Opinión

Las voces femeninas "tomaron" el Colegio Nacional

Los personajes traídos a la vida desde una escritura femenina, se convierten: "En la conquista del poder interpretativo de las mujeres”

  • 02/05/2017
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“El heroísmo épico en clave de mujer”

                                       (Primera parte)

“Cuarenta miembros (activos) en el Colegio Nacional y sólo tres son mujeres. Ojalá y que esto (las jornadas académicas en femenino) que hoy en día es una excepción, se pueda convertir en una cotidianidad… México ha sobrevivido, gracias a sus mujeres”.

Juan Villoro al iniciar su conversación con Carmen Boullosa.

Mujeres en el Colegio Nacional:

Beatriz Ramírez de la Fuente, Ciencias Sociales y Humanidades (Historia, 1985). In Memorian.

Concepción Company Company, Artes y Letras (Filología, 2017).

Linda Rosa Manzanilla Naim, Ciencias Sociales y Humanidades (Arqueología, 2007).

María Elena Medina-Mora, Ciencias Biológicas y de la Salud (Psiquiatría, 2006).


La jornada académica.

            La belleza y la vastedad del salón antiguo con su techo de maderas. El poeta y ensayista Vicente Quirarte, inaugura la jornada junto a la Doctora Assia Mohssine, profesora e investigadora de la Universidad Clermont Auvergne, especialista en “Géneros Literarios y Gender” y estudiosa de las obras de Elena Poniatowska, Carmen Boullosa y Ana García Bergua. Ellos y Juan Villoro coordinan esa tarde de “épica en femenino”. Inusitada tarde en El Colegio Nacional. Las escritoras y sus personajes. ¿Las escritoras y sus “personajas”? Assia se refiere a “La supuesta incompatibilidad entre la épica y lo femenino”, su tesis fue un trabajo de análisis del personaje de Jesusa Palancares (Josefina Bojórquez) en la novela “Hasta no verte Jesús mío” de Elena Poniatowska.

            ¿Cuál ha sido la figura del héroe? “El Quijote –dice Assia- cambió el diseño del héroe moderno, la visión de la épica y del poema largo”. Hace referencia al poema “La patria insomne” de Carmen Boullosa. Comenzó a ser posible imaginar una nueva figura de héroe que Assia nombra con una cita de Ernesto Sábato: “La capacidad de resistencia del héroe al revés”. Las mujeres, nos dice, “son una manera distinta de habitar la épica”. Una manera más cotidiana, menos grandilocuente, quizá, pero no menos heróica, como Jesusa Palancares, revolucionaria, obrera, trabajadora doméstica. “Una manera particular de encarnar la épica, encarnaciones contemporáneas de Sísifo”.

            La escritura femenina, los personajes imaginados y traídos a la vida desde una literatura hecha por mujeres, se convierte, dice Assia citando a Jean Franco: “En la conquista del poder interpretativo de las mujeres” y las autoras participan así en la transformación de un género considerado desde sus inicios y a través de los siglos como “tradicionalmente masculino…por esa exclusión de las mujeres de los cantos y los campos épicos”. “La potencia del lenguaje femenino”. ¿Cómo no pensar en “La otra mano de Lepanto” de Carmen Boullosa? Esa larga fiesta del lenguaje en la que se zambulle, sale a la superficie, nada ingobernable su personaje de María: espadachina y bailaora.

Elena Poniatowska conversa con Raquel Serur

            Raquel es licenciada en Lenguas y Literatura Inglesa por la UNAM, Maestra en Letras Españolas, también por la UNAM. Obtuvo un Master of Arts en Inglaterra y el Doctorado en Letras por la UNAM. Investigadora y docente.

            La invitación que nos hace para iniciar el “conversatorio” comienza con un hermoso texto: “El heroismo en su doble vertiente en la vida y en la obra de Elena Poniatowska”. Raquel es académica y escritora, pero es también una lectora fascinada por la obra de Elena. Y su amiga. El texto se desliza entonces, entre el rigor de una especialista en literatura, y el cariño grande de una amiga que traduce esa tarde (en ese breve tiempo de la mesa) tantísimas horas de intercambios, paseos, debates privados con la autora. La escritura de Poniatowska nos ofrece la posibilidad de encontrar, nos dice Raquel: “Un nuevo significado a la percepción que podríamos tener de la épica y del heroísmo”. Su significado más cotidiano.

