Opinión

Los adioses

Fragmentos de la vida de Rosario Castellanos. | María Teresa Priego

  • 05/03/2019
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“Escribo porque yo, un día adolescente, me incliné ante un espejo y no había nadie. ¿Se da cuenta? El vacío”. –Rosario Castellanos

Esa adolescente que no encuentra su reflejo, la que se convertiría en una gran escritora: poeta, cuentista, novelista, dramaturga, ensayista. La hija de un padre de una familia acomodada y una madre de orígenes modestos, todo un tema, en aquel pequeño pueblo en Chiapas. La niña de Comitán que a los ocho años perdió a su hermanito menor. La gran tragedia que marcó la vida de Rosario: la muerte de Benjamín. La estudiante que abandonó la carrera de derecho a la cual la destinaba el deseo de sus padres, se inscribió en filosofía, conoció a Ricardo Guerra y se enamoró de él, lo que nos da por llamar: “perdidamente”, durante una relación que en la realidad duró dos semanas y que ella prolongó por correspondencia durante un año. Sin demasiada respuesta. Hasta que volvieron a encontrarse.

Años después continuaría la correspondencia, entre el éxtasis y la desgarradura, cada vez que se separaban. Fueron estas Cartas a Ricardo (con prólogo de Elena Poniatowska), publicadas en 1994, las que llegaron a las manos de la directora de cine Natalia Beristáin (Peces plátano, Pentimento, No quiero dormir sola) y la atrajeron como un imán que la condujo hacia una escritora a la que –según dice– aun conocía muy poco. Leerla, narrar fragmentos de su vida. Aprehenderla en sus conflictos interiores. El amor, la escritura, la maternidad, las limitaciones que se imponían a las mujeres de su época. Su continuo dolor de vivir. Sus contradicciones.

El eje de Los adioses es la historia de pareja entre Rosario y Ricardo. Su reencuentro cuando él regresó de Europa y se divorció de Lilia Carrillo (quien se había enamorado del escultor Manuel Felguérez). Su matrimonio, los años que vivieron juntos, la bebé a la que perdieron, el nacimiento de Gabriel. La escritura, las clases, las infidelidades de Ricardo, los celos de Rosario. Sus depresiones. En flash back aparecen aquel par de jóvenes: Él 23 años, ella 25, cuando se conocieron en la Facultad de Filosofía en la Casa de Mascarones. Entonces Rosario decidió que Ricardo era el hombre de su vida, el único, para siempre. Y, que su amor por él era y sería “incondicional”. Las cartas son, en muchos momentos, estremecedoras de leer. Dolorosas. Desesperantes.

Rosario se declara culpable, se siente, se vive culpable. La culpabilidad con la que Rosario Castellanos cargó toda su vida, no es tan evidente en la película. Las escenas sugieren a una mujer que sufre mucho y trabaja mucho. El golpeteo de las teclas inunda la casa. Escribiendo se encierra y se protege. Una memoria suya de infancia revela de manera brutal la preferencia de su madre por Benjamín: “Y recuerdo yo, que ya tenía ocho años —y es una memoria muy viva, porque fue una cosa determinante de todo el resto—, que estábamos desayunando en el comedor, mi hermano, que tenía siete años, mi mamá, y yo; cuando entró esta prima, como despavorida, como una especie de medusa, con el pelo blanco, todo así parado, sin peinar, y le dijo a mi mamá que acababa de tener una visión, y que en esa visión se le había aparecido alguien y le había dicho que uno de sus hijos —de mi mamá—, iba a morir. Entonces mi mamá se levantó, como un resorte, y le dijo: ‘¡Pero no el varón! ¿verdad?’”. Benjamín murió de apendicitis.

Rosario pronto se da cuenta de que su esposo le es infiel. Le pide no saber, pero sabe. A él no le preocupa demasiado que sepa. Algunas escenas sugieren una cierta rivalidad de Ricardo Guerra hacia ella, como cuando en una ceremonia de premiación en Chiapas, un periodista se acerca al filósofo y le pregunta qué opina de la obra de su esposa, él se desliza en una larga y extravagante explicación alrededor de las molestias que causan los mosquitos. En la mesa larga del comedor ella escribe sin parar, él coloca una hoja en su máquina, no puede, la extrae, la hace bola. El conflicto está en marcha: “Matamos lo que amamos, lo demás no ha estado vivo nunca”.

Perdieron a una bebé. Nació su hijo Gabriel. La tesis de Maestría en filosofía de Rosario se titula: “Sobre cultura femenina”. En sus clases en la UNAM analizaba la situación de opresión y desigualdad de oportunidades en las que vivían las mujeres. Enseñaba, debatía… y del umbral de su casa hacia adentro su esposo le reprochaba no ocuparse lo suficiente de su hijo y la presionaba para que renunciara a su trabajo de profesora. En la película Rosario responde: “No voy a dejar de ser mamá, no voy a dejar de ser maestra y no voy a dejar de escribir”.

De una escena a otra se intercalan fragmentos de textos de Rosario Castellanos. Es delicioso escucharlos. En 1957 publicó Balún Canán, una novela autobiográfica extraordinaria. La niña solitaria a la que rescata el amor de su nana Rufina, la transmisora de la ternura y de la cosmogonía indígena. La madre en la novela pierde a su hijo varón y una pregunta flota cruel, evidente para la hija: “¿por qué él y no tú?”. En esa novela, como en la vida: el tatuaje del desamor. Rosario Castellanos tomaba tranquilizantes, tuvo varios intentos de suicidio. En una escena en la película su esposo dice: “Tú sólo sabes escribir y escribir y escribir. Por eso te sientes sola, porque sólo puedes estar en tu cabeza”.

Ciudad real, Los convidados de Agosto, Oficio de tinieblas, Mujer que sabe latín, El mar y sus pescaditos, Poesía no eres tú, El eterno femenino. El imparable golpeteo de las teclas de la máquina de escribir. La noche anterior al nacimiento de su hijo Gabriel había recibido el Premio Xavier Villaurrutia. “Cada día una mujer o muchas mujeres gana la batalla para la adquisición y conservación de su personalidad. Una batalla que para ser ganada… requiere de otras experiencias como la astucia, sobre todo la constancia, una batalla que de ganarse, está generando seres humanos más completos, familias más armoniosas…”

La habitación en desorden. las maletas sobre la cama. Se separaron de manera definitiva en 1971. “¿Cómo dar el zarpazo último que aniquile de manera inapelable y para siempre al otro?” Rosario Castellanos fue nombrada Embajadora de México en Israel, era también profesora de literatura en la Universidad Hebrea de Jerusalén. 1974. La última escena: suena el teléfono, responde, la comunicación se corta, esa lámpara que parpadea sobre la mesa. “Comparto la opinión de los antiguos en el sentido de que vivir no es necesario, pero ya que se vive, por lo menos hay que superar esa contingencia escribiendo. Yo no doy por vivido sino lo redactado”.

Esa lámpara con un corto circuito en su casa en Tel Aviv. Va a acercar su mano a ella, ya lo sabemos. Esa mano ya no va a escribir más. “El que se va se lleva su memoria, su modo de ser río, de ser aire, de ser adiós y nunca”. Esa mano ya nunca va a acariciar a su hijo Gabriel.

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