Opinión

Las huellas del padre

No quiero seguirlo en sus olvidos, sino en sus recuerdos.

  • 29/12/2015
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“La memoria es individual.

Nosotros estamos hechos,

En buena parte, de nuestra memoria.

Esta memoria está hecha,

En buena parte, de olvido”: J. L. Borges.

 

 

Somos nuestra memoria,

somos ese quimérico museo de formas inconstantes,

ese montón de espejos rotos: J. L. Borges

 

 

Mi padre está perdiendo la memoria. ¿Se dice así? ¿O quizá es su memoria quien lo pierde a él? Tal vez la memoria nos traiciona siempre, desde el principio, hasta que un día su traición se convierte en un hecho repetido, alevoso, cotidiano. Nos perdemos. Nos vamos yendo de nosotros mismos. ¿Hacia dónde nos vamos? Es un misterio. Tengo la impresión que hacia la infancia y la adolescencia. Como nos consta a muchos: esa misma persona mayor que es incapaz (a veces) de recordar el nombre de sus nietos y reconocerlos, puede describir con minuciosidad el patio de su casa de infancia. El sabor de la leche de burra. Las madrugadas tibias en Mérida cuando salía a repartir la leche de casa en casa antes de ir a la escuela.

 

Esa misma persona que puede preguntarte: “¿Cuántos hijos tienes, hija?”. “Tres, papá”. “Dime de nuevo sus nombres”. Y una se los dice y él los repite y los repite como si quisiera amarrarle a su memoria cantidad de nuditos. Nuditos resistentes. Nuditos marineros. Esa misma persona es capaz de decir: “Ah, esta es la calle 47, de aquí salimos al Paseo Montejo”. “Acá estudié el bachillerato”. “Esta plaza se llama Santa Lucía y venía a jugar de niño”. “Acá en la calle 55 vivía mi amigo Pedro José Castellanos”. “Era muy amable la mamá de Pedro José, me quería mucho”.

 

Mi padre es yucateco. Amo desde niña esas tres sílabas que suenan para mí como una palabra casi mágica: Yu-ca-tán. Amo las voces mayas que fueron su herencia y la nuestra, el maya de Yucatán y el maya chontal de Tabasco. “Xtabentún”. “Calakmul”. “Ekbalam”. Recuerdo cada historia de familia –narrada por mi padre o por mi abuela- de los años en una quinta en la esquina de La Calandria. Cuando aún estaban juntos. Antes del naufragio.

 

Recuerdo esas historias de la larga y profunda amistad entre aquel chamaco heredero de una familia de ricos hacendados henequeneros y ese muchacho pobre, hijo –escándalo de entre todos los escándalos-  de una madre abandonada por su marido, que después fue mi papá. Mi padre recuerda con detalle que Pedro José vivía en la calle 55 entre la calle 62 y la 64. Así funciona la memoria cuando parece que va dejando de funcionar: se vuelve extremadamente selectiva. Meticulosa. Afina sus esquinitas. Pule sus detalles. Prepara sus caminos de regreso hacia los inicios.

 

Les escribo desde una esquinita de la memoria de mi padre que asumo como mía: una terraza que mira hacia el Paseo Montejo, en la ciudad de Mérida. Hoy por primera vez lo escuché decir: “Dime el nombre de mis cuatro hijos”. Comenzó a contar con los dedos de las manos repitiendo los nombres. “Dime el nombre de mis cuatro hijos”. Podría decir que su pregunta me reventó el corazón, pero no quiero. No es allí donde quiero colocarme. No es desde allí donde creo que nos es digno acompañarlo. No quiero seguirlo en sus olvidos, sino en sus recuerdos. No quiero seguirlo donde me duele, sino donde le duele a él. A tientas. No sabemos cómo. Tenemos que improvisar porque no sabemos cómo.

 

Un cenote en Yucatán.

  

Y sí, sí me reventó el corazón. La memoria y el cuerpo que traicionan. Pero mi padre pudo viajar hasta la ciudad de sus orígenes. Eso es lo que importa. De lo perdido, gracias a la vida por todo lo que aparezca. Ahora, lo que nos toca, creo yo, es seguir despacito el hilo de sus memorias. Es él y sólo él quien puede guiarnos hacia esos mundos secretos en los que se interna poco a poco. “¿Quién es este muchacho en la foto?”. “Es Diego, papá, tu nieto mayor, mi hijo Diego”. “Ah, sí, es Diego. Mi papá una vez me llevó a un viaje en barco con él, siempre se ocupó de nosotros mi papá”. La memoria hace sus acomodos: “Siempre se ocupó de nosotros mi papá”. No es cosa de contradecirlo, ¿como para qué? Cuando mi padre de 89 años se inventa en una tarde en Yucatán, al padre de sus sueños.

