Opinión

Lecciones de Trump

Las elecciones en Estados Unidos nos han enseñado que los candidatos insurgentes pueden romper su barrera natural.

  • 13/11/2016
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Pensábamos que la coalición del partido demócrata era ganadora: la clase más educada dispuesta a pagar impuestos, junto con las minorías (negros, latinos, asiáticos), más la clase blanca trabajadora. Pero se rompió por su vínculo más débil: los trabajadores blancos se hartaron de ser los perdedores de la globalización y prefirieron a un candidato que promete proteccionismo económico y cierre migratorio.

 

Así, Trump, el candidato populista por excelencia, ha ganado con una combinación de votantes religiosos, ricos y blancos con pocos recursos. Su coalición parece inestable y no es arriesgado pensar que le costará mantenerla unida. Pero ya le llegó para ganar, lo que no es poco. La victoria de Trump es el tercer resultado electoral en menos de un año que genera sorpresa. Tras Brexit y el fracaso del referéndum de paz en Colombia, la victoria republicana viene a confirmar el éxito de campañas “insurgentes” que van no sólo contra el establishment y lo políticamente correcto, sino que pretenden reflejar los sentimientos más profundos de la ciudadanía. Tras Trump, el siguiente foco rojo es Francia, donde una victoria del Frente Nacional podría sacudir los cimientos de la República, y por extensión, de la Unión Europea.

 

Lo que me interesa discutir hoy es hasta qué punto el auge de Trump tiene implicaciones para la campaña presidencial de 2018. Obviamente, hay efectos directos sobre la economía mexicana. El peso está en una senda devaluativa cuyo techo aún no conocemos. Un peso débil supondrá un incremento del déficit comercial, salvo que se compense con más exportaciones. La subida de los precios de bienes y servicios que compramos en el extranjero puede renovar las presiones inflacionarias. Además, la presidencia de Peña Nieto cobra de repente nueva vida, porque la administración priísta tendrá que enfrentarse durante sus dos últimos años a los embates proteccionistas de Trump. En ambos sentidos, no parece que Peña Nieto vaya a mejorar sus números de aprobación, por lo que la candidatura presidencial priísta tendrá muy cuesta arriba la elección, como ya indican las encuestas.

 

El segundo aspecto a destacar de la elección de Trump es el voto masivo contra “el sistema”. En México, PRI y PAN se han alternado en la presidencia desde el año 2000 sin que se hayan producido grandes transformaciones en la elite gobernante. Durante los últimos años de la presidencia de Calderón, se habló mucho de la existencia de acuerdos entre el presidente y Peña Nieto, entonces gobernador del Estado de México, para consensuar nombramientos para los tribunales. También se ha especulado con que el PAN consiguió el compromiso de Peña Nieto de no perseguir en los tribunales las tropelías del gobierno de Calderón a cambio de ofrecer una nueva distribución del rubro de participaciones fiscales que ha beneficiado enormemente al Estado de México. Pero tampoco hay que ir tan lejos. Es muy reciente la ratificación en el Senado del nombramiento de Raúl Cervantes como nuevo procurador general de la República. Panistas y priistas votaron juntos para garantizar que la nueva fiscalía se mantenga en sus manos, si AMLO fuera elegido.

 

El pacto de impunidad es claro, y seguramente pronto veamos alguna compensación del PRI al PAN por haber votado a favor de Cervantes. Sin ir más lejos, el año que viene se renovarán dos ministros de la Suprema Corte de Justicia. Y lo que es quizás más relevante, otros dos deberían renovarse durante la transición entre la administración saliente y la protesta del cargo del nuevo presidente. Hasta ahora, panistas y priistas han consensuado los nombres de los candidatos. Una victoria de AMLO podría animar a Peña Nieto a romper esta costumbre, y nominar candidatos cercanos al PRI y al PAN.

 

Todas estas estratagemas persiguen un fin: garantizar la impunidad de las elites gobernantes prianistas. Hasta ahora, además, han salido relativamente gratis, porque los votantes han permitido la alternancia entre los dos partidos. Pero ¿y si una parte relevante de la ciudadanía se harta de la impunidad y decide votar a AMLO? ¿Es creíble que votantes que tradicionalmente han rechazado la agresividad verbal del jefe de MORENA, decidan dar más valor a su discurso contra la corrupción institucionalizada? Trump daba miedo a muchos votantes y sus defectos eran muy transparentes.

 

Sin embargo, una parte importante del electorado estadounidense decidió ponderar más su discurso de cambio que sus obvios defectos. En México, los encuestadores vienen encontrando repetidamente un alto número de negativos para AMLO.  Habría que preguntar si una porción del electorado más educado, bastión tradicional del PRIANISMO, no está dispuesta a dar su apoyo condicional a AMLO para que haga la limpia largo tiempo esperada en la administración.

 

Algunos pensarán: ¿por qué tiene que ser AMLO y no un independiente quien capture ese voto del hartazgo? Podría ser, aunque creo que en una elección tan reñida como la del 18, no habrá mucho espacio para los candidatos independientes. MORENA no es sólo el vehículo caprichoso de la megalomanía de su fundador. También surgió para llenar el agujero provocado por la difuminación ideológica del PRD, tras su aceptación del Pacto por México.

 

En resumen, si la elección de Trump nos ha enseñado algo, es que los candidatos insurgentes pueden romper su barrera natural si consiguen atraer a una parte relevante de los votantes tradicionales de sus rivales. AMLO está en una muy buena posición para hacer algo parecido, siempre y cuando la presidencia de Trump no resulte completamente desastrosa, lo que haría que muchos votantes se lo pensaran muy mucho antes de optar por aventuras de incierto resultado.

 

@OpinionLSR