Opinión

Las aventuras de la encantadora Borrelia Burgdorferi

Un tantito malvada, es verdad.

  • 16/08/2016
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Eva llegó a la cita con Aurelia en lágrimas. Su amiga del alma hasta hace unas semanas,  Borrelia Burgdorferi, se fue de la casa que compartían (la de Eva), en un camión de mudanza en el que transportó su cepillo de dientes, su champú, sus cremas, en fin, lo que podríamos llamar pomposamente: sus enseres personales, y la mitad de los muebles de Eva. No todos, ni cualquiera: los que más le gustaban. En medio de su tristeza, Eva todavía aclara: “bueno, no son gran cosa, no es como que coleccionaba yo creaciones Chippendale”. “Pero son tus muebles”, le dijo Aurelia. “Pues sí, eran mis muebles”. También vació su cuenta de banco. “Bueno, el dinero del mes, tampoco es que fuera gran cosa, aunque sí me deja en problemas”. “Pero es tu dinero”, dice Aurelia. “Pues sí, era mi dinero”.  

 

La historia dejó a Aurelia catatónica. “¿La dulce Borrelia? ¿La pálida, la encantadora, la solicita y tan cariñosa Borrelia?” Borrelia, a quien Eva le ofreció su casa hace cinco años, porque venía – según dijo- de una experiencia de vida comunitaria muy desafortunada en Oaxaca. Ella que se había jugado todo por sus principios y el anhelo de construir una vida ajena al capitalismo despótico y a la globalización individualista, (algo así explicó varias veces) había sido estafada. Abusaron de su buena voluntad, de su fuerza de trabajo. Fue víctima de cantidad de maltratos, hasta que se decidió a tomar su atadito y venir a probar suerte a la ciudad. Así lo contó en su momento, con cantidad de detalles y punto por punto.  

 

“Todo aquello en lo que creí era una mentira, viví en la mentira”, decía Borrelia. Y los lagrimones se escurrían por sus mejillas de mujer herida en sus más hondos ideales. Es probable que en esta narración se perciba una cierta ironía involuntaria, dada la información que – a estas bajuras - ya se tiene de la verdadera vida de Borrelia, la supuesta heroína continuamente engañada. Digo mal: nadie tiene la menor idea de cuál sí fue su vida,  más bien se ha ido aclarando todo lo que nunca fue. Por ejemplo: nunca existió la comunidad de ecologistas en Oaxaca. Ni las hamacas, ni los huertos, ni la cocina donde guisaban entre todos, ni el amplio comedor bajo una palapa en el que consumían los alimentos que ellos mismos producían. Nunca existieron esos niños a los que Borrelia dijo haber cuidado con tanto esmero, ya que ella era la responsable de la escuelita alternativa. 

 

Borrelia no es una mentirosa (una siempre conoce a algunas/os por allí), sino una tremenda mitómana. Una fabuladora compulsiva. “Vivía en la recámara de al lado de la espía rusa”, dice Eva. “¿Quién demonios es realmente esta mujer? ¿Te imaginas si se dedicara a escribir novelas? ¿Por qué no escribe novelas?” Quizá si las escribe, a su manera. No en un cuaderno, sino en la cotidianidad de las/os otras/os, en sus afectos, en su piel. Se quedan sus imaginarios revoloteando en su cabeza hasta que encuentra esos oídos que van a escucharla, esas personas que van a confiar, esas miradas de amor y empatía que necesita con tanta urgencia. Cautivar. Atrapar la atención, eso es lo suyo. “No era indispensable inventarse una infancia de violencia intrafamiliar para hacerse querer, ¿o sí?” “En una de esas sí existió la violencia intrafamiliar”. ¿Cómo saber por dónde queda la verdad. Un milímetro, un ápice de verdad. 

 

Borrelia, por supuesto, no se llama así. Cuando Eva y Aurelia se despidieron esa primera tarde en el café, Aurelia fue a recorrer el estante de “Novedades” de la librería. Un par de amigas conversaban junto a ella, y una describía una enfermedad rarísima y horrible que había padecido: de golpe tuvo fiebre, una erupción en la pierna que crecía y crecía, trastornos de sueño, dolor de cabeza, músculos, articulaciones, dificultades para hablar y concentrarse, perturbaciones en la visión. No hallaban qué tenía. Descubrieron que padecía una infección: una bacteria llamada Borrelia Burgdorferi se había instalado en su cuerpo y la saqueaba por dentro. Aurelia escuchó ese nombre y le pareció hermoso, ¿quién pudo elegir un nombre tan bonito para un ser tan dañino?   