 

Hoy estuvimos en la casa en la que vivió hasta los 25 años, antes de migrar hacia Tabasco, la tierra original de sus padres. Llegamos derechito guiados por su memoria fidelísima: calle 68 entre tal y tal. En Mérida le llaman “la esquina de la Calandria”. Allí está la casa muy grande que les dejó mi abuelo antes de mudarse a vivir con la comadre. Disculpen que se los diga así, ahora me explico. Es una historia que me contó mi madre. Nunca él. Nunca. Esa casa con una huerta y un campo donde pastaban las burras y dos o tres vacas. Las de las leche que vendían. Entonces, cuando María Broca, una señorita tabasqueña hermosa, porfiriana, con unos pasmosos ojos verdes y educada para tocar el piano, suspirar y lucir en los salones, se encontró de golpe sola, abandonada por su esposo, sin oficio alguno y con siete hijos.

 

Frente a la esquina de La Calandria hay una tiendita de abarrotes, un “tendajón”, dirían los yucatecos. Mi hermano Marco Antonio se fue a comprar su coca-cola. Les resumo: la señora de la tiendita tiene un problema en su pierna. Mi hermano es médico y le revisó la pierna. No sirve la pomada que se unta. La trataron pésimo en el Seguro Social, nos explica la señora. Mi hermano le da una receta. Le da su número de celular para que le cuente cómo va la pierna con la nueva medicina. En esas estamos. Ella es la profesora Elsy Ribbon. Sentadita al lado en una silla está su amiga, la profesora Teresa Gómez y de pie su esposo, también profesor.

 

“Vinimos a visitar la casa de mi papá y su familia, la de la esquina aquí enfrente”. La profesora Tere me dice: “La casa de María Broca”. “Esa”. La casa lleva toda la vida abandonada, nos dicen. Se le cayó el techo. “Yo los conocí”, nos dice la profesora Tere. “Pero usted es demasiado joven”, le dice mi hermano. Yo miro a mi hermano como si estuviera loco, ¿cómo que la señora de ochenta años al lado nuestro es demasiado joven? Después salen las cuentas. Qué extravagantes son los tiempos. Se hace un caos en mi cabeza. Es cierto. Es demasiado joven. No recuerda a mi tía Carmen, la hermana de mi papá, porque dejó Mérida a los quince años y ahora mi tía tiene 92.

 

La casa de María Broca y sus siete hijos en la esquina de La Calandria. 

 

Ella recuerda muy pequeñita a un muchacho ya grande y guapo: Reynaldo, el hermano menor de mi papá que murió muy joven. “Pero mi papá era amigo de César Priego, el abuelo de ustedes”,  nos explica la profesora Elsy, la dueña de la tiendita. “Mi papá murió por un descuido de los médicos. Estaba tan bien a sus 107 años. Si no fuera por esa operación de cadera que le hicieron seguiría viviendo”. “¿Verdad, doctor Priego, que fue por la operación de cadera?”. “A nadie a los 107 años se le hace una operación de cadera”, dice mi hermano. “Aunque 107 años de vida no está nada mal”.

 

Mi papá mira su casa. La casa de sus padres. La casa de él y sus hermanos. La casa de su madre. La profesora Tere, me cuenta: “María Broca tenía una amiga, su amiga Mila –es una historia que a ella le contó su madre- Mila era una vidente y lectora de cartas. No tenía dónde vivir, María le ofreció una recámara en su casa en la parte de atrás, allí, Mila leía las cartas”. Recordé a mi abuela María cuando yo era niña, diciéndome: “Tienes que aprender un oficio: aprende a escribir, y aprende a leer las cartas”. Me enseñó a leer las cartas y yo tuve alguna vez mi puestito de lectora de cartas frente a la parada de autobuses en el centro de Villahermosa. Mi mamá se reía muchísimo: “Eres una extravagante como tu abuelita María”. Esa es otra historia. Porque la profesora dice: “Y allí vivió hasta que María se fue a la ciudad de México y llegaron otras personas a vivir a la casa”.

 

¿Otras personas? La profesora Tere es una señora muy bonita. Calladita y prudente, con sus cabellos blancos y unos ojos verdes que me recuerdan a mi abuela. “Mi abuelo se fue a vivir con otra señora”, le digo medio a rajatabla. “Era la comadre de tu abuelita”, me dice la profesora, ya entrada en la verdad verdadera. “Esa”. “Se llamaba Fita”. “Cuando María Broca se fue a la ciudad de México con sus hijos, su marido se mudó a su casa con su comadre Fita”. Por eso se tuvo que ir, porque su comadre Fita que vivía a dos cuadras ya se paseaba con su marido”.

