Opinión

Las redes sociales y la estafa “amorosa”

El abuso de la confianza, la vulnerabilidad y el amor de una persona por otra es una historia tan remota como la historia de la humanidad misma.

  • 17/05/2016
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“En la más reciente evolución de la estafa nigeriana, en lugar de enviar cartas que prometen millones de dólares a cambio de un pequeño favor, los estafadores se concentran en hombres y mujeres solteros que buscan amor a través de las redes sociales”. DatingN more.

 

 

 

Ignoro el nombre real del hombre en la foto. Su imagen (robada) aparece en uno de los falsos perfiles creados por estafadores nigerianas/os. Pretenden que se llama Micheal Richard, de origen inglés y residente en Nueva York.  “Trabaja” en una compañía que sí existe relacionada con el petróleo. Es –claro está- un “importante” ejecutivo. Encontré su muro y algunos otros perfiles falsos a través de la información que me enviaron algunas mujeres que fueron víctimas de los meses de cortejo que terminaron abruptamente: el “enamorado rendido”, con un pretexto o el otro, les solicitó dinero.

 

Cómo funciona la estafa

 

A través de cuentas falsas en Facebook solicitan amistad a hombres y mujeres. Roban sus fotos de perfil, fotos familiares, en el campo, en la sala de la casa, en el trabajo. Roban fotos de adolescentes y niños a los que harán pasar por sus hijas/os. Después crean cuentas falsas en las que utilizan las fotos robadas a personas que -por supuesto- desconocen el uso que se da a ese material íntimo que comparten/creen compartir sólo con sus amigos.

 

Ni la más remota sospecha de que sus fotos personales circulan como un arma de seducción, acompañadas de largas cartas de amor en las que los estafadores prometen “amor eterno”, “rehacer nuestras vidas”. “Somos almas gemelas”. “Encuentro en ti al hombre/la mujer, que he buscado toda mi vida”.  “Mi hijo/hija necesita una madre y sé que tú serías la mujer perfecta para ello”. “Lo mío no es un juego. No me interesan los pasatiempos, ando en busca de un amor para compartir nuestras vidas”.

 

Los estafadores – en los casos que conozco hasta hoy- encontraron a sus víctimas a través del Inbox en el Facebook. No el privado, sino el otro que está abierto a recibir mensajes de personas a las que no hemos aceptado como amigos. Solicitan amistad, y se mueven hacia el inbox privado. El “amor” llega para ellos prontísimo y a primera vista. “Hay algo en tu foto de perfil -escriben- ante lo cual mi corazón ha dado un vuelco”. Una sensación definitiva. Única. También encuentran a sus víctimas a través de los sitios de búsqueda de pareja.

 

El minucioso trabajo de cortejo puede durar semanas o meses. En ocasiones –raras- envían modestos regalos. “Un detallito en el que va mi corazón”. Muy pronto proponen a la persona engañada dejar de lado los mensajes por inbox y comunicarse de manera más “íntima”. Solicitan su mail, números de teléfono, envían apasionados mensajes por whats App. Muchos de ellos llegan a las llamadas telefónicas. Jamás a las video-llamadas. Las cámaras de sus computadoras o celulares no sirven, o por razones de trabajo se encuentran en lugares muy remotos y no logran acceder a una señal.

 

Los estafadores nigerianos utilizan las mismas técnicas para seducir a hombres y mujeres. Las mujeres suelen presentarse como rusas o ucranianas. Al menos en la versión para América Latina de la estafa. Para cuando la estafa es descubierta, una persona ya les ofreció su corazón, les abrió su vida. Ellos conocen su nombre y sus apellidos, direcciones, teléfonos, y muchas veces todos los datos de sus cuentas bancarias. Sí. “Querida mía, desearía hacerte un depósito, una cantidad importante para nuestro futuro”.  El dinero nunca llega, pero ya tienen los datos de las cuentas de sus víctimas. En algún momento ellos/as (los “enamorados rendidos”), se encontrarán de golpe en una situación gravísima, inenarrable, que los obliga a solicitar un préstamo a su amada/o.