 

Le pidió a la muchacha que por favor le escribiera en un papelito ese nombre como de princesa veneciana. En el camino hacia su casa  imaginó a Borrelia Burgdorferi como una princesa caída en desgracia. Encantadora y maligna. Dulce y llena de rencores. Haciéndose querer para abusar del amor de los otros. Narrando cada vez sus infinitas desventuras, con ese tono digno de quien sabe que su vida ha sido la más complicada de toditito el mundo y sin embargo, se mantiene generosa, amorosa y erguida. La que habita una casa (un cuerpo en el caso de la enfermedad) para despojarla. A partir de entonces, la espía rusa se llamó Borrelia. 

 

¿Y acaso no quiso también apoderarse de la personalidad de Eva? ¿No quiso apoderarse de su cuerpo, de su historia? Una semana después de la desaparición de Borrelia, Eva recibió unas fotos por DHL. El remitente era un tal William Shakespeare, residente en la calle Francisco I Madero número 5, en Boca del Río Veracruz. Valga la burla. La fugitiva posaba frente al espejo del vestidor de Eva vestida con su ropa. Sus bolsas. Sus collares. Posaba sentada en su escritorio frente a su computadora. Posaba en varias fotografías (vestida de Eva) y derretida de amor junto al ex novio de Eva.  

 

Así la puñalada trapera. “No me ahorró nada esta desgraciada”, dijo Eva entre la furia y el sollozo, pero más cercana al sollozo. “Además quería que me enterara. Necesitaba que me enterara hasta de esto. ¿Para qué estas fotos, para qué peor? ¿Para qué más?” “Quizá porque quiso ser tú. Eso no se puede y esta es su venganza”. “Me odiaba”. “Es probable que te odiara. Ta vez no, quizá sólo no se le da sentir nada”.  “¿Has conocido personas así?” “Algunas pareciditas nada más, pero sin camión de mudanzas”.  

 

La vecina que presenció la mudanza (Borrelia le explicó que se iba a vivir al campo), recordó el nombre de la compañía, tras idas, venidas y forcejeos: “no podemos darle la dirección de destino de la mudanza, protegemos la seguridad de nuestros clientes”, se supo que los muebles de la amiga despojada viajaron hacia Tampico. “Alguna vez te mencionó Tampico, Eva?” “Nunca, toda su vida transcurrió en el sureste mexicano. Toda. Hasta que llegó a la Ciudad de México. Tampoco me habló de Veracruz”. “De hecho el que vive en Veracruz es  su amigo William Shakespeare”. Eva y Aurelia se rieron a carcajadas. A veces la risa es parte del duelo y del intento de sanación. Como tratar de investigar un poquito. Como ir descubriendo el increíble (pero durante cinco años fue tan creíble) andamiaje de mentiras.  

 

“Busca la palabra mitomanía en el diccionario de la Real Academia”. “Mitomanía: tendencia morbosa a desfigurar, engrandeciéndola, la realidad de lo que se dice”. “No, pues qué prudentes y pacatos los académicos, con todo respeto por sus barbas. Búscate otra definición”. “Mitomanía: tendencia o inclinación patológica a fabular o transformar la realidad de lo que se dice”. “Esa está un poquito mejor. ¿Recuerdas cuando cancelé mi tarjeta de crédito porque me la clonaron y se fueron de restaurantes con ella? Quizá no me la clonaron”. “Quizá no”, alcanzó a decir Aurelia. “Recuerdas los objetos que se fueron perdiendo y sospeché del plomero, el electricista, el pintor de paredes, la vecina, la amiga de la amiga de la amiga, mi descuido, mi despiste, spiderman que escaló las paredes, y hasta del señor de las pizzas? Era misteriosísimo,  pero, cualquiera menos ella”. “¿Por qué podía ser cualquiera menos ella? Quizá te lo tienes que preguntar?” “Estoy apachurrada de preguntas, Aurelia. Tal vez porque siempre soñé con tener una hermana”. 

 

Hasta donde va la “investigación”, la dirección en Tampico es una bodega donde guardan muebles y los objetos robados quedaron bajo el nombre de Margarita Yourcenar. “Mi escritora preferida, qué terrible ésta loca, va por allí dejándome sus pistas literarias”. Nadie en Boca del Río conoce en persona a William Shakespeare, ni siquiera en el café más concurrido.  Borrelia contaba con una gracia y una tristeza tremenda su infancia en Campeche. La caída de la tarde, su escuela, sus amigos. Pocos, porque como era una niña muy maltratada, fue muy tímida. A pesar de su timidez y en un gran esfuerzo por salir adelante, no sólo obtenía las mejores calificaciones (Eva la imaginaba temblando tras una golpiza, y aún así con su naricita pegada en su libro de lectura del sexto año) sino que también decidió entrar a un concurso de reina de belleza. 