 

Es una linda tarde en Mérida. Tan soleada. Esa es una parte de la historia de mi padre, de sus hermanos, de mi abuela. Suena tan lejana y yo me encarno en ella. “Tere, ¿por qué sabe usted todas esas cosas?”. “Porque María lloraba mucho y se las contaba a mi madre”. Mi hermano Marco le dice a la profesora Elsy, la dueña de la tiendita, que tiene que mantener sus piernas en alto lo más posible. Ya no van a desaparecer esos brotes que tiene en la piel. Se mejoran, se empeoran. “Así va a ser la vida, Chula, no se preocupe: desaparecen, regresan, se mejoran, se empeoran. Úntese la medicina que le digo. Manténgala refrigerada. Llámeme si no se siente bien. Esa es su vida ahora, pero es valiosa, porque es vida”.

 

Mi papá se atraviesa la calle solito y sin mirar a los lados como un chivo sin mecate. Salimos corriendo de la tiendita mi hermana y yo haciendo una alharaca. “Nunca he podido entender que mi mamá esté muerta. Nunca he podido soportarlo. ¿Está muerta mi mamá?”. “No, papá. Es decir: sí y no”. Me mira muy fijo. “¿Mis hermanos están muertos?”. “Tu hermana Carmen definitivamente no. Los demás, sí y no”. “Mi hermano Reynaldo? ¿Rosa María? ¿César? ¿Guillermina? ¿Leonardo?”. Me mira con sus ojos desamparados. Sus ojotes inmensos en su rostro tan flaquito. ¿Qué te digo, papá? ¿Qué te digo? “Están muertos de la muerte de los cuerpos, pero no de la muerte de la memoria viva”. Se lo repito como cuatro veces pero no logra escucharme. Se lo escribo.

 

Museo Fernando García Ponce, Mérida. 

 

“¿Qué te dijo la profesora?”. Le cuento. Le digo que cuando mi abuelita se fue corrieron de la casa a su amiga Mila, la lectora de cartas. “¿Quién la corrió?”. “La señora Fita, papá, ¿la recuerdas? La señora con la que vivió después mi abuelito César”. Entonces, cuando el desastre, cuando el naufragio. Cuando les llegaron el abandono y la pobreza. “Mi papá siempre se ocupó de nosotros”, dice mi papá, que comenzó a trabajar a los doce años. “Eso nunca lo supimos”, me dice mi papá sin pestañear. Y mira lejos, muy lejos. Como si quisiera evitarme un dolor que no es mío, sino suyo.

 

El naufragio. Los matrimonios prematuros de sus hermanas: “Eran muy bonitas, se casaron adolescentes para huir de tanta dificultad”. Regresamos al hotel. A nuestra terraza de estos días. “¿Recuerdas la canción de Peregrina?”. Me la cantaba cuando yo era niña, era “nuestra canción”. Rema en su memoria, revisamos Wilkipedia. La memoria regresa. “Carrillo Puerto le mandó a hacer la canción”. “Sí”. “Era una periodista gringa”. “Esa mero”. Miramos pasar esos carruajes a los que llaman calandrias. “El general Ricárdez Broca mandó asesinar a Felipe Carrillo Puerto”. “Era el primo de mi mamá”. “Una no elige a sus ancestros, y a tres de sus hermanos, también. Ese mismo día los fusilaron”.

 

Mi papá abre muchísimo los ojos cuando se sorprende. Ahora parece sorprendido casi de continuo. Mi hermano Georgi tiene una teoría que me explicó en un tono irrefutable: cada persona va durante su vida escribiendo su vida y dejando sus huellas secretas. Intangibles. Las que sólo esa persona puede reconocer. “¿Cómo?”. “Como Hansel y Gretel, para que me entiendas. Ellos caminaban dejando migajitas de pan para encontrar el camino de regreso a su casa. Para encontrarse. Eso es lo que hace cada persona durante su vida, eso hizo mi papá. Si mi papá encuentra sus huellas secretas puede regresar hacia él mismo”.

 

¿Pero hacia qué lugares de él mismo querría regresar? “¿Alguna vez nadaste en un cenote?”. “No, papá”. “Yo podía nadar hasta el fondo de los cenotes más hondos, allá en la profundidad están los espíritus de las princesas mayas”. “¿Y te hablaron al oído?”. “¿Quiénes?”. “Pues las princesas mayas”. “A mí las princesas mayas siempre me hablan al oído”. Así me lo imagino. Papá olvidadizo y memorioso. Así me lo imagino. Vamos entre tanto juntando los pedacitos de los espejos estallados. Creando entre la ficción y la realidad un mapa que es el nuestro. “Con razón andas luego tan distraído, y ¿qué te dicen esas chicas cuando te hablan?”.

 

@Marteresapriego