Opinión

Los desfiguros electorales

Un proceso electoral insustancial en el que ninguno de los candidatos levanta el ánimo nacional, porque no tienen con qué | Joel Hernández Santiago

  • 17/01/2018
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Vamos a fingir que somos felices y que todo en México está a partir de un piñón. Esto es, que todo va viento en popa en eso que el Instituto Nacional Electoral decidió que fueran pre-campañas y que, en la realidad, son campañas electorales de los pre-candidatos de partido, de coalición, alianza o lo que sea: todos ya están en campaña, no nos hagamos rosquillas, y mucho menos el Instituto Nacional Electoral (INE).

Esto llamado proceso electoral


Pero bueno, las cosas son así en un país en el que los procesos electorales cuestan carretadas de millones de nuestros impuestos y que van a parar al increíblemente oneroso INE... ¿O a las televisoras? ¿O a los sesudos asesores de campaña? ¿A los encuestadores que dicen lo que el patrón quiere escuchar? ¿A los troles hechos y derechos en redes sociales? ¿O a los que organizan contra campañas fuera del país?... Todo ese dinero es nuestro, de nuestro trabajo y el sudor de nuestra sudorosa frente…

Así que de los 18,256 millones de pesos que el INE pidió para llevar a cabo las elecciones de 2018, el asunto quedó en 17,456 mdp. Y esta cantidad no es moco de pavo: es mucho dinero. Los partidos políticos recibirán para este año electoral 6,788 millones de pesos, y así lo que tendremos que pagar por esto que se llama proceso electoral y que, sin duda, lleva cartas marcadas.

La danza de los millones —el pago por el pecado nacional de no ser un país con una democracia consolidada— es el castigo cruel por ser una nación en la que sobra dinero para los partidos políticos; pero no alcanza para sacar a millones de la pobreza y el quebranto.

Y sin embargo lo que estamos viendo en estas campañas pre-campañas es absolutamente irremediable. Es una fase del proceso electoral en la que los candidatos, unos a otros se descalifican, se mientan la madre, se acusan, se señalan con el dedo flamígero de la justicia sin que la justicia haga mella en cada uno de ellos.

No importa si México no se acuerda


De pronto el señor José Antonio Meade Kuri-Breña dice que si llega a ser candidato del Partido de  Revolucionario Institucional (PRI) y luego presidente de México, luchará contra el flagelo de la corrupción, la mentira, la anti transparencia, la pobreza y la inseguridad. No importa que él mismo haya estado como secretario de Hacienda durante dos sexenios y por su escritorio pasaron los casos de abuso de recursos, corrupción y malos manejos administrativos de gobiernos.

No importa que el señor Ricardo Anaya, del Partido Acción Nacional (PAN), diga que luchará contra la corrupción y que él como candidato tiene como sustento a la familia y al país, cuando su familia ha vivido lejos de él por meses porque sus hijos estudiaban en escuelas de los Estados Unidos y que los visitaba con frecuencia… y con lo que esto cuesta. O que aún no se aclare de forma clara y contundente en qué quedó lo del enriquecimiento de su familia ¿o sí? ¿O no?

Y luego el mismo Anaya aparece en promocionales tranquilo y feliz abrazado a su hijo al que ese día, dice, llevó a la escuela, cosa extraordinaria según él, como si millones de mexicanos asalariados y con el frío quebrándoles los huesos no llevaran a sus pequeños todos los días de su vida a la escuela, amorosamente complacientes y sin usar a los pequeños para aviesos fines. Con lo que demuestra que Ricardo Anaya no conoce a México y a los mexicanos.

Ricardo Anaya llevó a su hijo a la escuela y México se conmocionó por su hazaña

Por México al frente, lleva a Anaya (PAN) como candidato, el mismo que le comió el mandado –en su momento– a Gustavo Madero, a Margarita Zavala, a Miguel Ángel Mancera y a todo el que se le pare enfrente, que para eso es capaz de vender su alma pecaminosa al diablo.

En Morena el candidato Andrés Manuel López Obrador navega con bandera triunfante, pero aún es temprano; y hace campaña haciendo osos-osotes-ositos; no importa, el chiste es ‘saber llegar’.

Y haciendo acopio de gente que es expresión de lo más pecaminoso del sistema político mexicano, navega con la bandera de la inclusión, aunque esa inclusión le cueste el ojo y el moro a los mexicanos ciudadanos. 

Y así: López Obrador cantando unas mañanitas a su esposa; Anaya llevando a su hijo a la escuela;  Meade diciendo que acabará con lo mismo que él construyó: todo ahí cifrado. Los independientes juntan firmas no siempre de forma transparente y cierta…

Una hoguera de vanidades


Y, sobre todo, estamos en un proceso electoral insustancial, inodoro, incoloro e insaboro, en el que ninguno de los candidatos levanta el ánimo nacional, porque no tienen con qué. Los electores-ciudadanos miran los desfiguros de cada uno y se decepcionan y se desvinculan cada día más.

El que en esta etapa no pidan el voto, no significa que cada uno no busque el voto ciudadano. Y aun así: sin novedad en el frente. Cada ranchero con su canción: denostando al adversario, mostrando sus debilidades, deficiencias y pecados capitales, y limpiándose la cara con saliva, mientras tanto.

Los ciudadanos mexicanos que no son voto cautivo están escépticos. Los del voto duro están ahí para cumplir la encomienda, aplaudir y llevarse a casa una despensa hecha de sopas de pasta, sal, azúcar y jabón: el precio de su voto. ¿Barato, no?

Y así el momento electoral, más como una hoguera de vanidades en donde todos son los malos y nadie el bueno y en donde el pecado es perdonado porque no hay de otra y uno de ellos será presidente o senador o diputado o gobernador o munícipe: por mandato supremo. ¿Será?

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@joelhsantiago | @OpinionLSR | @lasillarota

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