A cada conflicto al interior de la UNAM le sucede una ola reaccionaria que exige privatizar la educación universitaria, o bien, que la policía ingrese a los planteles para reinstaurar el orden.

Para no perder la costumbre, por estos días un ex senador del PAN dijo que sería preferible que el presupuesto de la UNAM se destinara a becas para que los estudiantes pudieran matricularse en la universidad privada de su preferencia. Iniciativas tendientes a que el Estado claudique de su función central de proveer educación para el desarrollo, y a su vez se la encargue a las fuerzas del mercado, no son una novedad. El Partido Verde ya alguna vez había propuesto vales educativos bajo el slogan "si el gobierno no puede, que te lo pague".

Quienes plantean aniquilar presupuestalmente a la UNAM manifiestan un profundo desconocimiento de los aportes de esta institución a la vida nacional. Todos los días esta institución abre sus puertas para recibir a 349,515 estudiantes de nivel bachillerato a doctorado. Tan solo el año pasado se titularon 22,766 licenciados y 9,469 especialistas, maestros y doctores. Sus investigadores –entre los que hay 4,736 incorporados al Sistema Nacional de Investigadores (SNI)– son autores del 26% del total de artículos científicos del país. En 2017 fueron publicados 3,600 papers en revistas internacionales arbitradas. Por sus aulas han cursado o impartido clases Premios Nobel. Pero más importante aún –como remarca Jorge Volpi en un artículo reciente– es que esta casa de estudios "es uno de los pocos acicates que aún permiten la movilidad social" en un país en el cual los ascensores se han atrofiado.

Poner fin a la simulación

Basta con dedicar un día a conocer el patrimonio cultural que alberga Ciudad Universitaria para caer en cuenta que no hay iniciativa privada capaz de igualarlo: detenerse a observar sus murales, rondar por sus espacios escultóricos o por su jardín botánico; asistir a una de sus más de 13 mil actividades artísticas anuales, como por ejemplo a un concierto de la Orquesta Filarmónica en la Sala Nezahualcóyotl. En tales espacios públicos, que cada vez son menos, todos somos antes personas que consumidores; en vez de anuncios espectaculares hay murales de Siqueiros. CU es un auténtico oasis en medio de una ciudad de asfalto asediada por intereses inmobiliarios que seguirá siendo público por más que le moleste a los privatizadores.

Y luego están los que claman que para garantizar el orden dentro de los planteles de la UNAM se requiere la presencia de cuerpos policiacos. Como si no hubiéramos aprendido nada de la tragedia nacional que provocaron los últimos doce años de conflicto armado. Como si la UNAM pudiera abstraerse del contexto nacional.

Ahora bien, hemos de reconocer que con tal de defender a la Máxima Casa de Estudios de estos constantes embates externos se han postergado cuestionamientos que merecen ser atendidos con prontitud y con pleno respeto a la autonomía universitaria. Precisamente los estudiantes que se están organizando tras las agresiones porriles los están colocando en la agenda pública. Los siete ejes de discusión acordados en la primera reunión de la Asamblea Interuniversitaria señalan con claridad los problemas y deficiencias que los estudiantes encaran cotidianamente. Van desde subsanar la falta de asignación de maestros en todos los cursos y turnos (uno de los motivos principales por los que los estudiantes del CCH Azcapotzalco se manifestaron el 3 de septiembre en las inmediaciones de Rectoría), hasta la democratización de la vida universitaria.

Un asunto de lo más urgente y sentido es la seguridad de los estudiantes dentro de las instalaciones universitarias, en particular, la violencia de género, los feminicidios y las desapariciones de miembros de la comunidad universitaria.  Asimismo, más que clamar por el ingreso de la policía, tiene que ponerse fin a la simulación. Ya quedó demostrado que el narcomenudeo no disminuyó tras cercar jardines, y que lo único que provocó esta medida fue conculcar espacios de esparcimiento y convivencia a la comunidad universitaria.

De igual importancia es desmantelar la red de apoyo a los grupos porriles. Han pasado ya 50 años del surgimiento del movimiento estudiantil de 1968. Es inadmisible que la vida universitaria siga arrastrando desde esa época lastres como los grupos de choque, esa táctica anacrónica de intimidación fraguada desde el poder para desmovilizar. Un buen comienzo sería transparentar de una vez por todas quiénes son esos porros encorbatados que desde las burocracias gubernamentales, universitarias y partidistas los financian, organizan y los protegen a los grupos porriles de la persecución legal.

Vienen días intensos para la UNAM. Ojalá que los estudiantes no permitan que grupos ajenos que encuentran en cada movimiento juvenil la agudización de las contradicciones para la revolución planetaria se adueñen de sus asambleas. Que esta vez los estudiantes encuentren su propio camino y defiendan su propia agenda. Que la UNAM siga siendo ese espacio de libertad y pensamiento crítico que tanto bien le hace al país.

En defensa de la consulta

@EncinasN | @OpinionLSR | @lasillarota



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