Opinión

Los consumidores queremos un verdadero piso parejo

Los principales interesados en un verdadero piso parejo, sin monopolios ni protección a los privilegios, somos los consumidores. | María Elena Estavillo Flores

  • 04/11/2019
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En esta ocasión comienzo por una anécdota.

El viernes pasado llegando a Monterrey, en el aeropuerto me encontré con una amiga y pedimos un Uber. En unos pocos minutos estaba llegando el automóvil, pero el chofer pasó enfrente de nosotras y sólo nos dijo adiós con la mano, como si fuera un amigo que nos veía de lejos.

Nos extrañó mucho lo que había pasado y solicitamos otro coche. Esperamos otros minutos y al ir acercándose a donde nos encontrábamos, nos indicó que camináramos un poco para no recogernos justamente enfrente de la terminal, por lo que nos acercamos al sitio donde se encontraba. Llegando allí nos solicitó que alguna de nosotras se sentara al frente, lo que hicimos.

Salimos del área de la terminal y habíamos avanzado apenas unos minutos, ya sobre la carretera hacia la ciudad, cuando nos detuvo una patrulla de la policía federal (venía identificada de esa manera). Antes de bajar del automóvil y evidentemente nervioso, el chofer trató de ponerse de acuerdo con nosotras para inventar una historia mínimamente creíble sobre cómo nos habíamos conocido, y tratar de convencer a los oficiales de que al recogernos en el aeropuerto nos estaba haciendo un favor personal.

No tuvo éxito. Después de un par de minutos regresó hacia el auto para informarnos que tendría que dejarnos allí: a media carretera. Extrañas prioridades las de la policía, al privilegiar la protección de un monopolio a costa de exponer la seguridad de los ciudadanos.

Pedimos a los oficiales que al menos nos acercara a una gasolinera que alcanzábamos a ver allí cerca. Magnánimamente accedieron.

Nos preocupaban las consecuencias que pudiera tener el chofer si eran detenidos él o su vehículo, por lo que a través de la plataforma de Uber informamos sobre lo que había pasado, donde nos aseguraron que, de ser necesario, le darían el apoyo legal requerido. Espero que haya sido así.

“Casualmente” se encontraban en la gasolinera dos de taxis destartalados y, sin otra opción a la vista, tuvimos que tomar uno de ellos. Eso sí, una vez que pactamos el precio del servicio, ya que el taxímetro no estaba funcionando.

Me llamó la atención que los oficiales que detuvieron al Uber no se preocuparan al observar que los taxis estaban haciendo base en la gasolinera, para lo cual seguramente no estaban autorizados. De acuerdo con el debate público, uno de los reclamos de los taxistas es que Uber no tiene permiso para hacer base en los aeropuertos. Se trata, entonces, de una aplicación muy selectiva de las normas.

La travesía no fue agradable porque el chofer era muy arriesgado y descuidado para manejar, y al final tuvimos que pagar en efectivo sin obtener a cambio una factura o recibo. Tampoco teníamos un teléfono o referencia para quejarnos por el servicio, ni disponíamos del nombre y la fotografía del chofer, todo lo cual sí habríamos tenido con el servicio de Uber.

En resumen: como consumidora, no pude elegir el servicio que prefería; me vi obligada a usar otro de menor calidad, seguridad y más caro, y todo bajo la coerción de la fuerza pública.

He escuchado las demandas de los taxistas para lograr un piso parejo y alegar que no están en contra de la competencia. Pero al mismo tiempo las propuestas concretas se orientan a mantener el status quo. La más extrema, ciertamente, es usar la fuerza para mantener el acceso monopólico a los aeropuertos, que ha sido desmentida, pero a mí me tocó vivir en primera persona.

Cada vez nos enfrentaremos con mayor frecuencia a situaciones como ésta, donde las nuevas tecnologías transforman la manera de producir, distribuir y consumir bienes y servicios. Más aún, esta dinámica va provocando que los mismos ciudadanos cambiemos nuestros hábitos y preferencias, por lo que dejamos de demandar lo que antes nos satisfacía y buscamos las ofertas que mejor se ajustan a nuestras necesidades.

Es así como surge el desafío para que las instituciones, entre ellas gobierno federal y locales, sepan acomodar los procesos de innovación, de forma que los nuevos modelos de negocio, tecnologías y ofertas puedan encontrar espacios dentro del mercado, dejando que convivan sanamente diferentes alternativas sin privilegiar a unas sobre otras.

Este es el principio del “piso parejo” al que aspiramos, el que está basado en la flexibilidad, la adaptación y la eliminación de restricciones innecesarias, lo que exige también la revisión y actualización de los marcos regulatorios.

No se trata tampoco de desaparecer toda obligación ni que el Estado se repliegue por completo. En cada caso habrá que analizar cuáles reglas deben desaparecer, pero también cuáles deben incorporarse para proteger garantías que siguen estando vigentes, como la privacidad y la seguridad.

Tratar de forzar un estado estático en donde no tienen cabida las iniciativas creativas como es el caso de las plataformas colaborativas como Uber, no constituye un piso parejo, sino un intento de detener el tiempo, que irremediablemente terminará por fracasar. Lo que preocupa es que, entre más tiempo se extienda esta resistencia, más costos acumulará para todos. Costos reflejados en desincentivos a la inversión, a la innovación, a la adopción tecnológica, y costos de oportunidad también para los consumidores, quienes tendremos que esperar mejores épocas para poder aprovechar los beneficios del avance tecnológico.

Los principales interesados en un verdadero piso parejo, sin monopolios ni protección a los privilegios, somos los consumidores.

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