Opinión

Las manos de un padre

La vida es muy corta pero tenemos un montón de memoria.

  • 29/03/2016
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Las manos de mi papá tiemblan un poquito. Se ha deslizado con un intenso amor por la vida hacia eso que llamamos: “la vejez”. Tan intenso como ahora, por momentos, su miedo a la muerte. “La vida es muy corta”, me dice. Sí, es verdad. La vida es la larguísima experiencia más corta de este mundo. “Tendríamos que inventar otra cosa. Apenas da tiempo de comenzar a entender”.

 

“¿Qué inventaremos, papá? ¿Qué propones?” “Tú qué inventas”. “Una Ciudad que se llama Alakamanda en la que puedo viajar en el tiempo. Entre otras cosas. Tiene un montón de bellezas la ciudad de Alakamanda”. “¿Allí nadie se muere?” “Allí también todos nos morimos algún día”. “Pues se carga con la misma limitación en esa ciudad, ¿cómo se te fue a ocurrir inventarla así? ¿Estamos en Villahermosa?” “Estamos en Villahermosa”.

 

Estamos en la ciudad de las calles que se inundan, pero la visitamos muy poco. La geografía la van creando los pasos de mi padre. No es una geografía vastísima en la realidad. Vamos a los mismos lugares. Puntualmente. Donde no haya tanto calor, donde las sillas no queden muy lejos, donde haya elevador. Pero nos imaginamos cantidad de inmensidades. Los viajes que sí hicimos. Los viajes que no hicimos. Se le olvidan. Se los recuerdo. Me dice que no sucedió. Insisto en que sí sucedió.

 

Miramos fotos. “¿No que no fuiste, Gorilo yucateco?” “Ah, ese soy yo, Saraguata”. “El léxico familiar”, como diría la escritora Natalia Ginsburg. Inventarnos nombres de amor. Desfila el bestiario completo. Como en la infancia. Como siempre. Como cuando era capaz de vencer el miedo de bajar la empinada calle Méndez soltando el manubrio de la bicicleta y alzando los brazos hacia las nubes, porque él me estaba esperando.

 

“Nada mal, para una niña”. Halago máximo. “Otra vez reprobé matemáticas”. “No importa, eres una niña, tú vete a leer, ya tendrás un marido que sepa contar”. Disculpa máxima. Pero a su tropical y decimonónica manera era libertario con sus hijas, mi papá.

 

Ahora le tomo fotos todo el tiempo. Traigo un litigio con su memoria traidora. Y traigo una inmensa gratitud con su memoria que me regala sus primeros años. Esa otra parte de su memoria que lo acompaña con una lealtad -hasta ahora- inquebrantable.

 

Mientras esa memoria permanezca, no importa donde me cite, nos encontramos. “Maria (lo dice sin acento) a veces te he confundido con mi mamá”. “¿Te has dado cuenta, papá?” “Sí”.  “No es grave confundirte con mi mamá”. “Claro que no, ¿por qué tendría que ser tu hija todo el tiempo?” “Es verdad, uno no es la misma persona todo el tiempo”.

 

La memoria traidora nos sumerge en debates interminables: “¿cuándo vamos a mandar a hacer mis anteojos?” “Ya fuimos, te hicieron un examen, los estamos esperando”. “No hemos ido”. “Ya fuimos”. Le muestro la foto. Me mira con sus ojotes que fueron castaños toda su vida y de unos años para acá son verdes. Como los de su madre. “Pues creo que tienes razón, sí fuimos”. Se asusta. Se ríe. “Me estoy deschavetando”. “Na, ni me presumas, desde chiquito eres un deschavetado”.

 

Nada es “grave” por el momento para nosotros, habitantes de Alakamanda. Casi nada. Tomo fotos de sus ojos, de sus manos. Me muestra sus dientes de feroz pirata de los mares del sur. Tomo fotos de sus dientes para mostrárselas después: tus ojos, tus manos, tus dientes. Recuerdo a mis hijos pequeños frente al espejo, cada uno, aprendiendo a nombrarse. “Éste soy yo”. “Sí, éste eres tú”.  Lo dejamos en su casa. “¿Está tu mamá?” “Sí”.  Larguísimo suspiro de alivio. “Mi romántico tardío”, dice mi mamá. Corro hacia el Faro. Acá escondida, intento ordenar lo corta que es la vida y cómo no se nos ha ocurrido inventar otra cosa. Acomodo mis absurdas rebeliones contra los límites. Y mis gratitudes. También.