 

No conozco de manera personal a nadie que haya enviado dinero, pero existen blogs de denuncia y apoyo en donde –sobre todo mujeres- intercambian los detalles de sus experiencias. Las cartas de amor que recibieron (casi idénticas). Las historias de los viajes de sus enamorados a “lugares remotos”. Y con ligeras variables, los pretextos utilizados para solicitarles “un préstamo urgente”. En uno de estos blogs una mujer narra como en pequeñas cantidades, llegó a enviarle a su amado quince mil dólares. Todos sus ahorros. El “viudo” o su “adorable hija/o” piden el envío.

 

La estafa nigeriana: esta foto robada aparece en el falso perfil de Jimmy Wilson.  Supuesto Director de Operaciones de una compañía. Viudo. Padre de un niño (adorable en la foto). Egresado de la Universidad de California. Residente en Los Ángeles.

 

24/24 horas, equipos de hombres y mujeres nigerianas/os "atienden" el negocio: llamadas, mensajes, envíos de fotos.  Poemas. Video-llamadas jamás, por supuesto."Ingeniero inglés que construye un hospital en Nigeria”."Anticuario californiano"."Militar estadounidense en misión en Kabul". Ese es el otro lado –siniestro, brutal- de “la historia de amor”. Un grupo de más o menos seis personas, hombres y mujeres de todas las edades, sostienen el engaño. Con una relativa pericia, al parecer. En los falsos perfiles a los que tuve acceso, los hombres se hacen pasar por estadounidenses o europeos. Sobre todo ingleses. Sus amigas en Facebook son en su mayoría latinoamericanas. En los blogs de denuncia en inglés –en cambio- encontré que la “oferta” amorosa es multirracial. Las personas publican allí las fotos robadas con las cuales fueron engañadas/os. Los supuestos nombres y mails de los estafadores.

 

Las experiencias de Cristina y Luz Elena

 

Hace dos años una vecina me contó que había vivido una decepción para ella durísima. Un hombre muy atractivo y encantador la había encontrado a través de su cuenta de Facebook. Se hicieron amigos.  Cada vez más amigos. Durante cuatro meses mantuvieron una comunicación cotidiana. Varias veces al día.  “No me iba a dormir sin un mensaje amoroso de Kurt”. Kurt odiaba las video-llamadas, pero conversaban por teléfono. Le enviaba poemas escritos por él.  La conversación se daba sobre todo por mail y mesanger. La sorprendía que en el teléfono, el inglés de su enamorado fuera por momentos un tanto deficiente, pero, “quizá –se decía- el inglés deficiente es el mío”. Con frecuencia tampoco respondía a las preguntas concretas que ella le formulaba. “Es un hombre tan ocupado”. 

 

Él ya no podía vivir un día más sin conocerla. Anunció su llegada para un mes después. Quince días antes de su visita, Kurt fue “víctima de un fraude bancario”. Sí, traicionado por un socio y amigo. Sus cuentas estaban –temporalmente- congeladas.  ¿Podría ella prestarle dinero para el boleto a México? Dinero que por supuesto le regresaría cuando llegara.  Cristina sintió un golpe en el corazón. Le insistió para que le explicara los detalles en una video-llamada.

 

Kurt primero fue amoroso en sus pretextos, luego comenzó a enojarse: “No puede construirse un amor para toda la vida en la desconfianza”. “Me conoces muy bien, como nadie”.  “Tienes fotos mías, de mi familia”. “He puesto mi vida en tus manos”.  Cuando Cristina le dijo que jamás enviaría el dinero del boleto sin la video-llamada previa, Kurt desapareció. Cerró su cuenta de Facebook. El teléfono dejó de existir. Cristina supo que era una estafa, aunque seguía convencida de que Kurt –el estafador con nombre y apellido- existía.

