Opinión

Latinoamérica y Estados Unidos

Por: Jorge Castañeda Zavala.

  • 02/04/2017
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La realidad Latinoamericana es de amplios contrastes, ello se origina, principalmente, por la generalizada pobreza de los trabajadores en oposición a la opulencia de las élites que habitan esa treintena de países. Ese último grupo social ve su proyecto de existencia conectado al devenir y aspiraciones a élites más poderosas, en especial, a los gobernantes y empresarios de Estados Unidos de América, que hoy tienen a Donald Trump como su principal vocero y ejecutor de intereses. Otras diversas clases y grupos sociales se organizan y actúan para incidir y hasta cambiar ese aparente destino.

 

En el siglo XX y ahora en el XXI, el pensar, los intereses y actos de gobierno estadounidense son contrarios al desarrollo soberano de los pueblos latinoamericanos. La casi totalidad de los medios de comunicación han divulgado que la nueva administración gubernamental estadounidense casi es producto de “la maldad infernal” en comparación “al cielo” ofrecido por Obama y Clinton. Con ello justifican por qué perdió las elecciones presidenciales el Partido Demócrata. Achacan la culpa a los pobres sin educación, a las diferentes minorías sociales afectadas por la aún presente crisis general del sistema mundo capitalista, ellos no hicieron razonamientos correctos, los engañaron. Una interpretación así pone en contra al pueblo estadounidense y a los trabajadores en América Latina.

 

Nosotros también dijimos que ganarían los demócratas; no obstante, nuestra explicación es: las élites de las naciones imperiales, la “Triada” estadounidense-europea y del Japón, como producto de las crisis y la resistencia popular, son más agresivas en sus palabras y actos. Desean eliminar obstáculos subjetivos y objetivos, económicos y culturales que dificulten la obtención de ganancias industriales, comerciales y financieras en el corto y largo plazo. Igual forma llegó el nazismo liderado por Adolfo Hitler.

 

Por ejemplo, los tímidos esfuerzos de Bernie Sanders de poner la palabra “socialismo” al interior del debate político electoral, ya no se menciona. También han sido calladas las novedosas formas organizativas que sus seguidores adoptaron para reunir dinero. La propaganda callejera y la discusión comunitaria resultante en barrios y centros de trabajo, parece que nunca existieron. Las élites quieren borrar la memoria. La experiencia popular en 2016, es una de las causas de que no estén triunfando, no se logren, plenamente, las iniciativas legales y prácticas de las neofascistas políticas presidenciales.

 

Hacia el exterior, el gobierno estadounidense no cambiará los principales rasgos de dominación política y acumulación económica que le distingue como gran potencia imperial. De haber ganado las elecciones Hilary Clinton, solamente hubiera aplicado un discurso menos grotesco, acciones pausadas pero igual de contundentes como las de la administración Trump. Con cualquiera de ellos, el mundo ya registró y padece guerras, bases militares, espionaje cibernético, devastación ecológica, degradación de la vida familiar y comunitaria, etcétera. El Partido Demócrata, los republicanos y la inmensa población que gobiernan, asumen que el mundo debe regirse bajo sus designios. De ahí que las élites de los países subdesarrollados, desde hace varios siglos, son personajes sumisos a esa situación; sin embargo, los pueblos no siempre aceptan transitar por ese camino, existe oposición y, en no pocas ocasiones, piensan y actúan con el fin de resistir y transformar la realidad.

 

A partir de la Revolución mexicana, los trabajadores urbanos y rurales impulsan una fuerte tendencia por encausar proyectos de desarrollo nacional, que ponga en primer orden de importancia las necesidades e intereses de cada país. Fueron iniciativas de desconexión de un entramado internacional sin beneficios para los pueblos. No se buscó la autarquía, pero sí ajustar las relaciones internacionales tomando en cuenta la soberanía y deseos de los países subdesarrollados. La demanda de un nuevo orden internacional constituyó el objetivo por alcanzar. Podemos afirmar que esa época estuvo marcada por la importancia política de los trabajadores asalariados, la transformación de las masas campesinas en obreros y empleados en las ciudades. La población mayoritaria pasó a ser urbana. Una historia de este tipo nunca se desligó, y tuvo una recíproca influencia de muchos movimientos sociales, la aparición de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, de la China comunista y, de la instauración del socialismo en Cuba.

 

A causa de los fallidos Estados socialistas y las derrotas de los movimientos populares, en la segunda década de siglo XXI es urgente que los trabajadores y los pueblos de Latinoamérica (y del mundo), enfrentan disyuntivas contrastantes: i) seguir las órdenes de las clases dirigentes que intentan reproducir las formas de organización económica y política de los países desarrollados liderados por Estados Unidos de América; es decir, seguir creyendo y actuando como niños ciegos que necesitan al adulto que los guíe, o ii) organizarse para pensar, impulsar y crear un nuevo orden internacional fundamentado en los intereses de desarrollo nacional de cada país, con sus diversidades culturales, ser soberanos, dejar atrás la mercantilización de la vida y del planeta, y asegurar la convivencia humana. Todo un reto inaceptable para cualquier gobierno estadounidense como el actual.

 

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Mtro. Jorge Castañeda Zavala Profesor-Investigador del Instituto Mora, es Economista por la Universidad Autónoma Metropolitana y candidato a Doctor en Historia por el Colegio de México. Realiza investigación y publica libros y artículos sobre dos grandes temas: la economía y las relaciones internacionales de América. Actualmente trabaja el tema “Relaciones económico-diplomáticas entre México y Estados Unidos de América, 1935-1946”.

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