 

El Faro mira hacia la Laguna de las Ilusiones. Cuando vengo a Tabasco me convierto -cada vez- en la guardiana de ese Faro que esconde un “nosotros” antiguo. Originario.  Ambivalente como todos los “nosotros”. Un “nosotros” que el tiempo –como es “normal”, como es deseable e indeseable- ha transformado de tantísimas maneras. Una dice “el tiempo pasa”. “El calendario”. Los años, los lustros, las décadas, y está nombrando una realidad rotunda, irrefutable. Y sin embargo, les cuento: puedo aprehender las memorias más remotas desde el Faro. Atraparlas. Casi convertirlas en hoy. Como imagino que puede hacerlo cada una/o de ustedes desde sus personalísimos Faros, desde sus más íntimos “nosotros”.

 

No regreso -en la realidad- a la casa de nuestras infancias, ni a la casa de nuestras adolescencias, sino a este espacio nuevo que me permite mirar la ciudad tan cercana y como a lo lejos. Este espacio deshabitado cuando no estoy, que he ido llenando de objetos que nadie ve, de música y voces que nadie escucha. Mis “objetos” interiores. Para bien y para mal. Mis primeros amores. Mis fantasmas más remotos. ¿Les sucede? Las bondades. Las desgarraduras del “nosotros”.

 

Algo se altera –para mí- en el corazón, en las neuronas, en las maneras de percibir la realidad. Como si me convirtiera en una esponja que absorbe los segundos con una intensidad distinta. A veces tengo miedo. Un miedo cósmico. Miro las garzas que pasan. Hay iguanas de todos los tamaños y los colores allá abajo. Mis hijos me visitan en el Faro. Van y vienen. Acá y hasta por allá. En los juegos de las rimas mi papá me volvió a ganar. Me ha ganado casi cada vez desde mi infancia, pero ahora su memoria hace trampas. “Esa palabra sí rima pero ya la dije”. “No la dijiste”. “Sí la dije”. “Pues apunta cada palabra, Lagartija, tú me estás haciendo trampa”. Apunto cada palabra.

 

Así vamos nosotros, habitantes de una ciudad que se llama Alakamanda. Es una ciudad que flota entre el Grijalva y la Laguna de las Ilusiones. Entre Roma y París. Entre la Ciudad de México y San Petesburgo. Las manos de mi papá tiemblan un poquito. Le pesa la taza de café. Estamos protegidos. Estamos juntos. Recuerdo cuando vivía muy lejos y en los momentos oscuros pensaba: “Soy la hija consentida de mi papá”. Lo recuerdo. Era como una especie de mantra. Mi perrita Cayetana entra en un debate acalorado -como de 35 grados- con una iguana. Creo que le está haciendo preguntas. “Ella también es mortal, Cayetana”, le digo con tono didáctico. “Las apariencias engañan”. La iguana permanece imperturbable. Cayetana y yo: desbrujuladas.

 

La vida es muy corta, pero tenemos un montón de memoria, un montón de caricias, un montón de palabras. “¿Escribes de mí, Maria”. “Sí”. “¿Y me lo vas a mostrar?” “No”. “Son tus secretos”. “Eso”. Apunto cada palabra. Cada palabra que te atrape. Cada palabra que te nombre. Cada vez que regreso al Faro, corto tajaditas de miedo cósmico y las arrojo a la laguna. Es biodegradable, el miedo. Mi papá se llama Marco Antonio. Somos los habitantes de una ciudad de memoria y de palabras. No hemos logrado inventar la eternidad, pero nos aplicamos. Mientras tanto, él vuelve despacito a los cenotes de su infancia y me permite -a sus horas- acompañarlo.

 

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