Opinión

Lídice Yaretzi y el adultocentrismo

Con cariño a Camila y Lídice Yaretzi.

  • 07/01/2019
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Todo empezó con una promesa. Sí, le prometí a Lídice, mi hija, llevarla a pasar el día a esos lugares que representan todo lo que tiene una ciudad, pero en pequeño. Y así lo hice: fuimos con su amiga Camila, su mamá y su papá.

Todo iba muy bien hasta que decidimos ir a comer y, por supuesto, como las niñas y niños aún están de vacaciones pues todo estaba a reventar. Filas interminables; ni hablar, las hicimos sin remedio. Les dijimos a las niñas que se sentaran para apartar mesa en lo que llegábamos con la comida. Estábamos a escasos cinco o seis metros de ellas. Nos percatamos que una persona adulta con dos niñas más se había sentado en su mesa. Sin avisar, sin decir nada, ahí estaban. Miramos y nadie dijo nada, sólo nos percatamos que las niñas –nuestras hijas– tenían rostro de extrañeza. Ellas tampoco dijeron nada. Nosotras comentamos nuestra incomodidad por ese acto, pero no pasó a mayores. Yo estaba molesta y Montse, la mamá de Camila, también. Nos cambiamos de mesa y parece que no hubo problema, ni trifulca, ni pelea, ni queja; nada. Si una pareja, por ejemplo, está sentada en una mesa y sobran dos lugares, nadie se sienta y menos sin pedir permiso. Entonces, ¿por qué cuando se trata de niñas y niños se les ignora y se imaginan que pueden o tienen derecho a hacerlo sin más y hasta se ve normal? Parece algo natural, no pasa nada. ¿Por qué nadie les preguntó si podían sentarse un momento a su mesa? Ignorar a una niña o niño como si no hubiera nadie, como si no existieran, ¿no es violento? ¿O es nuestra cultura pública la que les ha invisibilizado y nos dice que, en efecto, ellas y ellos tienen que aguantar ser ignorados y verlo hasta normal?  Unos dirán que es una exageración frente a un hecho sin importancia; otros, quienes me conocen, entenderán mi molestia. Ahora, a quienes se preguntan el porqué de este tema y este pequeño preámbulo, déjenme ofrecerles mi perspectiva, no de mamá, sino de mujer feminista, humanista, de izquierda, de luchadora social y defensora de los derechos humanos de todas y todos. Sí, todas y todos: eso incluye a niñas y niños.

Perspectiva

Mucho he hablado en otros artículos y en conferencias que he llegado a impartir de los fenómenos de la discriminación y la violencia estructurales, y creo que estas son las grandes causas del rezago educativo, laboral y social que hay en nuestro país. Cuando analizo un poco más y sigo viendo que en la vida cotidiana continuamos teniendo acciones que vulneran a otros, en realidad es como estar buscando la cuadratura al círculo. Por ello siempre he pensado que la cultura pública, que incorpora y naturaliza prejuicios y estigmas discriminatorios, es nuestro gran talón de Aquiles. En primer término, con respecto a las niñas, niños y adolescentes estoy convencida que necesitamos transformar nuestra mirada y comenzar a tratarles y verles no como objetos sobre los cuales ejercemos nuestros derechos, sino como sujetos plenos de derechos. Los niños, niñas y adolescentes son personas a quienes los padres y madres tenemos la obligación de guiar, orientar y apoyar pero no sobre la idea de la dependencia y la subordinación a nosotras y nosotros, sino sobre la seguridad de que debemos lograr su autonomía y fortalecer su desarrollo y su personalidad. Educar es, sobre todo, una tarea de fomentar la autonomía; de enseñar a las y los más pequeños a tomar sus propias decisiones y no a imponerles nuestra visión del mundo; de poner a su alcance una diversidad de caminos y opciones para que niñas y niños los valoren y decidan cuáles les son adecuados, no inculcarles el miedo a la libertad y a alzar la voz para reclamar, por ejemplo, cuando alguien usurpa su lugar en la mesa.

