Opinión

Las zalamerías y desvaríos de López-Gatell

Las experiencias observadas en otros países lo contradicen. | Leonardo Martínez Flores

  • 19/03/2020
  • Escuchar

A escasos tres meses del inicio de la pandemia que azota al mundo, las proyecciones del número esperado de muertes a nivel mundial alcanzan las decenas de millones. Y aunque el panorama sigue siendo muy incierto por tratarse de un virus nuevo, cualquiera de los escenarios posibles es algo verdaderamente desolador.

El golpe inicial ha generado toda una variedad de reacciones de parte de los gobiernos de muchos países, lo que ha permitido observar una vez más de qué está hecho cada uno de ellos. Así, hemos presenciado desde las respuestas responsables y con visión de Estado en casos como los de Corea del Sur, Canadá, Alemania y Francia, hasta los abiertamente irresponsables y desorganizados como los de Estados Unidos y México.

En estos dos últimos casos, las estrategias moldeadas por el egocentrismo patológico de sus presidentes han empezado a ser ignoradas por iniciativas de gobiernos estatales y de múltiples organizaciones privadas que han tenido que responder unilateralmente a los riesgos que se avizoran.

Siendo congruente con la terquedad que le caracteriza, López Obrador se ha negado a instalar el Consejo de Salubridad General de la República, institución prevista en el marco legal que nos rige para asumir la dirección y la coordinación de las acciones del Estado ante emergencias como esta. En su lugar, le ha otorgado toda la responsabilidad y la autoridad para hacerlo a un funcionario al que, si bien se le reconoce competencia técnica, ha mostrado ser mejor apóstol y fiel escudero de su admirado jefe.

El subsecretario de salud López-Gatell mantiene un discurso salpicado de referencias científicas que ha logrado convencer, engatusar diría yo, a muchos de que la estrategia del gobierno es la mejor para vencer a la pandemia que nos acecha. Pero hay un problema serio: hay aspectos de esa estrategia que van a contrapelo de lo que lo que se está revelando como las mejores prácticas en países que están teniendo buenos resultados en estas etapas iniciales.

En particular, se ha generado un debate sobre un tema crucial de las estrategias para combatir la pandemia: la pertinencia de aplicar un número importante de pruebas del coronavirus en ciertos sectores o grupos de la población. De acuerdo con muchos epidemiólogos especialistas de varios países, esta variable es crítica para identificar el mayor número posible de casos infectados y poder calibrar de manera más eficaz las acciones que reduzcan el número esperado de muertes totales.

A pesar de ello López-Gatell se ha negado a transparentar la información sobre el escaso número de pruebas aplicadas y sobre las verdaderas razones del gobierno para mantener un control monopólico de su aplicación. El mismo funcionario ha declarado que “Hay una expectativa pública, que me parece que en cierta manera ha sido alimentada, no creo que sea tan espontánea, de comparar la cantidad de pruebas que se han hecho en otros países, y tratar de relacionarlas con la eficacia, con la efectividad de las intervenciones. Esto carece de sentido técnico y científico”.

Inaceptable y ridícula declaración de alguien que se jacta del fundamento científico de sus decisiones. Los modelos de las curvas de propagación del virus y de las muertes esperadas que han sido puestos en línea solidariamente por la comunidad científica internacional, implican que el número de pruebas aplicadas es crucial para mapear el número y las rutas de contagio de los infectados, sean sintomáticos o no, lo cual es un insumo básico para la determinación de las reglas de aplicación e intensidad de las medidas de distanciamiento social.

Dichos modelos muestran claramente que la modificación de las curvas de propagación y de muertes esperadas, el deseado “achatamiento” de las curvas, depende críticamente de las medidas de distanciamiento social. Eso es lo que determina el timing del famoso codo de la curva, que López-Gatell confunde por cierto con un “punto de inflexión”, revelando con ello otra de sus confusiones técnicas.

La narrativa de López-Gatell asume que para el caso de México la llegada del codo de la curva tiene fecha fija, que ésta no es modificable y que lo único que resta por hacer es prepararse para que cuando lleguemos al codo se apliquen las medidas más drásticas. Pero los modelos mencionados y las experiencias observadas lo contradicen. Según los especialistas internacionales Corea del Sur logró, no sólo mitigar sino suprimir el curso de la epidemia, con medidas de distanciamiento social basadas en la aplicación durante semanas de un promedio de 15 mil pruebas diarias. Aquí parece ser que, en total y en todo este periodo, se han aplicado menos de mil.

Aparte de los riesgos evidentes de dejar el manejo de la epidemia en una sola persona y no en el Consejo de Salubridad General de la República, hay un problema adicional porque su narrativa siempre es difusa y plagada de circunloquios. Seguro como siempre de ser el único en conocer las verdades sobre la pandemia, esta semana aprovechó que tenía atrás a López Obrador para explicarnos que el mundo ha entrado a una fase de enorme desconcierto de sus líderes políticos y que las acciones llevadas a cabo por varios países no tienen relación con las sugerencias de las comunidades científicas. Curiosa manera de describir una situación que los otros países y el mismísimo director de la Organización Mundial de la Salud ven exactamente al revés: se sorprenden de que las autoridades en México sigan en el limbo y que no estén siguiendo las recomendaciones que han resultado exitosas en otros países.

Con esa misma seguridad ha anunciado la Jornada Nacional de Sana Distancia, con fechas precisas de inicio y terminación del 23 de marzo al 19 de abril, a pesar de que científicamente es literalmente imposible saber si ese periodo será el más adecuado para la aplicación eficaz de las medidas que tengan en mente. Es como estar seguros de poder adivinar cuántas bolitas hay en una urna con las paredes opacas.

Estamos frente a un caso lamentable en el que la zalamería de López-Gatell mata sus conocimientos técnicos en epidemiología. Se ha comentado profusamente sobre la declaración que hizo frente a un López Obrador muy ufano y muy orondo, en el sentido de que el presidente es una fuerza moral, no una fuerza de contagio y que por lo tanto puede seguir besando y abrazando multitudes. La irresponsabilidad compartida por ambos es una afrenta a la población, una buena parte de la cual está ya muy preocupada a la luz de los riesgos que trae la pandemia que ya está instalada y avanzando en casa. A cuidarnos todos.