Opinión

Los cantos de las sirenas monopólicas

Las empresas son entes que toman decisiones y responden a incentivos. | Elena Estavillo

  • 04/02/2019
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Como en oleadas y de forma recurrente va tomando fuerza un discurso que nos trata de convencer que “lo grande es bello”. Que hay monopolios buenos y, si los dejamos expresarse libremente, se manifestarán todas sus bondades y comenzarán a innovar, a invertir y a prodigar beneficios a los consumidores.

Todo ello en contra de lo que nos dice la teoría, la historia económica y la experiencia propia y ajena. Porque cuando existe poder monopólico (o poder sustancial de mercado, que es el tecnicismo legal en México) el resultado invariablemente será que las empresas impongan precios más altos, con menor variedad, calidad y cantidad de los bienes y servicios. Al mismo tiempo, se desalienta la innovación y la inversión. Generalmente estas consecuencias se reflejan en una transferencia de beneficios de los consumidores hacia las empresas. Es decir, se genera un efecto distributivo regresivo, puesto que castiga a quienes menos tienen.

Los mercados monopólicos tienden a ser ineficientes.

Una empresa con poder de mercado no tiene incentivos para reducir sus costos, ya que no enfrenta competidores que le amenacen con quitarle clientes ofreciendo un bien mejor o más barato. De allí surgió el concepto de ineficiencia-X, que se refiere a que los costos de producción de bienes y servicios tenderán a ser más elevados cuando no hay competencia, lo que da lugar, a su vez, al “peso muerto” de la economía, una pérdida de bienestar para la sociedad que, en su conjunto, se ve obligada a cargar con los costos de la ineficiencia.

A pesar de esto, con notoria regularidad resurgen los argumentos a favor de los monopolios “buenos”. ¿A quiénes nos referimos? A veces se trata de los campeones nacionales que se levantan valientemente contra las empresas extranjeras, o bien las empresas estatales con vocación social frente a los competidores privados que solamente buscan su rentabilidad.

Pero habría que despojar esta discusión de juicios morales. Las empresas no son esencialmente malas o buenas. Son entes que toman decisiones y responden a incentivos.

Cuando una persona tira basura en su país y al cruzar la frontera deja de hacerlo, no es porque dejó de ser sucia y se convirtió en limpia, sino porque entiende que se enfrenta a distintas reglas y consecuencias de un lado y del otro, así que ajusta su comportamiento de acuerdo a dichos incentivos.

Así, cuando una empresa cuenta con suficiente poder de mercado, sabe que no necesita esforzarse para reducir costos, buscar nuevas formas de satisfacer a sus clientes u ofrecer mejores precios ya que, al no existir otras opciones, los consumidores seguirán comprando sus productos, aunque sean caros y malos.

Esta situación le permitirá ganar márgenes de utilidad superiores a los de otros mercados o a los que existirían si hubiera competencia, así que los incentivos que tiene son a dirigir sus esfuerzos para evitar que cambien las condiciones del mercado. Muchas veces ello se traduce en que la empresa, en vez de estar buscando mejoras productivas se enfoca en obstaculizar la entrada de nuevos rivales.

Competencia

En ocasiones sí se puede justificar el apoyo a campeones nacionales: cuando se trata de empresas que compiten en entornos globales frente a jugadores de otros países, siempre y cuando esa competencia no tenga una dimensión local. En esos casos es viable impulsar objetivos de política como el empleo o el desarrollo de polos regionales, sin dañar a los consumidores locales, ya que la competencia se asegura en el plano internacional y, así, esos campeones nacionales tendrán suficientes incentivos para ser eficientes y satisfacer a sus consumidores. Finalmente, existirán condiciones de competencia.

Pero cuando el mercado no es competitivo, las empresas con poder monopólico se comportarán esencialmente de la misma forma, ya sean públicas o privadas, nacionales o extranjeras, porque las condiciones del mercado les permitirán mantener precios elevados y obtener márgenes de ganancia atractivos, sin esforzarse en hacer mejor su trabajo.

Y es que en estas discusiones que enfrentan a nacionales contra extranjeros o privados contra públicos, se olvida a los consumidores y el bienestar general de la población. Debemos tener presente que el poder de mercado funciona como un impuesto y tiene un efecto redistributivo en contra de los más necesitados.

Mercado

Las empresas con poder de mercado generan precios más altos, que afectan con mayor incidencia a quienes menos tienen, porque los bienes y servicios de consumo básico de los cuales no se puede prescindir, ocupan una porción más grande del presupuesto de las personas con menores ingresos. También, porque la población con menores recursos no puede aprovechar descuentos por compras al contado o al mayoreo, ni tiene acceso a fuentes económicas de financiamiento.

Por eso se requiere la contención que asegura la política de competencia, aplicada por igual en todos los casos, independientemente del origen del capital y la naturaleza de la empresa.

Otra consideración adicional pero también relevante, es que el poder monopólico produce ganancias excesivas para las empresas y, con ello, un margen de recursos que, en vez de dedicarse a la innovación y satisfacción de los clientes, muchas veces termina invertido en labores de cabildeo para mantener privilegios y evitar la entrada o el crecimiento de los competidores, todo lo cual abona a la asignación ineficiente de los recursos de la sociedad y a incrementar el peso muerto de la economía.

Esas labores son las que finalmente animan los cantos de las sirenas monopólicas que sin tregua regresan a tratar de convencernos con sus espejismos. A esas voces, creo que Gertrude Stein me habría permitido contestarles: Monopolio es un monopolio es un monopolio es un monopolio.

Las licitaciones públicas y su impacto en la competencia

@elenaestavillo | @OpinionLSR | @lasillarota

*Comisionada del IFT y presidenta de la red de mujeres CONECTADAS. Las opiniones expresadas son a título personal y no deben entenderse como una posición institucional.


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