Opinión

Lo que viene después de las elecciones

Como sociedad estamos ante la oportunidad de concretar la noción básica de un gobierno de las mayorías con respeto a las minorías. | Areli Cano Guadiana

  • 12/07/2018
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La coyuntura que se revela tras la pasada jornada electoral del 1º de julio, implica un estado de cosas inédito, que expresa singularidades positivas de nuestro avance democrático. Andrés Manuel López Obrador llega a la presidencia de la República con una amplia legitimidad derivada de la obtención de más de la mitad de los votos emitidos, triunfo que fue inmediatamente reconocido por sus adversarios. La avenencia de gran parte de los actores sociales a este mensaje del electorado abre la puerta a la instauración de un Ejecutivo que tendrá ante sí el desafío de refrendar en las tareas cotidianas el apoyo conseguido en las urnas. Por ello, es necesario considerar que el principio de mayoría en sí mismo no legitima de manera absoluta el ejercicio del poder público, sino que se requiere de la garantía de que las fuerzas minoritarias se mantengan vigentes en el espectro político, al igual que deben permanecer las posibilidades de ejercer la oposición de manera libre.

Gobierno de las mayorías

Como sociedad estamos ante la oportunidad de concretar la noción básica de un gobierno de las mayorías con respeto a las minorías. El rasgo de dominancia en las cámaras legislativas que ha alcanzado hasta el momento el Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA), ha sido invocado como un riesgo por distintos analistas; sin embargo, la integración parlamentaria que se vislumbra tras los comicios es comparable, toda proporción guardada, con la existente en la actualidad en diversos regímenes, como el encabezado por Emmanuel Macron, presidente de República Francesa, quien cuenta con la mayor parte de los legisladores, por cierto en un contexto en que los partidos tradicionales galos sucumbieron estrepitosamente. De igual forma sucede en Canadá, donde el partido del primer ministro Justin Trudeau domina en el Parlamento.

Como bien se puede advertir, la mayoría legislativa en países con regímenes políticos consolidados no es un aspecto que ponga en cuestión la “calidad” del gobierno en turno o en riesgo el desarrollo institucional democrático. Bajo este contexto, ahora México requiere del eficaz funcionamiento del sistema de pesos y contrapesos que está trazado en nuestro máximo ordenamiento, a fin de garantizar que las relaciones entre los representantes del poder público y los individuos se desarrollen dentro de un marco de respeto a las libertades fundamentales, con la delimitación puntual de las funciones de los poderes y los organismos del Estado.

En este orden de ideas, nuestras instituciones verán redoblada la necesidad de ejercer de la manera más amplia sus funciones y atribuciones, con el interés general como guía. La efectiva protección judicial de las libertades, la tutela de los derechos por parte de las instancias garantes como la CNDH y el INAI, el ejercicio de una oposición responsable en los espacios legislativos, todo esto aunado a la participación activa e informada de la sociedad civil en el ágora pública, son algunos aspectos imprescindibles para que la democracia deje de ser esencialmente comicial y se convierta en un modo de vida que permita percibir a los gobernados de manera cotidiana la existencia del Estado de Derecho.

La ruta inmediata para nuestro país transita por la consolidación del entramado democrático, que a partir de la noción mínima del respeto al sufragio, que ha sido ya convalidada, deberá ahondar en el respeto a las prerrogativas de las personas, fortalecer el reconocimiento a los espacios sociales donde se manifiesta la pluralidad, como es el caso de la prensa y las organizaciones sociales. Esto podrá dar cauce a la integración de un proyecto nacional, donde se aglutinen las luchas fragmentadas, al encontrar puntos comunes entre las distintas fuentes de demandas de la población.

Altas expectativas

Asimismo, es necesario tener en cuenta que el espacio de la representación política puede traer oportunidades para la desazón y la desilusión de los votantes. Las expectativas con respecto al cambio político son sumamente altas y por ello es necesario apelar al reconocimiento de la complejidad de las problemáticas de nuestro país, para dar oportunidad a la mesura, a la comprensión de la realidad e incluso a la paciencia. Esto no solamente en aras de otorgarle al nuevo gobierno la oportunidad de trabajar con miras tanto de mediano como de largo plazo, sino también con la intención de revalorar la importancia de las reglas e instituciones democráticas como instrumentos reales de cambio, que no pueden resultar en ejercicios cortoplacistas ni en soluciones mágicas.

Sin duda en la construcción del nuevo régimen habrá una mixtura de actores y orientaciones; pero es de esperarse que conforme transcurra el tiempo, tome fuerza la identidad propia de quienes asumirán el mandato de conducir la nación por los próximos seis años. Por nuestra parte, los ciudadanos debemos congratularnos por el funcionamiento de la democracia electoral y estar preparados para darle continuidad al ánimo que marcó la fiesta cívica del primero de julio, con la intención de atender los desafíos subsecuentes a las elecciones, lo que permitirá seguir avanzando hacia el ideal de colectividad que deseamos.

Contrapesos institucionales

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