Opinión

Las negritudes de México

Las comunidades afromexicanas retoman la expresión discriminatoria y al apropiársela, la transforman. | María Teresa Priego

  • 21/08/2018
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Soy afromexicana porque he recorrido cada una de las comunidades de mi pueblo, la gastronomía de mis orígenes es diferente a las demás; las costumbres y tradiciones son identificadas como parte del África chiquita, como se manifiesta en algunas canciones. Crecí con los libros de historia de México, en donde se generaliza en aras de una historia oficial: todos los mexicanos somos indios, la gran ciudad de Tenochtitlán fue el parteaguas de la nación. ¿Acaso los mexicas eran negros?... ¿Y el cabello rizado de dónde surgió? ¿Y la piel de color de ébano a quién se la heredaron mis parientes y amigos?, Mijane Jiménez Salinas.

El "África chiquita". Hace unos meses el Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir  publicó un libro de ensayos: Mujeres que deciden. Voces indígenas y afromexicanas hablan de política. Fue en esas páginas donde tuve la oportunidad de leer el excelente ensayo de Mijane Jiménez: "La participación política de las mujeres afromexicanas". ¿De dónde viene esa piel color ébano? ¿cuál es la historia de un pueblo arrancado a su historia? Su cocina. Su música. Sus tradiciones. La negritud cuya singularidad como pueblo ha sido negada en un intento de asimilarla a las etnias indígenas. Un pueblo que reivindica su memoria y que comienza apenas a ser escuchado. Sus símbolos. Sus marcas identitarias.

Hacia ellos fue el director de cine oaxaqueño Jorge Pérez Solano -egresado del Centro de Estudios Cinematográficos de la UNAM.  El señor del honguito (1992), Duermevela (1993), Playback (1994), Espiral (2009)- con su más reciente largometraje: La negrada. La Costa chica de Oaxaca y Guerrero. El mar. Las lanchas. El pescado que seca al sol. La pobreza. La marginalidad. La mirada tan sensible de un director de cine que sabe de abandonos, de familias separadas por las migraciones, de las circunstancias de subordinación en la que viven las mujeres. La pareja. Los conflictos de las maternidades. ¿Hacia dónde moverse cuando las oportunidades son tan escasas? ¿Hacia dónde cuando los días se repiten en la desesperanza?

Una película de gran belleza visual. Una ficción filmada con personas que no son actores y a quienes el director convenció de encarnar personajes y narrar una historia. Ellos dudaron, ¿de verdad ese director los invitaba a trabajar en una película? ¿A ellos a quienes han engañado tanto? Y Jorge Pérez Solano honró su palabra como lo que es: un artista. Neri, Magdalena y Juanita. Un hombre casado y con hijos tiene una "querida" con la que también tiene hijos. Las dos saben. Todas/os saben. Él manda. Reparte sus días entre una casa y la otra. La esposa está muy enferma. La madre de la "querida" dice con tremenda naturalidad: "quizá ahora que se quede viudo se casa contigo".

Ambas mujeres -por supuesto- trabajan. Un salón de belleza, un "comedero" a orillas del mar. El "queridato" como institución. La esposa sale del hospital, lo que él tiene para trasladarla es una bicicleta. Ella se sienta de ladito, él camina y la va empujando. La esposa está cada vez más enferma y él "cumple" a su vaga manera. "¿Cuántos años llevas con ella?". "No sé. No le llevo las cuentas". Un hombre no tiene explicaciones que dar. Es el amo de las palabras y de los silencios. Muchas cervezas. "Oye, negro". "¿Y qué te hace ese negro para que lo soportes?".

Escenas magníficas como la de la compra de un refrigerador que es trasladado en una lancha. Luce inmenso con ese trasfondo de agua. Como una especie de animal de futuro en pleno 2018. Hasta ese día la "querida" usaba fertilizante para enfriar las bebidas. El padre le pide a la esposa que controle a su hija mayor. "Esa negra se manda sola", dice la madre. Y la joven perrea con sus amigos afuera de la casa. Hay una apariencia de libertad. La libertad de los cuerpos. La de una música pegada a la piel. Y sin embargo, él manda. Ese esposo y padre distraído colocado en el lugar de invaluable objeto de deseo. La soledad y el silencio de la esposa. Su dolor que no cabe en ningún lado. Las costumbres son lo que son. La vida es lo que es.

Cuentan que la comunidad afromexicana es descendiente de un barco que naufragó cerca de la costa. Mijane Jiménez escribe en su ensayo: Un día quise salir de dudas y pregunté  en el salón de clases y mi querido maestro se quedó callado, pensativo y respondió:

Esto que les voy a platicar no está en los libros de texto... En la época de la colonia como ustedes han leído, se comercializaba esclavos para trabajos fuertes que los indígenas no podían soportar, un día, un barco lleno de esclavos se averió y se perdió cerca de nuestras playas, se presume que arribó a la costa de Guerrero y Oaxaca, es de esa manera que nuestros antepasados llegaron a habitar nuestro pueblo, trabajaban en los campos algodoneros de los terratenientes que se apropiaron de estas tierras".

"La primera película hecha con actores negros de la costa de Oaxaca", dijo Jorge Pérez Solano (entrevista Excélsior TV), y César Gutiérrez (Premio a la "Mejor fotografía Festival de Cine Guadalajara 2018"), añadió: "Es la primera película que habla de las afro-comunidades en México. Hay gente que ni siquiera sabe que hay negros en México". El autobús se detiene. Exigen documentos. El policía le asesta a Magdalena: "Tú no eres mexicana, ¿verdad? ¿de dónde vienes negra?". Uno de cada cien mexicanos es afro descendiente. "Hay mexicanos que nadie ve".

Mijane Jiménez escribe en su ensayo: “saber que la danza de Los diablos se mantenía a pesar del tiempo y que era una muestra de resistencia al mestizaje, que la gastronomía no tal sólo cubría el requisito principal que era proveer alimento a nuestros estómagos, sino que también era un acto de resistencia, un esfuerzo por conservar nuestros orígenes”.

Una bellísima película, sin duda. También un acto político urgente. En la definición de la RAE "negrada" significa: Conjunto o reunión de negros esclavos que constituían la dotación de una finca. Las comunidades afromexicanas retoman la expresión discriminatoria y al apropiársela, la transforman. La convierten en una reivindicación de sus orígenes, de su historia, de su singularidad como pueblo en busca del reconocimiento de sus derechos. Una huella identitaria.

Tráiler de La Negrada.

Doña Chavela Vargas

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