 

Cristina fue a un grupo de terapia en el que participaba en ese entonces y contó su historia. A la salida una de sus compañeras la esperaba. Estaba aterrada. Había vivido una experiencia muy semejante, sólo que había proporcionado a  Tony, el estafador  (al que ella también imaginaba así, en singular) todos sus datos personales. Le había enviado videos de su casa, su calle, su familia.  “Amor mío, quisiera conocer cómo vives. Tu lugar de trabajo, tu familia”. Él, por supuesto, no podía enviar videos de regreso. Tampoco hablar seguido por teléfono. Era un ingeniero estadounidense  (sí, con mucha frecuencia son ingenieros), trabajando en un inmenso buque en altamar.

 

El excelente padre de un joven universitario.  Tom, el hijo de Tony le había llamado por teléfono para “conocerla”. Nunca había escuchado a su padre tan feliz, tras muchísimos sufrimientos y desilusiones, “su padre había encontrado en ella a la mujer de su vida”.  Luz Elena flotaba. Apenas su enamorado terminara su misión en alta mar –de la que no podía dar demasiados detalles, confidencialidad oblige- viajaría con su hijo a México a conocerla.  Un día Tom le hizo una llamada de emergencia, tenía que pagar el semestre de su universidad y su padre – cuya holgura económica quedaba más que “probada” en las fotos que le enviaba a Luz Elena- no estaba en posibilidad de acceder a sus cuentas bancarias. Problemas de comunicación entre el buque y sus bancos.  ¿Podría ella enviarle los 5000 dólares que necesitaba para pagar la universidad?

 

Luz Elena dijo que no, que en todo caso esperaba a que fuera Tony quien le pidiera su apoyo. Tony apareció, primero pidiendo amablemente el dinero y después exigiéndolo. Más o menos con los mismos argumentos que en el caso de Cristina. “El amor de mi vida, la mujer con la que quiero casarme, ¿no es capaz de apoyar a mi hijo en una emergencia?” Cuando Luz Elena dijo que no, padre e hijo – después de la furia, las amenazas y los insultos- desaparecieron para siempre.

 

La experiencia de Graciela

 

Me sorprendieron ambas historias, pero me parecieron casos aislados. Rarísimos. También creí que ambos estafadores existían con esa apariencia que mostraban, ese nombre y ese apellido.  Hace una semana me escribió Graciela, una mujer con quien compartí el taller “Madres e hijas” en el Instituto Simone de Beauvoir, y por la que siento un gran cariño. Quería compartirme una historia que la hacía muy feliz y la inquietaba. Estaba enamorada de un hombre encantador que en un mes vendría a visitarla a México. Viajaría juntos a Cancún.  Viudo, con un hijo pequeño. Pero algo en él –a pesar de ser maravilloso- la inquietaba.  ¿Quizá era demasiado “maravilloso”?  Una especie de príncipe azul de los tiempos modernos. Recordé las historias de Cristina y Luz Elena. Había varios datos en común. Me mandó el nombre de su enamorado y sus fotos. No le había pedido aún dinero,  pero la sorprendía la velocidad con la que él se había enamorado. Su oferta de matrimonio sin nunca haberla visto. Un hombre muy religioso, por cierto. Que juraba –además- por el amor, la fidelidad y la familia.

