Opinión

La salud emocional y el derecho a las palabras

Ejercer su derecho a las emociones y a las palabras, sin que eso sea vivido por los adultos como una amenaza. Lee a Teresa Priego

  • 28/11/2017
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Cada vida y cada infancia están llenas de frustraciones, no podemos imaginarlo diferente; no es el sufrimiento provocado por la frustración lo que causa daño, sino vivir, por parte de los padres, la prohibición de articular y expresar el sufrimiento

Alice Miller

Alice Miller dedicó su entera vida al análisis del maltrato infantil y sus consecuencias en la adolescencia y en la vida adulta. ¿Cómo ayudar a esas personas que padecen daños interiores que no son capaces de nombrar y en tantísimas ocasiones ni siquiera reconocen? ¿Cómo apoyarlos para que vayan pudiendo escucharse?

Llamó “Pedagogía negra” a esas formas de educación en las cuales los niños son humillados, sometidos, “domesticados”, con el pretexto de: “Es por tu bien”.

Familias en las que las/os niñas/os no tienen derecho a expresar sus emociones, a opinar sobre circunstancias que los conciernen de maneras muy íntimas. Adultas/os que repiten al acompañar a sus hijas/os las violencias no nombradas de las que a su vez fueron víctimas.

Pedagogía negra


Desde la “Pedagogía negra”, es “normal”, que una madre o un padre se refiera a sus hijos de maneras ofensivas y descalificadoras. “Eres un inútil”, “No sirves para nada”, “No vales nada”. “No eres lo que yo esperaba”, “Me desilusionaste”, “Por causa tuya no soy feliz”.

Es “normal” que los padres y las madres culpabilicen a sus hijos.

Es “normal”, que les “cobren” sus dificultades en su vida de adultos.

Es “normal” considerar que un hijo “salió malo”, así, como si un bebé fuera una máquina con problemas de fábrica. Y que es un “mal hijo”, si no se somete (a la edad que sea) a lo que los padres desean.

También es, por supuesto “normal”, no escucharlos.

La psicoanalista Dolto daba un ejemplo muy concreto de lo que significa dar un espacio para la expresión de los deseos de un niño. No se trata de concederle todo lo que quiere, ni de ofrecerles la fantasía inadecuada de que no existen los límites, sino de respetarlos como personas.

En el ejemplo de Dolto, un niño manifiesta su deseo de un juguete que ve en una vitrina. Un trenecito. La madre le dice que no puede comprárselo. El niño se siente frustrado. La madre le pregunta: ¿qué te gustaría hacer con ese trenecito? ¿Cómo jugarías con él? El niño comienza a imaginar y verbalizar lo que haría si el juguete fuera suyo.

Y allá van ambos, caminando y conversando. La madre no adquiere el objeto, pero le ofrece a su hijo algo mucho mejor: el reconocimiento y la validez de su deseo. Legitima y abraza su derecho a desear.

El deseo es el más intenso motor de vida de los seres humanos. Deseo de amor, de reconocimiento, de acogida, de escucha. Que un niño obtenga una mala nota en la escuela, no puede traducirse en un ataque contra la persona que es. Sólo significa que tiene un problema con las matemáticas, o con la geografía, o con la lectura. Eso no lo convierte en un “malagradecido”, “fracasado”, “haragán”.

No es la humillación, sino la confianza en sus dones, lo que le permitirá adquirir las herramientas para estructurarse.

Para sentirse amado y aprender a amar.

Cuando un niño necesita manifestar lo que siente, es bueno escucharlo.

No podemos aplicarles la ley mordaza y después decir: “Es un berrinchudo. No sé qué le pasa. Va de berrinche en berrinche”. Pues para saber qué le pasa, sólo tenemos que preguntárselo. Los niños saben explicarse muy bien, y muy pronto. 

Violencia que legitimiza


Hay formas de educación que legitiman la violencia de madres y padres contra sus hijos, porque ni siquiera se reconoce que esas formas sean violentas.

Burlarse de un niño, criticarlo en público en lugar de tomarse el espacio para conversar con él en privado, darle una bofetada, un pellizco, referirse a él con palabras ofensivas, amenazarlo; es violencia.

Si una analiza las diferencias abismales entre un adulto y un niño y los niveles de dependencia en los que ellos se viven ante sus adultos tutelares, la enorme necesidad en la que viven de ser amados y reconocidos, nos queda claro lo que puede significar un:

“Si no te portas bien te voy a regañar”, o “Si no te duermes te lleva el Coco”.

