Opinión

Las familias del bosque frente al covid-19

Entre marzo y junio, se lleva a cabo la mayor recolección de resina del año, pero este 2020, por el covid-19 se dejó de comprar esta materia prima. | Leonardo Bastida

  • 15/08/2020
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Millones de litros de agua fluyen por las venas del río Cutzamala, naciente en la zona oriente de Michoacán, hasta el valle de México, donde millones de personas se abastecen de estas aguas viajeras, que cruzan parte del territorio michoacano y mexiquense, para llegar a la ciudad de México. La cantidad de líquido es tal que las plantas potabilizadoras filtran 500 litros de agua por segundo, y durante el mismo lapso, se pueden llenar 16 tinacos de mil litros. 

La obtención de estas cantidades de agua es posible gracias a diferentes familias que habitan en los bosques, en comunidad con los mismos, obteniendo su subsistencia a partir de ellos, pero defendiéndoles de la tala ilegal, la deforestación y el cambio del uso de suelo de los mismos, pues en los últimos años, hay una tendencia de ocupar los territorios forestales para el cultivo de árboles de aguacate, perdiéndose alrededor de 100 mil hectáreas de bosque templado en menos de una década.

Estas comunidades que habitan en los bosques son conocidas como resineras, debido a que su actividad económica principal consiste en la extracción de resinas de los troncos de los árboles. Son grupos familiares que carecen de acceso a la tierra, pero debido a su estrecho vínculo con el ecosistema ayudan a la preservación de las miles de hectáreas boscosas aún en pie en varias partes del territorio michoacano. Pues, si algo les ocurre a esos árboles, su fuente de ingresos se esfuma. 

Por más de un siglo se han encargado de evitar incendios forestales, de obtener alimentos que dan los terrenos boscosos de manera natural y de recolectar las resinas que son utilizadas en productos de limpieza, pinturas, chicles, entre otros artículos. Su actividad económica deja una derrama de 600 millones de pesos que permite la subsistencia de alrededor de 10 mil familias de Michoacán.

Cada año, entre marzo y junio, se lleva a cabo la mayor recolección de resina del año, pero este 2020, cuando se inició el confinamiento a causa de la enfermedad de covid-19, se dejó de comprar esta materia prima y estas familias dejaron de percibir la mayor cantidad de sus ingresos

Por ejemplo, en el ejido de Mata de Pinos, en la zona oriente de Michoacán, la familia de Rosa Icela Soto y otras 120 se han dedicado desde hace más de 50 años a esta actividad. Han heredado el conocimiento de la extracción de resina y del cuidado de los árboles de sus abuelos. Sin derribar un solo árbol han conseguido su manutención por más de cinco décadas.

Si bien la zona ha estado asediada por los talamontes clandestinos, Rosa Icela considera que por años han logrado que la situación se controle, sin embargo, ante la crisis, hubo incremento de robos y de tala clandestina, a pesar de que la madera se vende a precios muy bajos. 

Desafortunadamente, advierte la resinera, el bosque es quien paga las consecuencias y quienes ganan con la crisis son los coyotes al comprar la resina y la madera a precios muy bajos, aprovechando la necesidad de la gente. 

Caso similar se vive en la Meseta Purépecha, donde familias como la de Olga Leticia Enríquez, de Cherán, obtienen 70 por ciento o más de sus ingresos para alimentación diaria de la recolección de resina. Ante la escasez actual, recurre a los productos del bosque, hongos, quelites y algunas bayas, pero lo considera insuficiente para seguir subsistiendo por más meses.

Menciona que la situación ha provocado varios cambios en su comunidad. Muchos resineros se han ido a trabajar a las empacadoras cercanas a sus poblaciones por lo que no hay casi nadie cuidando los bosques y el riesgo de que sean talados es bastante alto. 

Por otra parte, considera que el desplazamiento de personas de la comunidad pone en riesgo a otras de infectarse de covid-19, careciendo de servicios de salud para poder atenderle.

Al respecto, Juan Manuel Barrera, especialista del sector forestal y director ejecutivo de la organización Resiliencia y Desarrollo Comunitario, explica que en los 100 años de historia de esta actividad productiva en la región, la cual arroja 90 por ciento de la producción nacional de resina de pino, nunca se había presentado una situación de crisis como la actual.

Algunas de las preocupaciones derivadas de la situación son que los bosques están en riesgo ante la falta de personas que les cuiden, los jóvenes están más expuestos a la presión de ser cooptados por parte de la delincuencia organizada, y se propicia la migración interna y externa. 

Para algunos especialistas en la materia e integrantes de organizaciones como el Grupo Interdisciplinario de Tecnología Rural Aplicada, la Red Mocaf Michoacán y el Consejo Civil Mexicano para la Silvicultura Sostenible, la situación debe provocar cambios estructurales, que permitan el reconocimiento de esta actividad como un eje primordial para el cuidado del ecosistema de bosque templado y como un impulsor de las economías locales, por lo que se requiere crear centros de acopio para eliminar a los intermediarios, implementar programas emergentes que ayuden a capitalizar a las organizaciones y los ejidos, con un enfoque participativo a través del cual participen las familias recolectoras en la toma de decisiones.

Como señala Olga Leticia es momento en que se les reconozca como vigilantes del bosque y se les puedan otorgar apoyos para continuar con su labor de extraer resina, pero también de detectar árboles afectados por plagas y evitar la tala, pues, nadie más que ellos, conoce todos los secretos guardados bajo la gran alfombra verde formada por el follaje de miles de pinos y otros árboles, en muchos casos, centenarios.

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