 

Allí dejó de parecerme que esa estafa “amorosa” fuera un caso aislado. Encontré una página con 1,448 comentarios: “De Oriente a Occidente. Estafadores Nigerianos”.  No es la única en la que las personas engañadas comparten sus experiencias. En inglés pueden buscar “Nigerian scams”, “Romantic scam”.  Existen también numerosos testimonios de la manera en que las personas fueron despojadas: el “enamorado” fue víctima de un secuestro y su vida corría peligro. Fue internado de emergencia en un hospital y le urgía el dinero para pagar. El hijo padecía una enfermedad gravísima. Etcétera…

 

La foto anterior  (robada) aparece en una cuenta falsa del Facebook con el nombre de Lundgren Mats Erik.  Supuesto militar  estadounidense  en misión en Kabul.  El uso de fotografías de militares por los estafadores ha tomado tales dimensiones, que ya existen diversos espacios de denuncia, entre ellos una página en Facebook (buscar Military Scam).  Las mismas fotografías pueden ser utilizadas en diferentes perfiles con nombres distintos.

 

 

 

 

Envié mensajes preguntando si conocían casos de estafas semejantes. Recibí información de cinco perfiles de Facebook, desde los cuales entraron en comunicación con ellas o con amigas/conocidas suyas.  Les pedí a quienes me los enviaron que les avisaran a las demás Facebook friends  de los estafadores. Ya todas ellas –quienes me escribieron- estaban bloqueadas en sus muros. Busqué las cuentas que me indicaron. Avisé (por el inbox accesible)  a las personas que aparecían –por sus likes-  en las fotos que los  estafadores dejan públicas.  28 personas.  Les mandé links, y les expliqué que me parecía importante que alertaran a las demás. 

 

También que sentía la necesidad de escribir sobre este tema, denunciarlo para proteger a otras/os. Se trata de una  técnica de estafa de dimensiones muy vastas, por sorprendente que pueda parecernos. De  las 19 personas que me respondieron, sólo tres avisaron a las demás.   “Sospechaba de él” .“Nunca le creí”.  “¿Cómo pudo?”  Las otras personas eligieron: “confrontarlo”, “exhibirlo en su muro”.  “Primero da aviso en privado, de una por una y después lo confrontas”.  Los “confrontaron”. Las bloquearon de inmediato.  Ya casi ninguna de ellas mantenía una relación a través del Facebook. Los romances –como dije antes- se mueven rápido hacia espacios privados.

 

¿Confrontar a quién? No hay ningún “otro” de aquel lado de la comunicación.  El engaño es terrible. “Tengo su nombre y sus datos, lo voy a denunciar”.  “Sé dónde estudia su hijo”. “Tengo su teléfono”. “Sé en qué compañía trabaja”.  “¿Cómo lo exhibo para que todo el mundo sepa que es un mentiroso”.  “Escribí en su muro de Facebook que Lundgren es un estafador”.  Sólo que Ludgren, ni siquiera existe. Me queda claro que la desilusión es intensa, pero que cada persona necesita seguir hablando en singular. Por lo menos durante muchos días.  Cada persona necesita seguir hablando del estafador como “Jimmy”, “Patrick”,  “Vic”. 

 

¿Cómo aceptar la realidad de que todo, cada foto, cada palabra, cada mensaje es parte de una estafa en serie? ¿Cómo aceptar que ese hombre nunca existió y que detrás de su foto funciona un equipo de delincuentes?  ¿Cómo aceptar que ese niño adorable a quien le tomó tanto cariño, no existe? Nada es singular, nada es personal. Nada estuvo dirigido a ella. Nada.  Y sin embargo, pareciera  indispensable –mientras se vive el duelo- imaginar que existe alguien a quien  “confrontar”.

 

El charming Jimmy no existe. Existe una red de delincuentes trabajando día y noche en cientos  (¿miles) de “cortejos” alrededor del mundo que terminarán en una estafa. Una estafa que se descubre antes o después de enviar el dinero que solicitan.  Las víctimas se sienten dolidas, traicionadas, burladas.  Los estafadores infligen un daño moral y económico.  O sólo moral, lo que jamás será un daño menor. El abuso de la confianza, la vulnerabilidad y el amor de una persona por otra es una historia tan remota como la historia de la humanidad misma. Esta es su dolorosa modalidad cibernética.

 

@Marteresapriego 

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