Opinión

La UNAM: un bastión de la sociedad

La educación superior tiene como reto contribuir a la formación de una sociedad educada, crítica y participativa. | Areli Cano Guadiana

  • 14/11/2019
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La función rectora del Estado mexicano en materia de educación tiene uno de sus referentes principales en la UNAM, institución a la que la Constitución le reconoce el carácter de autónoma. Así, ha podido desarrollar sus tareas de docencia, investigación, difusión y extensión en un contexto general de libertad de cátedra y de creación.

Bajo este contexto y a partir de ser una instancia pública y laica, se ha convertido en una de las principales promotoras de la ciencia y la cultura con vocación nacional, pues su incidencia se replica a través de medios electrónicos, como el Internet, la radio y la televisión; además de contar con presencia en toda la república mediante escuelas, facultades, centros de investigación, unidades académicas y de vinculación, estaciones de trabajo y sismológicas.

La influencia de la UNAM incluso trasciende las fronteras mexicanas, al tener representación en Alemania, EE.UU. (con seis sedes), Canadá, China, Costa Rica, España, Francia, Reino Unido y Sudáfrica; por lo que funge también como una vía para la difusión de la cultura mexicana y propicia la internacionalización de su propio quehacer, estableciendo lazos con instituciones educativas del extranjero.

En nuestro país soplan tiempos de cambio en muchas materias. La interacción entre las naciones, la complejidad de las variables económicas, los agudos problemas sociales y las nuevas necesidades de la llamada sociedad de la información demandan redoblar los esfuerzos para que México salga adelante y la labor de la universidad en este contexto es de suma importancia. La educación superior tiene como reto contribuir a la formación de una sociedad educada, crítica y participativa, que tenga como bases para su actuación un conjunto de valores cívicos y éticos orientados a dar sustento a la vida en democracia.

En días pasados, la Junta de Gobierno de la UNAM reeligió para el periodo 2019-2023 de la rectoría de nuestra máxima casa de estudios al Doctor Enrique Graue Wiechers, a quien se le desea el mejor de los éxitos en tan importante encomienda. El voto a favor de la continuidad del proyecto que encabeza desde 2015, representa una oportunidad para fortalecer lo avanzado, pero también para reflexionar sobre los desafíos por venir.

Uno de ellos se vincula con las nuevas generaciones y lo que nuestro país les ofrecerá en el futuro inmediato. Al respecto, la UNAM es una institución que se relaciona de manera natural con la juventud, de tal forma que los retos de este grupo poblacional lo son también para la universidad. En las actuales condiciones sociales, en las que existe una falta de oportunidades en materia de empleo adecuadamente remunerado, es posible trazar como una de las metas lograr esquemas educativos que respondan a las demandas de la sociedad y del mercado de trabajo. Sus egresados deben poder insertarse en el engranaje económico para construir el desarrollo que se requiere para superar el entorno de aguda inequidad y exclusión.

Otra de las vertientes de acción tiene que ver con la atención a la demanda de espacios tanto en la educación media superior y superior. Dar un mayor impulso a alternativas educativas no presenciales, atendiendo al avance existente en las tecnologías informáticas, eficientar el uso de los recursos existentes y ampliar, de ser posible, la matrícula, son temas para la reflexión sobre el futuro de la universidad y su papel en el medio de la complejidad social mexicana, particularmente en lo que atañe a su potencial transformador para una juventud que se encuentra en riesgo de ser atrapada por el crimen organizado, las adicciones o el desempleo.

Sin duda, la autonomía de la universidad representa un valioso elemento para cumplir con los compromisos que tiene con la sociedad, pues así le es posible accionar sin verse obligada a atender intereses ajenos a su misión, blindada en buena medida ante presiones partidistas, de gobierno y de facciones. Asimismo, la autonomía implica un ejercicio responsable ante la sociedad, que merece que la UNAM le rinda cuentas del ejercicio de los recursos públicos, así como de los resultados de las tareas de una instancia que pertenece a todos los integrantes de la sociedad.

Pero no por ser autónoma, la máxima casa de estudios puede convertirse en una institución insular. El escenario de la intelectualidad viviendo en una torre de marfil no es una opción para una institución fundamental para la vida nacional.

Hoy más que nunca, se requiere una universidad abierta a generar ideas y proponer soluciones en colaboración con instancias sociales y gubernamentales, en una conjunción provechosa que sume el conocimiento académico a la inteligencia social e institucional, en aras de trabajar para resolver los problemas nacionales.

La universidad nacional es un espacio invaluable por sus aportaciones al espacio público; grandes intelectuales, científicos y artistas han salido de sus filas y han aportado de manera significativa para el avance social, seguramente desempeñará este mismo rol, fiel a la búsqueda del bien común, en sus actividades a futuro.