            Hay un vínculo muy cercano entre los compromisos de vida de Elena y su obra. Raquel cita “Cartas de Álvaro Mutis a Elena Poniatowska”, la campaña que llevó a cabo por la liberación del escritor inmerso en un absurdo proceso de extradición. Las visitas constantes – despues del 68 - de la escritora a los presos políticos en Lecumbrerri. Como llevaba con ella cada vez – en ese su cuerpo tan menudito - el cariño, el talento, los aconteceres del “allá afuera”, la sonrisa y la esperanza. Raquel cita a El Fisgón:  “Elenita le dio voz a quienes no la tenían”. Y nos recuerda el premio Cervantes, con ese discurso extraordinario y conmovedor con el que Elena “agradeció” el premio, como sólo ella podría hacerlo. “Esa manera en la que Elena construye sus personajes femeninos, hay héroes ocultos y héroes visibles, en un heroísmo femenino muy distinto al masculino… Jesusa Palancares es una heroína oculta…Tinísima es una forma nueva de ser mujer en el México del siglo XX. Elena narra las pasiones de Modotti: la fotografía, el amor y la militancia política”. La descubierta en México junto a Edward Weston de su capacidad de fotografiar y de su libertad sexual.

            “Elena – nos dice Raquel – ha escrito obra de ficción, entrevista, crónica, con el acento bien colocado en las voces de los marginados…la cultura para ella va de abajo hacia arriba y no de arriba hacia abajo…la apuesta de Elena es por la democratización del heroísmo”. Cita a la inolvidable Jesusa: “Yo no creo que la gente sea buena, sólo Jesucisto, y no lo conocí”. Ese humor ácido, conmovedor de una mujer que reconoce que ha sufrido muchísimo, pero hay que jalar para adelante. Hacia las siguientes reencarnaciones. “El heroísmo cotidiano de la sobreviviencia”, termina Raquel.

Las palabras de Elena            

            En esta segunda parte, Raquel pregunta, Elena responde, me limito a transmitir parte de  sus respuestas.

 Elena comienza reconociendo el espacio del Colegio Nacional al que solía acompañar a su esposo, el astrónomo – miembro del Colegio - Guillermo Haro. Dice que ahora está más bonito, “con sus olas de madera en el techo”. Una no puede dejar de pensar que Elenita tendría que formar parte de El Colegio Nacional y lo normal que hubiera sido que Guillermo Haro a su vez, la acompañara a ella.

            “México es un país muy huerfanito, muy solo.” De allí ese compromiso que siente: “siempre quise ayudar, quizá por mi educación religiosa”. Narra su llegada a México con su madre (mexicana) Paula Amor y su hermana Kitzia: “Cumplí diez años al bajar de un barco… en Francia caminaba por los campos de lavanda”. Cuenta la obsesión en su escuela de religiosas por la perfección de la letra y de la plana, en aquellas páginas escritas con tinta que al primer descuido se esparcía. “Me eneñaron a rezar todo el día y a pedir perdón”. “La felicidad me ha acompañado desde niña, quizá es una forma de inconsciencia”. Habla de la escritura como ese indipensable en el que se fue enganchando cada vez más. Esa forma de sentir. Esa forma de vida.

            Un día a su hijo Felipe le pidieron en la escuela que hiciera un dibujo que representara a su mamá: “Felipe dibujó una mesa de patitas flacas con una máquina de escribir encima. Me preocupé mucho y me dije: ¿esa es la idea que tiene de su mamá? Estaba preocupadísima, luego la mamá de un compañero suyo me dijo que a ella su hijo la había retratado de pie, mirándose en un espejo. Me consolé. Eso estaba mucho peor”. “En un momento de mi vida pasé un año en un convento en Montemario, lo único que deseaba era regresar y sentarme frente a una máquina de escribir”. Comenzó a hacer entrevistas en 1953 en el periódico Excélsior. “Había una periodista que se llamaba Bambi, se casó con Gironella y yo tuve la opotunidad de quedarme en su lugar. Me enviaron a entrevistar al Embajador de Estados Unidos, escribí que se parecía a Santa Claus, a partir de allí comenzaron a pedirme muchas entrevistas”.

            Luego se fue a trabajar al periódico Novedades. Del periodismo dice: “Es como una frase que estaba escrita en la lama de un machete: ‘Cuando esta vibora pica, no hay remedio en la botica’”. Aclara que ha sido tímida e insegura, a diferencia de su hermana Kitzia tan segura de sí misma. “Hacer entrevistas, crónicas, responde a una inseguridad de carácter. A veces quisiera escribir también cosas mías, pero en este país pasan tantas cosas, no puedo ponerme a hablar de mi cobija, o del mantel que puse en la mesa”. Como en un murmullo nos dice de su gran amor por su hermano Jean, muerto a los 21 años en diciembre de 1968 y a quien le dedicó “La noche de Tlatelolco”.