Autonomía

Y eso, también empieza por casa. Nuestro enemigo a vencer es el adultocentrismo, es decir, el paradigma que ha construido el mundo, los espacios sociales y las dinámicas de integración desde la visión acerca del carácter prescindible y subordinado de niñas y niños. Es decir, que el adultocentrismo es el conjunto de prejuicios de los que abrevan, por ejemplo, quienes ignoran el lugar de las y los pequeños en la mesa de un lugar público y los apartan como si no estuvieran presentes; pero también es la fuente de las legislaciones y políticas públicas que no observan a la niñez como motivo de discriminación y vulnerabilidad. Hay que decirlo con claridad: que niñas y niños sean considerados sujetos de derechos es un hecho social y político bastante reciente. Tiene que ver, por una parte, con los avances médicos que han permitido superar las altas tasas de mortalidad infantil; pero, también, se relaciona con la visibilización de todas las violaciones a sus derechos que experimenta esta población y que empezáramos a pensar en ellas como asuntos de interés público y no del ámbito de lo familiar. Durante mucho tiempo, desde el adultocentrismo, consideramos que niñas y niños no tenían que decidir sobre su educación: se les imponían las materias, las actividades extraescolares, su religión e, incluso, era un lugar común decir que “la letra con sangre entra”. También por mucho tiempo se les negó la educación sobre sus derechos y la manera de ejercerlos, sobre todo los que se refieren a decidir sobre su cuerpo y protegerlo de agresiones. Más aún, desde el adultocentrismo se han minimizado y desestimado las violencias a que esta población ha estado sometida, como si no importara, como si niñas y niños pudieran olvidarlas antes de que se convirtieran en recuerdos. Asimismo, desde el adultocentrismo se ha ocultado la discriminación múltiple que experimentan niños y niñas, además, por ser migrantes, integrantes de familias diversas, indígenas, por vivir con alguna discapacidad o por vivir con VIH/Sida.

Adultocentrismo

El adultocentrismo no es una práctica abstracta, sino que tiene bordes muy precisos. De hecho, de acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Discriminación 2017 (ENADIS 2017), del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED), una de cada cuatro personas justifica mucho, algo o poco golpear a las niñas y niños por razones de disciplina; también aquí se consigna el hecho de que cuatro de cada diez niñas y niños reportan haber experimentado violencia asociada a la discriminación. De acuerdo con la ENADIS 2017, tanto en la escuela como en la casa, un tercio de los niños y un cuarto de las niñas reporta haber recibido golpes, empujones o amenazas durante los últimos 12 meses. Por su parte, 7 de cada 10 adolescentes reportan haber recibido insultos y burlas, mientras que un tercio señala haber sido víctima de amenazas o empujones. Asimismo, una de cada 10 adolescentes ha sido víctima de acoso escolar. Como puede observarse, la agenda de derechos humanos en el caso de niñas y niños es muy compleja y diversa.

Por todo lo que he venido señalando, creo que para poder vencer al llamado adultocentrismo, lo primero que tendríamos que hacer es modificar las relaciones asimétricas y verticales que desde casa se establecen. Tenemos que enseñar a niñas y niños a levantar la voz, en contra de la creencia popular sobre que el carácter que debe forjarse en la infancia es el de ser dócil y obediente. Tenemos, de manera recíproca, que enseñar a las personas adultas a reconocer a los niños y niñas como personas completas y con derechos, no como seres con la inteligencia atrofiada o con la voluntad suspendida. Ambas tareas son arduas porque se hacen en contra de la tradición y costumbre, las mismas que se han afianzado desde el adultocentrismo. Me parece que la democratización de la familia no sólo vencería la manera en que las niñas y niños crecen en medio del adultocentrismo, sino que además, nos permitiría transformar nuestra propia cultura patriarcal, discriminatoria, desigual y asimétrica de poder por una cultura de respeto, tolerancia e igualdad, donde niñas, niños y adolescentes tengan voz, poder de decisión y autonomía.

2018… un año para reflexionar

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