A medida que nos acercamos al día de las elecciones en nuestro país, las encuestas se aparecen con mayor frecuencia en nuestras conversaciones, y es común escuchar expresiones de incredulidad, decepción o enojo antes los resultados que arrojan. Pero ¿las encuestas se equivocan? ¿Están hechas para manipularnos? ¿Es posible confiar en alguna?

¿Por qué difieren las encuestas electorales?

Desde un punto de vista sospechosista, tenemos que aceptar que sí, efectivamente las encuestas son manipulables. Es posible seleccionar una muestra sesgada hacia cierto tipo de resultado, como sucede por ejemplo cuando se elige a población exclusivamente urbana o a través del internet o por medio del teléfono, ya que de esta manera no se construyen muestras representativas de la composición de la población nacional. El mismo caso se da cuando se consulta solamente a los habitantes de una ciudad o una zona geográfica acotada, respecto de las preferencias para la contienda presidencial, puesto que los colores políticos no se reparten homogéneamente a lo largo del país.

¿Están reguladas las encuestas electorales?

Además, un diseñador de encuestas avezado puede plantear las preguntas de forma que induzcan ciertas respuestas, redactándolas de una manera particular, dándoles un orden estratégico o acompañándolas de afirmaciones intencionadas.

Pero, dejando esos casos de lado, incluso en aquellos donde nos encontramos con encuestas honestas, correctamente diseñadas, aplicadas y procesadas, no siempre se entiende hasta dónde llegan sus límites en tanto representación de la realidad corriente o como un augurio del futuro.

En la etapa del levantamiento es común encontrar personas que se rehúsan a contestar. Algunos esquemas prevén la sustitución de sujetos cuando esto ocurre, pero cuando se trata de preferencias electorales esto sería un error, porque conocer el tamaño de la población de indecisos es un dato muy importante para entender cómo se van configurando las preferencias.

No obstante, en el procesamiento o en la presentación de resultados, es común descartar la proporción de indecisos o de quienes no quisieron contestar, como si no fuera relevante, y enfocar el análisis a quienes manifestaron una preferencia determinada. De esta forma, sobre todo cuando la proporción de indecisos es alta, se tiende a sobreestimar las ventajas de unos candidatos sobre otros y la capacidad para inferir los resultados finales a partir de la encuesta.

La ciudadanía también miente

Ahora bien, también hay que estar conscientes de nuestra cultura y aceptar que sí, algunas personas simplemente mienten. Así como alguien nos puede decir que está a punto de llegar a una cita, cuando en realidad acaba de salir de su muy lejana casa o quien con la mayor seguridad da indicaciones para llegar a una calle cuya ubicación desconoce, también las personas pueden decir que votarán por un candidato cuando en realidad están pensando votar por uno distinto. Otros pueden decir que están indecisos, aunque en realidad ya hayan determinado su elección, pero no la quieren compartir. Nuestro "pudor mexicano" nos empuja a dar la respuesta percibida como más amable o menos controversial, frente a nuestro interlocutor. Algunas otras personas pueden estar genuinamente convencidos de que votarán por alguien, sin prever que en el camino cambiarán de opinión.

Además, una cantidad de encuestados que revelan sus preferencias no acudirán a votar el día de las elecciones, por lo que se puede estar procesando la opinión de personas que finalmente no incidirán en el resultado.

Algunas encuestas tratan de minimizar este efecto, incorporando preguntas diseñadas para captar la probabilidad de que el encuestado vaya a votar: ¿votó en las últimas elecciones?, ¿conoce la ubicación de su casilla?, ¿cuenta con credencial para votar vigente?, ¿sabe dónde está su credencial para votar?, ¿conoce cuáles son los procesos de elección locales en su entidad?, ¿identifica a los candidatos federales y locales para su entidad?

Es posible que quienes finalmente no emitan su voto se repartan proporcionalmente entre todas las preferencias políticas, pero también puede ocurrir que sean más numerosos para ciertos candidatos, lo que se reflejará en una discrepancia entre los resultados medidos por una encuesta y los de la elección definitiva.

Adicionalmente, hay que tomar en cuenta que la misma publicación de los resultados de las encuestas incide en las decisiones de los electores.

Una razón es por cuestiones de carácter, idiosincrasia o fenómenos sociales. La presión social o de grupo lleva a algunas personas a votar en el mismo sentido que perciben lo hará su entorno significativo: su familia, sus amigos, su comunidad. Otras votarán por quien encabeza la carrera, para no enfrentar la circunstancia de haber escogido al "perdedor". En estos casos, la misma publicación de las encuestas que van dando como ganador a un candidato puede incidir en que los indecisos se decanten por el puntero.

El voto estratégico

Algunos electores, ya sea del grupo de indecisos o de quienes tenían un favorito, pueden votar por quien se encuentre en segundo lugar de las preferencias publicadas, si su primera opción no es ninguno de los punteros y por lo tanto se aprecia sin posibilidades de ganar. Esto lo que se conoce como "voto útil".

Para poder estimar la factibilidad y probable magnitud de un voto útil es muy importante cuantificar las preferencias negativas y de allí que resulta sumamente informativo que las encuestas también aborden las resistencias de los electores para votar por cada candidato. El voto útil solamente se puede aportar al segundo lugar cuando este no es el más odiado por el electorado.

Voto inútil

También se ha observado que los votantes pueden decidir de última hora no acudir a los comicios si las encuestas dan como ganador a su opción preferida, sobre todo en aquellos casos donde la casilla está lejana de donde viven o si perciben algún riesgo o costo por ir a votar, lo cual podría llegar a ser incluso perderse un partido de futbol. Esta circunstancia quizá la podamos referir como el "voto inútil".

Todos estos elementos nos dan una perspectiva de que, aunque las encuestas pueden ser muy ilustrativas, también tienen límites claros en cuanto a su capacidad de representación de la realidad y más con relación en su poder predictivo.

Las encuestas no son un pronóstico

Por último, se debe insistir en que las encuestas son una fotografía, no un pronóstico. Una encuesta bien hecha puede arrojar información valiosa que nos permita hacer una proyección hacia el futuro, que será útil en la medida que entendamos sus alcances sobre la representatividad de la muestra, la neutralidad de las preguntas, la posibilidad de dimensionar la proporción de indecisos y de quienes no acudirán a votar, así como la volubilidad de los electores y la intensidad de las preferencias negativas. Y todo ello, considerando el margen de error –generalmente amplio– que arrojan todos estos elementos.

Entendiendo las encuestas como fotografías, forzar un pronóstico a partir de ellas muchas veces es como tratar de calcular el total de personas dentro de un parque a las 12 del día, contando las que aparecen en una imagen... tomada a las 8 de la mañana... que solo abarca la mitad del parque... a la que le arrancaron un trozo... y en la cual los árboles esconden una parte de los asistentes.

Diversidad e innovación

@elenaestavillo | @OpinionLSR | @lasillarota



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