“Los escritores son muy presumidos, casi todos…en México hay una tendencia a tomarse muy en serio”. “¿Y Monsiváis?” Pregunta Raquel. “Carlos Monsiváis era deslumbrante, yo sentía que yo hacía la obra negra. Hacía las entrevistas y él sacaba las conclusiones. Lo quise mucho a Carlos, siempre me apoyó mucho, creo que me apoyó por su mamá, porque ella me quería, no por mí”. Raquel se ríe. “También por ti”. “¿Octavio Paz?”  “A Paz lo conocí muy joven. Depués se empezó a tomar muy en serio, claro que ganarte el Premio Nobel es una posibilidad de tomarte en serio. A Octavio después lo vi muy reconocido, creo que lo quise más cuando no lo era”. “¿Juan Rulfo?” “Yo acostumbraba sentarme a su lado, no sé si para protegerlo o porque me caía bien, creo que le tenía una desconfianza enorme al mundo intelectual. En esa época, todo el mundo estaba enloquecido con Carlos Fuentes, ¿verdad, Juan?” Pregunta dirigiéndose a la sala en donde está Juan Villoro.  “Mucho menos con Rulfo”.

            Raquel Serur narra un ecuentro suyo con Rulfo cuando era una joven estudiante en la UNAM. Lo miraba de lejos sentado solo en la cafetería de la universidad, se acercó un día a pedirle una entrevista. Él le dijo que sí, muy amable y la citó a las 8:00 de la mañana en la cafetería del Hospital Infantil, al lado de la entrada de emergencias. Comenzaba la entrevista y llegó una madre con su hijo grave, Raquel se levantó a ayudarla con el ingreso. Volvió a sentarse. Llegó una familia con otro niño, Raquel se levantó a auxiliarlos de nuevo. A la tercera “interrupción” de la entrevista por la llegada de un adulto con un niño enfermo en brazos, Raquel le dijo a Rulfo: “Mire, esto no puedo hacerlo”. Contó como durante mucho tiempo se preguntó: “¿Por qué me hizo esto Rulfo?” Un día entendió: “Era como una manera de decirme, ‘si usted no entiende esto, no puede entender lo que yo escribo, porque lo que yo escribo está entre la vida y la muerte’”.

            Elenita recuerda a su compañerísima de viaje Jesusa Palancares. Jesusa la regañaba, le lanzaba frases provocativas, le explicaba lo inútil que era: “Usted es una catrina, una rota, no sabe hacer nada”. “Y tenía razón”, dice Elena. No sabía desmanchar overoles, sacar a las gallinas a pasear por las banquetas. No se había jugado la piel en las luchas revolucionarias. Un día, Elena se retrasó a la hora de la cita. Para cuando llegó, Jesusa la esperaba en la banqueta, estaba muy enojada: “¿Por qué llega usted tarde, yo no tengo campo para atenderla tarde. Yo soy una mujer muy ocupada…” Elena guarda unos segundos de silencio y completa: “Allí me di cuenta de que ya nos queríamos”. Una vez “Hasta no verte Jesús mío”, impreso, Elena le llevó diez ejemplares. “El libro le gustó porque tenía en la portada un niño de Atocha igual a la imagen que ella tenía en su cuartito. Entonces sí estuvo muy contenta y me pidió diez libros más para regalar”.

El tiempo se acaba. Elena lee un cuento suyo: “El recado”. Cae la frase final: “Quizá ahora que me vaya, sólo pase a pedirle a la vecina que te dé el recado: que te diga que vine”. Al segundo de silencio de Elena, la ovación estalla. Elena Poniatowska es sin duda la escritora más amada de México. Sonríe desde su lugar, adorable y tímida. La pantalla colocada en una esquina del salón nos acerca su rostro. Sus facciones finas. Sus dientes de conejito. Sus cabellos entrecanos. Sus ojos clarísimos. Es tan hermosa Elena. Y honró con su presencia al Colegio Nacional. Ella, Elena Poniatowska, además y por muchísimos años, esposa y madre de los hijos del tan reconocido astrónomo Guillermo Haro. Se pone de pie. La ovación continúa. Me viene a la mente una línea de la canción que le dedicaron Liliana Felipe y Jesusa Rodríguez: La entrañable “princesita del jitomate”.

@Marteresapriego