Opinión

La toma de las calles, ayer y hoy

La polarización es así el sello de la reacción ante la politización de las calles. | Fausta Gantús*

  • 12/12/2020
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A lo largo del tiempo, pero especialmente desde la segunda mitad del siglo veinte, las calles han sido por excelencia el espacio para las manifestaciones ciudadanas que responden a diversas preocupaciones: sociales, económicas, culturales, políticas... Las y los mexicana/os han salido a demandar derechos y exigir atención y respuestas a los mismos; a apoyar o solidarizarse con determinadas causas, personajes o partidos; a protestar por cuestiones electorales; a denunciar injusticas, abusos, violencia…, la lista es larga. En los últimos años, uno de los temas que más ha ocupado la atención de los políticos y de la sociedad ha sido precisamente el del uso del espacio público como escenario de las expresiones ciudadanas. Desde el poder, de diversas formas se han impugnado y se han querido invalidar algunas voces, algunas protestas, como es el caso, por ejemplo, de las protagonizadas por las mujeres, quienes mejor se han organizado y más claramente se han expresado, y que han salido a denunciar la violencia de género en la que viven inmersas.

La crítica situación de salud internacional provocada por la presencia del covid-19 puso freno a una ola que venía cobrando fuerza, empeñada en recuperar las calles como territorio de la ciudadanía, territorio que desde otras esferas se le quiso confiscar. La actuación de estos colectivos y de otros grupos que han ocupado el espacio público ha provocado una serie de reacciones y posicionamientos contrapuestos. Desde el poder, en los medios de comunicación y entre la sociedad hay quienes los apoyan o reconocen al menos su validez, su legitimidad y su derecho de expresión; en el extremo contrario hay quienes tienden a descalificarlos, estigmatizarlos, repudiarlos o, de plano, según el caso y la demanda, a ridiculizarlos, ya por sus pretensiones políticas, ya por sus demandas o por las formas de exteriorizarlas, en ocasiones hasta por el origen socio-cultural de quienes lo integran. La polarización es así el sello de la reacción ante la politización de las calles.

Algo similar sucedía en el año de 1892, cuando las descalificaciones mutuas entre grupos situados en puntos extremos del espectro político, condujo a la disputa por la apropiación y control de la calle, y el derecho a expresarse en ellas. En efecto, en ese año por vez primera las mismas fueron ocupadas por grupos opositores al gobierno de Porfirio Díaz que criticaban su reelección. Ciertamente el uso de las calles como arena política no era nuevo, se habían ocupado desde mucho antes con manifestaciones de apoyo al gobierno en turno; las marchas operaban entonces como una estrategia para mostrar el consenso y la unidad nacional. También anteriormente fueron usadas para darle cauce a la inconformidad y para hacer la oposición, pero la diferencia con 1892 es que en tanto en el pasado esas manifestaciones estuvieron marcadas por el uso de la violencia y caracterizadas por el desorden en esta ocasión se hizo de manera organizada y planeada, con sentidos y objetivos claros, valiéndose de medios pacíficos. En ese contexto y sentido 1892 fue disruptivo e inauguró una forma de hacer política desde la oposición.

El año de 1892 atestiguó así el nacimiento de un movimiento antirreeleccionista encabezado por estudiantes y nutrido de un amplio contingente de trabajadores –obreros y artesanos–, que contaron con el apoyo de un sector de la prensa, que hizo públicamente frente a las pretensiones presidenciales de Díaz. Si bien no lograron articularse lo suficiente para presentar una candidatura opositora, porque empezaron a organizarse muy cerca de la fecha en que se celebrarían elecciones y porque no encontraron ningún personaje destacado dispuesto a hacer frente al General, lo relevante de su presencia fue el hacer patente las fisuras de la unidad nacional, desvelando que en México no todo era paz y que la juventud estaba preocupada por la política. Como ninguno antes, ese movimiento evidenció que una parte de la sociedad no estaba conforme con la reelección. Especialmente su presencia fue y es importante porque esas movilizaciones marcaron el nacimiento de la política callejera en la, ahora con mayúscula, ciudad de México. Esa misma que hoy la recorre de nuevo. Esa misma que nunca ha dejado de recorrerlas desde entonces.

De eso, y algo más, trata el libro La toma de las calles. Movilización social frente a la campaña presidencial. Ciudad de México, 1892, escrito por Florencia Gutiérrez, Alicia Salmerón y quien esto suscribe, publicado por el Instituto Mora en el presente año. Esta publicación verá en las próximas semanas su aparición en las mismas calles que le han dado pretexto para existir.

*Fausta Gantús. Investigadora del Instituto Mora (CONACYT) y profesora de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Especialista en historia política, electoral, de la prensa y de las imágenes. Es autora de una importante obra publicada en México y el extranjero, entre las que destaca su libro Caricatura y poder político. Crítica, censura y represión en la Ciudad de México, 1876-1888. Ha coordinado varios libros sobre las elecciones en el México del siglo XIX.

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