La amenaza del Coco puede ser bastante “eficaz” (en términos meramente prácticos y para beneficio de los padres): si el niño no se logra dormir, es probable que se quede silencioso y aterrado entre sus sábanas. Pero, cuánta soledad, cuánto abandono se siente debajo de esas sábanas.

La regla era obedecer a ciegas


Cuando era niña, los cinturonazos eran bastante comunes. Sobre todo en la “educación” de los hijos varones.

Entonces, la regla máxima era obedecer a ciegas, a sordas y al instante. Preguntar, ¿por qué tengo que hacerlo? O ¿por qué no puedo hacerlo? Era considerado un acto de rebeldía y una falta de respeto. “Porque te lo digo yo”. Y punto.

Este: “Te lo digo yo”, así sin más, casi implicaría que los adultos jamás se equivocan, que sus órdenes siempre responden a los motivos y a las reflexiones más sanas y loables y que ellos siempre, sin falla, saben qué es “lo mejor para sus hijos”.

También era impensable decir: “Me estás lastimando”, “Me duele lo que me dices”, “¿Por qué me tratas así?” Un: “Me lastimas”, significaba cuestionar no solo la autoridad, sino la imaginaria infalibilidad de los adultos.

“Es por tu bien”. Era como si todo aquello que una deseara decir o compartir, tuviera que quedarse oculto en una cajita. Postergado. Oculto. Negado. 

Cada adulto carga una historia


Nos equivocamos, y mucho. Cada adulta/o carga con una historia, con conflictos, con dolores, con traumas.

Si lo aceptamos podemos ser un poco más humildes.

Una madre asustada ante la pubertad de su hija comenzó a decirle: “Si andas en la calle te van a violar y vas a acabar de prostituta”. “No te quedes platicando afuera con ese muchacho, van a pensar que eres una prostituta”. Así, con sus variantes. ¿Qué estaba haciendo? ¿Protegiendo a su hija, o haciéndola cargar con sus propios fantasmas? ¿Protegiéndola, o vengándose en ella de su propia femineidad y de sus miedos no resueltos?

A los 20 años esa hija comenzó a padecer una fobia que fue creciendo hasta impedirle salir a la calle.

Atravesar el umbral se convirtió para ella en una tortura. Taquicardia, asma, sudoraciones. Miedo a ser atacada hasta en las circunstancias más seguras. No relacionaba sus niveles de angustia con las frases de su madre. Hasta que poco a poco pudo lograrlo.

Hablar. Regresar a esos momentos, cuando escuchaba amenazas que se convertían sin que ella se diera cuenta, en “un destino”, hasta que pudo entender que su madre le transmitía un sufrimiento muy intenso que era el de ella, la madre. Hasta que pudo procesar que las palabras de la madre no eran “su destino”.

"La experiencia nos enseña que, en la lucha contra los daños psíquicos, únicamente disponemos, a la larga, de una sola arma: encontrar emocionalmente la verdad de la historia única y singular de nuestra infancia", escribió Alice Miller.

La dificultad de vivir


Existe para todos. Y los niñas/os tienen derecho a expresarla. Es injusto cuando le respondemos a un niño que quiere compartirnos su malestar: “¿Qué te pasa? Problemas, los míos, tú lo tienes todo”. Es en el sentirse reconocido en sus emociones donde un niño se aprehende en su dignidad humana.

En algunas familias el imperativo de “somos muy felices” es tan intenso, que termina siendo un “pobre de ti si manifiestas tu desacuerdo, tu tristeza, tu desconcierto. Pobre de ti si te opones al ideal irrealizable que te impongo”. Y “la familia perfecta”, sonríe para la foto sin que nadie se de cuenta de que un pequeñito fuerza una sonrisa, mientras mira hacia otro lado con sus ojos tristísimos.

Qué solos, qué terriblemente solos se van qudando las/los niñas/os en las “familias perfectas”. Esos mismos niños que luego no se entiende por qué no duermen, por qué no tienen ganas de comer, por qué no pueden concentrarse en la escuela.

Esos que lo único que desearían es ser escuchados y comprendidos.

Ejercer su derecho a las emociones y a las palabras, sin que esa “verdad” que necesitan verbalizar, sea vivida por los adultos como una amenaza.

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