Opinión

Las abuelas como moneda de cambio

El gobierno federal abre al vapor un nuevo frente de batalla innecesario, cuestionable y que presagia malos resultados. | Leonardo Martínez

  • 14/02/2019
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Entre el alud de nuevas políticas de Estado anunciadas en estas semanas por el nuevo gobierno, escojo en esta ocasión para hacer algunos comentarios la que cambiará el sistema público de estancias infantiles por otro en el que se propone que las abuelas se hagan cargo del cuidado de las niñas y niños pequeños mientras sus padres realizan sus actividades cotidianas.

No tengo a la mano los datos duros pero retomo los que tuitea Cecilia Soto sobre las estancias y guarderías que se verían afectadas por la iniciativa: éstas acogen más de 350,000 niñas y niños, y dan empleo a alrededor de 30,000 personas. Como suele suceder en México, este tipo de programas siempre es altamente perfectible y todos padecen algún grado de corrupción sistémica; ese es nuestro pan de cada día en los programas gubernamentales.

Pero aún así esas no deberían de ser las razones de fondo para aplicar la máxima fundacional de todo nuevo gobierno en este país: el borrón y cuenta nueva.

La justificación pública de la cancelación del programa hace referencia a algo así como el intermediarismo corruptor de las estancias y los favoritismos políticos en la autorización de las mismas. Bueno, seguramente hay casos, pero como se ha señalado ante otras decisiones del nuevo gobierno, la urticaria no se cura desollando a las personas.

El tema es amplio y tiene varias aristas que vale la pena comentar. Empiezo por lamentar los costos que se irán acumulando por la cancelación de un programa gubernamental que lleva varios años de operación, que el consenso general es que sí ha dado resultados, y que será sustituido por un esquema no probado y plagado de incertidumbres.

Aparte de los costos relativos al desempleo de las personas que actualmente laboran en las estancias, la mayor parte de los costos se distribuirán entre los las niñas y niños, las abuelas y los padres, por muy distintas razones.

La idea, tal y como ha sido balbuceada públicamente, asume que la mayoría de los padres que hacen uso de las estancias infantiles tiene a su disposición abuelas dispuestas a cuidar a sus nietos durante todas las horas que lo requieran los padres, lo cual evidentemente no es verdad y además compromete el tiempo de aquellas abuelas que sí puedan, física y mentalmente, cuidar a sus nietos. En muchos casos su nueva responsabilidad alteraría sus actividades cotidianas, pudiéndoles causar episodios de estrés y fatiga.

El esquema tiene además implicaciones presentes y futuras sobre el desarrollo de los niños, al sustituir la atención que reciben actualmente de personas preparadas para ello, por los cuidados de personas mayores sin la preparación adecuada y, seguramente en muchos casos, con otras ocupaciones y preocupaciones cotidianas.

Como ya ha sido denunciado por muchas organizaciones, la idea refuerza el rol tradicional y perverso de la mujer como única responsable del cuidado de los niños, lo cual representa otro paso hacia atrás en temas en los que se ha ido avanzando poco a poco.

Finalmente, un tema ignorado por completo es el de los impactos y las complicaciones prácticas en la vida cotidiana de los padres, sobre todo en las zonas metropolitanas y ciudades grandes, pues no todas las abuelas viven en la casa o a la vuelta de la casa de los padres. Hacer el cambio de estancias por abuelas implica cambiar las rutinas y los viajes de los padres y los niños, lo cual en muchos casos significará viajes más largos y cansados, estrés y repercusiones sobre la salud y la productividad laboral.

Claro que el escenario alternativo a los que se han planteado, odioso pero plausible porque ya sucede, es que algunos de los padres prefieran quedarse con el dinero y dejar amarrados a los niños, sin estancia y sin abuela de por medio.

A todo esto no ha faltado, como es común, el frente de escuderos que ha salido a defender públicamente la iniciativa con todo tipo de argumentos, diciendo por ejemplo, que en países como Suecia se aplican programas similares. No sé si ello es verdad, aunque ya varios han salido a desmentir esos dichos, pero de cualquier manera la comparación es ociosa. Los niveles promedio de educación y las redes de protección social presentan diferencias abismales entre los países nórdicos y México, lo que hace la comparación incomparable.

El gobierno federal abre al vapor un nuevo frente de batalla innecesario, cuestionable y que presagia malos resultados, usando esta vez a las abuelas como moneda de cambio. De verdad, qué afán de ensombrecer gratuitamente el panorama.

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