Opinión

Los asesinos silenciosos

Los contaminantes atmosféricos son asesinos silenciosos. Se cuelan al torrente sanguíneo y llegan a todas las células del organismo. | Leonardo Martínez

  • 10/10/2019
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Resulta prácticamente imposible estar al tanto de la infinidad de riesgos sistémicos que enfrentamos todos los días, pues éstos se generan continuamente y sin darnos parte, en todos los ámbitos. Y a veces nos sentimos avasallados porque cuando éstos se materializan, se dan por igual tanto en los ecosistemas naturales como en los construidos por las sociedades humanas.

Por ejemplo, dudo que alguien haya podido visualizar los riesgos, los efectos y el calendario asociado de contagios entre las crisis de autofagia de los sistemas democráticos por las que están pasando algunos países. Quizá, de haberse dado cuenta, alguien hubiera podido tomar algunas previsiones, pero todos estamos cayendo redonditos.

Sucede también que al contar con cierta información preliminar, es posible presumir que hay un proceso de configuración de riesgos que vale la pena estudiar y atender. Uno de esos casos es el que retomo, una vez más, para seguir llamando la atención de la sociedad y el gobierno. El tema es el de los daños que causa la contaminación atmosférica sobre la salud de la población.

Como lo hemos comentado en otras ocasiones, las políticas públicas tanto federales como locales en materia de calidad del aire mantienen una visión anacrónica e irresponsable, que permite la exposición de millones de personas a concentraciones peligrosas de contaminantes atmosféricos. Para sorpresa de muchos, esas concentraciones pueden ser peligrosas aún y cuando sean mucho más bajas que las que se toman como referencia para activar las medidas de contingencias ambientales, y también pueden ser más bajas que las recomendadas como aceptables por entidades como la Organización Mundial de la Salud, en este caso porque no han sido actualizadas.

Los riesgos son altos y las consecuencias graves. Las investigaciones médicas más recientes demuestran que los contaminantes atmosféricos pueden estar dañando a prácticamente cada tejido y cada célula del cuerpo humano, lo cual nos pinta un panorama no solamente insospechado sino desolador.

A la ya muy conocida lista de graves afecciones relacionadas con los sistemas cardiovasculares y respiratorios, continuamente se suman estudios que relacionan a la polución del aire con diferentes tipos de cánceres, como el de vejiga, así como con fragilidad ósea, infertilidad, diabetes, obesidad, demencia, depresión, suicidios, complicaciones del hígado, Parkinson, autismo, y entre lo que se siga sumando conforme se van publicando más estudios, diversos daños al feto y a los niños pequeños, como bajo peso al nacer y reducción de capacidades respiratorias y cognitivas.

Por si fuera poco, el número de muertes asociadas a la contaminación atmosférica ha rebasado al provocado por el tabaquismo a nivel mundial.

Los riesgos de la exposición a diversos contaminantes atmosféricos son sistémicos, a veces siguen rutas conocidas y a veces escogen caminos otrora desconocidos. Su avance se da en unas ocasiones muy lentamente y en otras toma velocidades insospechadas. Los riesgos inciden de manera directa, o dando piruetas para llegar por la puerta trasera. Pero el tema es que son reales, y no estamos haciendo prácticamente nada para neutralizarlos.

Los contaminantes atmosféricos son asesinos silenciosos. Se cuelan al torrente sanguíneo y se bajan en todos los tejidos para seguramente llegar, como lo prevén los mejores especialistas, a todas las células del organismo. Habiendo llegado, inflaman, enferman y matan. Así de real, así de preocupante.

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