Opinión

Llegó el coronavirus, transformación obligada

Hay que modificar de urgencia las prioridades del gasto y reasignar presupuestos. | Jorge Faljo

  • 01/03/2020
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En pocas semanas este nuevo bicho, ahora llamado COVID-19, nos está alterando la vida. Al principio parecía simplemente otra variedad de gripa; pronto reveló su verdadera peligrosidad porque en muchos casos empeoraba hasta congestión pulmonar y muerte. 

Muchas enfermedades provocan la muerte. Para tener puntos de comparación recordemos que 15 millones de personas mueren de problemas cardíacos cada año; 3 millones de enfermedades pulmonares; 1.6 millones de diabetes y 600 mil de cáncer; entre otros padecimientos. 

En el caso del COVID-19 al 29 de febrero se llegó a 86 mil casos detectados, de los cuales 43 mil ya se han recuperado, 8 mil están en situación crítica y 3 mil han muerto. Por comparación este bicho podría no parecer tan maligno. 

En China el número de nuevos contagios y muertes ha disminuido de manera significativa. Pero lo han conseguido a un costo altísimo; inmovilizando y confinando en sus casas a cientos de millones de personas. Paralizando la economía. Medidas extremas que solo puede imponer un gobierno sumamente autoritario que vigila en extremo a su población. 

No obstante, fue inevitable que el virus saliera de China y ahora se ha esparcido a 56 países del mundo. Fuera de China el crecimiento es exponencial. Es un problema ya grave que no sabemos hasta dónde puede llegar. La pandemia, es decir epidemias por todos lados, es inevitable. 

No es una enfermedad únicamente pulmonar que se contagia por las mini gotas de saliva que emitimos constantemente. Es también una enfermedad intestinal, sale en las heces también.

Cierto que hay que usar mascarillas y desinfectarse las manos para no contagiar a otros. Pero veámoslo con egoísmo, como no sabemos quiénes están contagiados y quienes no, lo que debe interesarnos es que otros usen el tapabocas y se desinfecten las manos. No tenemos un gobierno chino y esto lo tendremos que ir convirtiendo en exigencia social. Por ejemplo; a mí lo que me interesa es quienes preparan la comida y la sirven, tanto en restaurantes como puestos de banqueta, usen tapabocas, se desinfecten las manos y manejen bien separados el dinero y la comida. 

Así que no corra a comprar demasiados tapabocas y gel desinfectante; lo principal es que los demás los compren y los usen. 

Por ahora se calcula que la tasa de mortalidad de este virus se establecerá en alrededor del uno por ciento de los enfermos. Solo que la cifra varía de acuerdo a diversos factores. En China hay más hombres muertos que mujeres, pero tal vez sea porque los hombres fuman más. 

¿Qué tan grande es nuestro riesgo? No se sabe con precisión. Las cifras de China indican que fallecieron cerca del 15 por ciento de los pacientes confirmados de más de 80 años; el 8 por ciento de los que están en sus años 70; el 3.6 por ciento en los años 60; el 1.3 por ciento en los años 50; 0.4 por ciento en los cuarenta y 0.2 todos los de 10 a 39 años. Afortunadamente no hay decesos de niños de menos de 10 años.

El COVID-19 ya llegó a México y la gran pregunta es si estamos preparados. Nuestras autoridades sanitarias dicen que sí; pero otros muchos lo dudan. Sobre todo, considerando que tenemos un sistema de salud en transición que recientemente ha mostrado deficiencias. No es lo mismo detectar que tratar. El riesgo es una posible avalancha de enfermos sobre un sistema hospitalario insuficiente. Así que todos tendremos que hacer un gran esfuerzo por retrasar su expansión lo más posible. Se calcula que habrá vacunas, pero tardarán unos diez meses en llegar. 

El mayor peligro es una respuesta social desordenada. Las noticias de Milán, Corea del Sur y otros sitios apuntan a que aquí también podrían existir compras preventivas que provoquen desabastos. No los hay en China por sus estrictas medidas de control de la demanda. 

Si en México nuestra clase media busca aprovisionarse con anticipación de medicinas, alimentos, gel, tapabocas, que ya lo empieza a hacer, podría vaciar los estantes de los supermercados y crear un enorme problema social. La mayor parte de nuestra población vive al día y no encontrar o encontrar encarecidos productos de consumo básico puede tener consecuencias insospechadas. 

La situación exige una decidida intervención gubernamental que vaya mucho más allá de los preparativos hospitalarios. No la estamos viendo y da la impresión de que no han sopesado la magnitud del problema que se nos viene encima. Hay que usar la imaginación, esperar lo mejor, y prepararse de inmediato para lo peor. 

Es el gobierno el que debe hacer sus compras de pánico. La demanda internacional está compitiendo por mercancías incluso dentro de México; corremos el riesgo de que nuestros empresarios exporten lo que pronto vamos a necesitar. 

El gobierno debe adquirir y repartir mascarillas y gel desinfectante a los preparadores de alimentos informales, los puestos de banqueta en que se alimenta gran parte de la población. Y distribuirles letreros que digan “yo me desinfecto las manos y me tapo la boca” para crear presión social en ese sentido. 

Deberán entrar en acción centros de distribución de alimentos para uno o varios días a la población que lo requiera. Segalmex y los gobiernos locales deben ponerse las pilas.

Hay que modificar de urgencia las prioridades del gasto y reasignar presupuestos. Recuerdo que en el 2007 se decía que el aeropuerto estaba saturado y era urgente ampliarlo. Vino la crisis del 2008 2009, bajó la demanda de viajes en avión y ya no era necesario. Tal vez, solo tal vez, construir el aeropuerto de Santa Lucía ya no sea algo urgente. Lo digo porque hay que sacar dinero de donde se pueda para instrumentar una política social de urgencia que no se base en repartir dinero sino en repartir productos. Algo que será complicado pero necesario. 

La producción y el comercio se encuentran dislocados; puede haber mayor desempleo. Ya hay pánico financiero porque los deudores, de empresas a consumidores, no puedan pagar sus deudas.

Urgen mecanismos de reactivación de la economía. Ya no solo es la oportunidad, sino que por una estrategia de seguridad nacional hay que avanzar a paso veloz hacia la autosuficiencia alimentaria e incluso en muchos otros sectores productivos. Somos una economía demasiado globalizada y de ensamble de manufacturas; es momento de cambiar de rumbo.