 

Borrelia Burgdorferi fue la más radiante reina de belleza en las historias de Campeche, Quintana Roo y Yucatán.  No tenía fotos del magno evento, porque ella no guardaba fotos de nada. “Con la memoria basta”, suspiraba. “Me han despojado de casi todo, pero ¿quién puede arrebatarme la memoria?” Bien poética toda ella. Después de sus declaraciones rotundas y un tantito dramáticas, pasaba a su “natural” buen humor y a su suavidad que la hacían tan entrañable. También era muy divertida. Debe seguirlo siendo. Tan solidaria y tan cómplice. La escuela “Los hijos del soldado”, legendaria escuela creada apenitas terminada la revolución, ni siquiera existe en Campeche. “Pero no se te ocurrió que el nombre era medio raro, Eva?” “¿Qué tiene de raro? Era un experimento post revolucionario de escuela que existe hasta nuestros días”. “Salvo que no existe”.  

 

Nadie en Campeche escuchó hablar del año de reinado de Borrelia. La lista de reinas de belleza no incluye su nombre. Eso sí, en las fotografías que le enviaron, Eva pudo reconocer con detalle el vestido, la corona, el peinado, la larguísima cola del vestido que su amiga le describió más de una vez, el vestido del día de su coronación. El mismo que lleva la emperatriz Carlota en su célebre pintura, el que han copiado decenas de miles de quinceañeras. “Carlota nunca usó el vestido de esa pintura, se lo agregó el pintor”. “Borrelia tampoco lo usó nunca”.   

 

Algunos amigos han sugerido que la foto de la Borrelia verdadera (¿?), se suba a redes, para que no estafe a nadie más en el camino. Eva se negó. No está de más aclarar que nunca (porque “soy muy tímida”) permitió que la fotografiaran y que las únicas fotos suyas que están a mano, son aquellas en las que posa vestida de Eva. Actuando como Eva. Sonriendo como Eva. Con el ex novio de Eva. Al ex novio de Eva hasta ahora, no se le ha preguntado nada de nada. En su trabajo la fugitiva presentó su renuncia a tiempo,  la extrañan y la aprecian mucho. 

 

En algún lugar de México vive, fabula, estafa, flota, encanta, conmueve, la sufrida (pero tan digna) Borrelia Burgdorferi. ¿O quizá tomó un barco en Tampico (con el dinero y lo muebles de Eva) y está a punto de desembarcar en una isla tropical que le recuerde su tan extrañado (e imaginario) Campeche de infancia y adolescencia? “¿No la vas a denunciar?” “ ¿A quién?” “Sí sabes cómo se llama”. “Creo que sí. No me interesa. Sólo quisiera entender esa maldad, ese placer enorme de engañar y de abusar. ¿A quién estaría denunciando si la denuncio?” “A una impostora”. “¿Por qué me dejé engañar? ¿Por qué consentí cuando me despojaba? ¿Por qué miré hacia otro lado ante las evidencias?  ¿De qué tamaño sería mi desamparo que creí reconocer en el suyo, y entonces tenía que cuidarla, como a una hermanita: cuidarla para cuidarme. Esas son mis preguntas, las mías. La impostura es toda suya”.  

 

Quizá algún día de estos Eva reciba una tarjeta postal con una vista de Cuba o de Palizada. Aurelia está segura de que la historia no ha llegado a su fin: ningún vampiro suelta tan fácil a su presa. “¿Qué escritora irá a firmar la tarjeta postal, Eva?” “Apuesto que Margarita Duras”. “En una de esas te escribe Simone de Beauvoir”. “Me sentiría halagadísima si recibo correspondencia de cualquiera de ellas”.  Todas/os alrededor de Eva donaron muebles para su casa. Está lindísima, quedó una mezcla de estilos como en un bazar. “Está más bonito que antes”, dice Eva. Es cierto. Y brindaron por los impostores de este mundo, por los estafadores emocionales, por todas/os los que van por allí tan sonrientes, tan incapaces de amar, en resumen: los que van sintiéndose triunfantes y cargando en cada mudanza su inmensa (y verdadera) desgracia.

 

@Marteresapriego 

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