Opinión

Los clásicos también sirven para pensar

Por: Jorge Alberto Meneses Cárdenas

  • 11/03/2016
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Roberto Gómez Junco, es un ejemplo de que los remates de cabeza no le dejaron secuelas. Sin embargo, en 1983 fue el iniciador de una batalla campal al burlarse del rival, con una seña más asociada con Cuauhtémoc Blanco o con un político mexicano haciendo la Roqueseñal al celebrar el aumento al IVA, el entonces jugador de Las Chivas encendió el clásico del futbol mexicano.

 

La táctica

En el mundo, montados sobre distintos antagonismos que supuestamente los separan, los clásicos de fútbol pueden leerse como rituales “laicos” de repetición periódica.

 

Lo mismo se enfrentan católicos y protestantes como en Escocia, los de clase alta contra la clase trabajadora como el Olympiacos contra el Panathinaikos, en Atenas, o disputándose la hegemonía de la ciudad y la del modelo de universidad pública contra privada como en el duelo entre Tigres y Rayados, en Monterrey.

 

El caso del clásico entre Las Chivas del Guadalajara y Las Águilas del América, tiene su propio mito antagónico: Lo mexicano contra lo extranjero, la provincia contra el centralismo, lo popular contra los ricos; es decir, se proyecta un imaginario dicotómico entre el rebaño sagrado contra el ódiame más.

 

Sin embargo, lo que está en juego no es lo material, sino el honor de la comunidad que se imagina homogénea, horizontal y con un pasado compartido, en términos de lo que señala Benedic Anderson sobre los nacionalismos.

 

Para ello, la lógica más que entre adversarios se condesa de forma maniquea desde la mercadotecnia en retóricas de amigo-enemigo, nosotros-ellos, como táctica de guerra al estilo de Carl Schmitt. La hipermediatización del evento está presente en los programas deportivos, los noticiarios y ahora también en las redes sociales, pues la afrenta permite la humillación social: cara a cara o face to face.

 

La separación

Días antes, recurriendo a la genealogía de su origen, los enfrentamientos y sus respectivas hazañas, las riñas simbólicas se sustentan en apuestas: dinero, vestirse de mujer o con los colores del enemigo, botellas de alcohol para celebrar, comidas y múltiples formas de escarnio público al derrotado. En la retórica hay una constante entre ambas comunidades, todo puede pasar sin importar la posición en la tabla o la historia, por eso hay tensión.

 

El día del evento

Desde la mañana, miles de seguidores se visten con los colores de su equipo, -aunque no jueguen ni asistan al estadio-, utilizan el short, el pants o la playera para desayunar birria, barbacoa o caldo de gallina. 

 

La sala de las casas, los bares y restaurantes reúne a familias, amistades o desconocidos pero reconocidos por la playera común o la contraria. Los rezos, las cábalas y peticiones se multiplican dentro y fuera del césped.

 

En las inmediaciones del estadio, las ahora barras, con banderas y las caras pintadas, entonan cantos violentos. Como una prueba de iniciación o de reafirmación, los hinchas intentan robar trapos, es decir, arrebatarle al bando rival sus fetiches sagrados, con violencia latente en los dos bandos. Los raptores ganan honor y prestigio dentro de su tribu, ellos juegan su propio partido.

 

Los noventa minutos del juego son seguidos por millones, el césped se convierte en un terreno de juegos profundos. La catarsis espera su clímax: el gol; el navajazo simbólico para salir de si: las emociones encontradas permiten abrazarse de júbilo, tronar petardos o llorar como si se perdiera un amor, aunque, también de dolor se canta.

 

En este tiempo liminal, hombres y mujeres pueden mostrar sus emociones, mentar madres, están cobijados por su comunidad.

 

La agregación

Después del resultado, se pagan y se cobran las apuestas, se soportan las burlas o se enfrentan. Las televisoras miden su triunfo en el rating, los comentaristas como jueces-demiurgos nos explican las causas de la derrota o del triunfo y si es necesario, criminalizan a los revoltosos –sin meterse con los dueños del balón, solo con las barras-. Incluso, algunas conductoras han salido a la calle o en el set con escasa ropa, como si anduvieran en busca de Spencer Tunikc, cuando en realidad están pagando la deuda y colaborando para el rating.

 

Ya que las aguas se calmaron, se vuelve a lo cotidiano, después del derroche de emociones ritualizadas, como diría Antonio Machado “vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas”. Finalmente, si los clásicos sirven para salirnos de la rutina, también sirven para pensar.

 

@vicpiang

@institutomora

jorgemenecs@hotmail.com

www.mora.edu.mx

*Mtro. Jorge Alberto Meneses Cárdenas

Es profesor-investigador en La Universidad del Mar, en Huatulco. Estudió antropología social en la ENAH y sociología política en el Instituto Mora. Realizando la investigación doctoral sobre Juventudes indígenas universitarias en México y Colombia (UNAM). Entre sus cursos impartidos están los de antropología del futbol. Ha publicado artículos de opinión sobre la relación entre futbol, política y cultura. Sus intereses de investigación giran en torno a las juventudes, la antropología del deporte, la migración, la cultura popular y la cultura política.

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