los desmemoriados recuerden las promesas que les hicieron. ¿Hablarán los desmemoriados? No exageremos nuestras esperanzas. ¿Qué tanto les retiraron ya la sábana? ¿no les dejaron ni una orillita?

La mujer que escribe en sus diarios toma un avión hacia Londres. En Guatemala eran “Andrea y Alejandro”. Él mira una pared. Ella tiene todo el tiempo del mundo para ir de banco en banco. Su cuaderno de tapa dura en la bolsa. “Tengo derecho a la abundancia….” Es en sí misma “la abundancia”. ¿A quién le importa la precariedad de los otros? No hay manera de llegar al Olimpo si te detienes a pensar en “los otros”. Él mira una pared. Y es muy probable que se pregunten ambos: ¿por qué nadie les avisó? ¿a qué hora decidieron traicionarlos? ¿hasta dónde llegará la traición?


@Marteresapriego