Opinión

Lo que pudo haber sido y no fue el 8M, lo que sí es

Qué diferente habría sido la marcha del 8M si en lugar de monumentos y edificios vallados se hubiera dejado paso franco a las manifestantes. | Fausta Gantús

  • 14/03/2020
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Para las mujeres del contingente del Instituto Mora que marchamos juntas.

Qué diferente habría sido la marcha del 8M si en lugar de monumentos y edificios vallados y con triple fila de policías mujeres para protegerlos (está clara la ironía, ¿no?) se hubiera dejado paso franco a las manifestantes.

Qué diferente hubiera sido si en lugar de intentar reventar la marcha con amenazas de posibles agresiones (el último rumor lanzado la noche previa fue que las mujeres que participaran serían rociadas con ácidos), con la disposición de cierre de estaciones de metro y metrobús (que se revirtieron a última hora, hay que reconocerlo, aunque tarde; parece que las autoridades son de reacción lenta) y con aparentes infiltrada/os que intentaron causar algunos disturbios (véase video de encapuchadas bajando de un vehículo policial con gran amabilidad por parte de los policías), las mujeres manifestantes hubieran sido recibidas por el conjunto de las autoridades, de todas las autoridades, de todos los ámbitos y niveles en el zócalo, en los zócalos y plazas para escucharlas, para solidarizarse, para reconocer los errores, para delinear estrategias de acción, para rendir cuentas.

Eso es lo que habría hecho un verdadero gobierno de izquierda, en realidad cualquier gobierno que se pretenda democrático, abrirse a la demanda ciudadana, escuchar la exigencia social, atender el reclamo de una población dolida. Eso es lo que tendrían que hacer todos los gobiernos de todos los partidos en todo el país... Pero no, eso no fue lo que sucedió ni en el zócalo de la capital del país, ni en ninguno de los lugares donde las mujeres salieron a marchar, al menos no que yo sepa. Que quede claro, la historia contra factual no existe. Esto pudo ser, pero no fue.

Lo que sí fue, lo que vimos el 8 de marzo, lo que vivimos fue un país movido, un país conmovido, por mujeres, por las mujeres, que se cansaron, que nos cansamos de guardar silencio, de aguantar calladitas... Nosotras, las mujeres de mi generación, de las anteriores a mí, y quizá de una o dos después de la mía, crecimos con miedo, pero lo naturalizamos, nos convencimos de que las cosas eran así, y aprendimos también a no decir nada. Las jóvenes, las que están entre los 15 y los 35 años, también crecieron con miedo, también viven con miedo, pero ellas entendieron algo que nosotras no pudimos: no es natural y no hay que quedarse calladas. Nos separa la edad pero nos acercan los miedos, la vivencia del miedo. Y ese miedo común al machismo y ese rechazo al patriarcado borra las diferencias (ideológicas, políticas, religiosas) y nos une en el común reclamo, en la común exigencia, en la urgente necesidad de una vida libre de violencia.

Lo que sí fue el 8M, lo que sí es, es la expresión más contundente del feminismo mexicano, de nuestro reconocimiento, de todas las que participamos, como feministas. Antes, hace unas décadas a muchas de nosotras nos avergonzaba decir: soy feminista. Lo negábamos todas las veces que se nos cuestionaba. Porque las feministas estaban estigmatizadas: locas, histéricas, machorras, lesbianas, gordas, feas, insatisfechas sexuales (“malcogidas” en lenguaje machista)... La lista es larga. Hoy, orgullosamente reivindicamos nuestro ser feministas. Porque entendimos que ser feminista supone la lucha por una sociedad mejor, implica dar la batalla por la equidad, exige la defensa de los derechos, para todes, supone defender la ética como principio vital.

La experiencia del 8M fue y es el cambio, no será, es. No es promesa de futuro, es actuación en el presente. El 8M marchamos junto a niñas de apenas unos cuantos años que iban tomadas de las manos de sus madres, a adolescentes de la secundaria y la prepa, a jovencitas estudiantes de licenciatura, a estudiantes de todas las edades y niveles académicos de todas las instituciones públicas y privadas, a trabajadoras de todos los sectores, a ocupadas y desocupadas, a amas de casa y empresarias, a mexicanas y extranjeras que residen o estaban de paso en el país. Marchamos juntas, gritamos juntas, demandamos juntas, por las mujeres que amamos, por nosotras, por aquellas que se quedaron en sus casas o en sus trabajos porque no quisieron o porque no pudieron sumarse al contingente, por las que son violentadas y aún guardan silencio, por la que ni siquiera se dan cuenta que son objeto de violencia y sobre todo marchamos por ellas, por cada una de las desaparecidas, por cada una de las asesinadas, por cada una de las mujeres que no vuelven. Por eso marchamos.

*Fausta Gantús

Escritora e historiadora. Investigadora del Instituto Mora (CONACYT) y profesora de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.