Opinión

La tragedia ambiental de Londres

Tenemos evidencia de que la contaminación atmosférica sí mata.

  • 28/07/2016
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Vale la pena recordar un evento que ha quedado grabado como un referencia inevitable en la historia de las tragedias provocadas por la contaminación atmosférica: se trata del episodio conocido como el gran smog de Londres (The London Great Smog) de 1952. Corría el mes de diciembre de ese año y las emisiones provenientes de la quema de carbón de un millón de chimeneas se acumulaban como de costumbre en la cuenca atmosférica de la ciudad. Pero en esa ocasión se presentaron algunas condiciones atmosféricas cuya mención nos resulta ahora familiar: la permanencia de un sistema anticiclónico de alta presión con pocos vientos, que provocó el estancamiento de una nata de contaminantes sobre la ciudad.

 

El episodio duró del viernes 5 al martes 9 de diciembre de ese año de 1952, pero en su momento no fue considerado como algo grave porque los londinenses ya estaban acostumbrados a episodios similares. Sin embargo, para el lunes 8 los registros del sistema de salud gubernamental habían contabilizado 4,000 muertes prematuras y 100,000 personas habían sido declaradas enfermas de las vías respiratorias. La revisión posterior de los datos y las circunstancias del caso hizo que las autoridades médicas declararan que el número de muertes provocadas por el episodio de contaminación fue realmente de 12,000. Pues sí, bastaron cinco días sin vientos, con estabilidad atmosférica y muchas emisiones para matar a 12,000 personas y enfermar a decenas de miles más.

 

Visto en perspectiva y considerando los datos disponibles de otros inviernos resulta claro que la situación era grave: durante la misma semana del año anterior y con condiciones atmosféricas bastante mejores, habían muerto 1,852 personas por las mismas razones. Según explicaron posteriormente algunos profesionales de la salud, en ese entonces simplemente no se entendía que una emergencia ambiental pudiera matar más personas que un incidente de guerra. 

 

La reticencia gubernamental a creer que la contaminación atmosférica fuese la causa del alto número de muertes prematuras siguió cobrando vidas algunos años más, y no fue sino hasta 1956, que se aprobaron medidas para reducir las emisiones provenientes de la quema de carbón. El episodio de Londres en 1952 efectivamente sirvió como punto de referencia para empezar a construir el sistema moderno de regulación en materia de salud ambiental.

 

Sin embargo, a seis décadas de distancia y con el respaldo acumulado de centenas de miles de muertes acaecidas en muchas ciudades del mundo, el camino andado por las políticas públicas de protección de la salud parece demasiado corto. Evidentemente hay grandes diferencias, pues hay países bastante más avanzados que otros, pero en general se pude decir que los logros dejan mucho que desear si se les mide por la variedad y magnitud de los costos sociales y ambientales asociados a la contaminación atmosférica.

 

Como ya se ha comentado en otras entregas de esta columna, la evidencia científica de los impactos de la contaminación atmosférica sobre la salud no sólo registra numerosos casos de mortalidad y morbilidad relacionados con los sistemas respiratorios y cardiovasculares, sino que ha demostrado también la relación existente entre los niveles de ciertos contaminantes y el agravamiento de la salud mental, específicamente en padecimientos como ansiedad, depresión, autismo y suicidios. Resulta por demás evidente que el mundo sigue enfrentando un problema grave de salud pública en lo que a contaminación atmosférica se refiere.

 

El caso de México debe preocuparnos no sólo por los niveles de contaminación observados en la megalópolis del centro del país, sino por las tendencias registradas en muchas otras ciudades del interior de la república. Algunos de los casos que requieren atención inmediata son, por lo menos, los de las ciudades de Juárez, Mexicali, Monterrey, Querétaro y Guadalajara, en donde las concentraciones de partículas PM10 y PM2.5  suelen ser altas y pueden llegar a niveles peligrosos.

 

Seguiremos por lo tanto insistiendo en la necesidad de atender con rigor y recursos suficientes el tema de la calidad del aire, pues tenemos abundante evidencia de que la contaminación atmosférica sí mata, y todo indica que lo seguirá haciendo por muchos años más.

 

@lmf_Aequum 

@OpinionLSR

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