Opinión

La visita al Dr. Gurú

El Dr. Gurú hizo algunas anotaciones y finalmente espetó su diagnóstico: “El paciente sufre de miedo al compromiso”. | Alejandro Basave

  • 18/10/2019
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Se acerca la temporada de invierno y, con ella, los tradicionales padecimientos decembrinos que me acompañan cada año. Sinusitis, infecciones de oído o de garganta y alergias son solo algunos de los fantasmas navideños que me visitan con menos piedad que la mostrada por los de Ebenezer Scrooge.

Año tras año mi plan de acción casi no cambia. Empiezo auto medicándome con Dayquil y Nyquil, y, si la cosa no mejora, continúo con un road show que llevo montando desde hace más de 10 años cuyo objetivo es terminar de conocer a todos los otorrinolaringólogos de Monterrey y su zona conurbada.

Con esa breve introducción doy paso a un episodio en la búsqueda por encontrar la cura a tan incómodo (y superfluo) mal que me aqueja los inviernos. Un episodio que sin duda merece una mención aparte; “la visita al Dr. Gurú”.

En ese entonces estaba yo por casarme y me encontraba en plena lucha contra mi genética por tener un abdomen de esos de anuncio de Abtoner. Por ello, corría más de lo que acostumbro correr, iba cuatro o cinco veces al gimnasio y jugaba en 2 o hasta 3 equipos de futbol de ligas amateur.

Quizá por tanta actividad física, ese año además de mis padecimientos típicos, me brotaba una molesta comezón en todo el cuerpo al hacer ejercicio. Al ver que el padecimiento no cedía, opté por pedirle a mi agente de seguros la lista de médicos de mi aseguradora. Después de hojearla brevemente, contacté al dermatólogo con el domicilio más cercano a mi oficina e hice una cita para el día siguiente.

Entré al consultorio y lo primero que me saltó fueron los inciensos prendidos y la música de fondo compuesta por cuencos tibetanos y flautas indias. Salí del lugar, confirmé el número del consultorio y volví a entrar. Anuncié mi nombre en recepción, pagué anticipadamente la consulta (algo que se me hizo un poco raro pero a lo que no le di mayor importancia) y me senté a esperar.

Como sucede en la mayoría de mis visitas al médico, confirmé una vez más que John Lennon estaba equivocado en el famoso estribillo de su canción “Beautiful Boy”; La vida es lo que sucede mientras esperas a que el médico te atienda.

A los treinta o cuarenta minutos de espera, la recepcionista del consultorio abandonó su juego de solitario para indicarme que podía pasar al consultorio del médico.

Abrí una puerta, luego atravesé una cortina de lo que parecían huesos y piedras y lo que brotó en mí fue preocupación. Traté de tranquilizarme asumiendo que quizá era un médico que había hecho sus prácticas en algún exótico lugar y que había traído suvenires de sus aventuras.

Me recibió un tipo alto, lánguido y con barba rasputinesca. Pantalón Dockers, bata abotonada y arriba de ella un chaleco de piel de oveja. No traía zapatos.

Nos saludamos, tomé asiento y empecé a contestar sus preguntas mientras discretamente escudriñaba la estrafalaria decoración de su oficina que era digna de un diseño de producción de una película coreana de horror. A estas alturas comenzaba a tratar de disimular mi temor por salir vivo de ahí.

Las preguntas cambiaron súbitamente de rutinarias a extravagantes. Así, pasé de contestar de la razón por la que estaba ahí, a contestar cómo era la relación con mi mamá o cuál era mi signo zodiacal. Mientras respondía a tan peculiar interrogatorio médico, corría en mi cabeza una serie de escenarios en los que me disculpaba con él y salía de ahí corriendo.

Al final decidí quedarme. Confieso que principalmente motivado por la mezcla perfecta entre mi tacañería y mi curiosidad. Ya había pagado y además siempre me ha parecido fascinante la medicina oriental (si es que esto lo era). Mi fascinación por el tema se remonta a cuando era niño y vi la escena de la película My Life en la que Michael Keaton visita a una especie de chamán asiático que por solo pasar sus manos por el cuerpo de Batman, detecta que tiene un tipo de cáncer avanzado. Conformé crecí mantuve un vago interés por el tema y hasta devoré un libro del método de diagnóstico japonés conocido como Wataru Ohashi.

Regresando a la historia, decidí comprometerme. All in como dicen en el póker. Si ya había pagado la consulta lo prudente era desquitarla (¿cuántos pacientes no habrán huido despavoridos obligándolos a instaurar la política de pre pago de la que fui víctima?).

Después de contestar con lujo de detalle a todas sus preguntas, fui invitado a quitarme los zapatos y ponerme de pie. El miedo regresó y ya estaba lamentando mi decisión de haberme quedado. Hice caso aparentando una falsa seguridad digna de alguien que ya ha experimentado una experiencia así con su dermatólogo de cabecera. Acto seguido, el Dr. Gurú extendió un tapete en el piso y me pidió recostarme ahí boca abajo. Le recordé que mi consulta era por un tema de comezón en la piel, pero solo se rió y cruzó los brazos.

Sin zapatos (ni dignidad) me recosté en el tapete y el Dr. Gurú comenzó a tronar mis huesos. Algo que solo puede ser descrito como una mezcla entre la quiropráctica y la rutina de un huesero veracruzano. Mi cuerpo tronó como feria de Aguascalientes y cuando me puse de pie sentía que el Dr. Gurú me había devuelto 10 años de vida.

Tomé asiento nuevamente y por primera vez en la consulta estaba dispuesto a creerle casi cualquier cosa. El Dr. Gurú hizo algunas anotaciones que no quiso compartir conmigo y finalmente espetó su diagnóstico: “El paciente sufre de miedo al compromiso”.

El Dr. Gurú me aseguró que era evidente que yo estaba nervioso por el compromiso de casarme ya que mis padres se habían divorciado. Luego me explicó que las enfermedades y los padecimientos del cuerpo son indicativos de los nudos del alma. Finalmente, me dijo que no necesitaba nada más que hacer unos ejercicios de relajación y tomarme un hecho de una planta medicinal que -sospecho- estaba en la lista negra de la COFEPRIS.

Se puso de pie y terminó abruptamente terminó mi consulta. No supe bien qué hacer y me limite a tomar mis cosas y ponerme los zapatos. Agradecí con una ligera reverencia y salí de ahí sin saber exactamente qué había pasado.

Seguí su consejo. Hice los ejercicios, bebí el y en unos días la comezón desapareció. Tiempo después, un amigo al que le platiqué de la anécdota buscó al Dr. Gurú, pero su consultorio era ahora una tienda de artículos para decorar fiestas. No estoy seguro si cambió de línea de negocio o si nos abandonó a nuestra suerte. Seguiré informando.

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