Opinión

La represión y la sordera emocional

Hay personas que no escuchan. Casi nunca. Podemos escucharlas repetir las mismas frases, los mismos juicios y prejuicios a través de los años

  • 05/09/2017
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Hay personas que no escuchan. Casi nunca. Podemos escucharlas repetir las mismas frases, los mismos juicios y prejuicios a través de los años formulados casi de idéntica manera. Ese interminable parafraseo de lo mismo. Hay personas que eligen vivir como si nada cambiara, nada se moviera, como si de todo lo que se puede aprender en la vida, no retuvieran sino aquello que los sostiene hacia adentro de sus defensas, sus corazas, sus certidumbres como bloques de granito. Como si aprehender maneras distintas de concebir el mundo, la conversación, los vínculos, representara una amenaza mayor. ¿Cuál es la amenaza? Cuestionarse. Algo. Lo que sea. Como si en el más mínimo cuestionamiento se les jugara, no un deseo de acercarse, un rasgo de personalidad, un hábito que quizá es transformable, sino todo su ser. Completito.

Y la vida se empobrece, necesariamente. La rigidez los guía. Pero, ¿hacia dónde? A conservar todo exactamente “en su sitio”. Creen a ciegas en ese “Yo” desde el que hablan. Vivir como si el inconsciente no existiera. Curioso. Quizá los niveles de represión con los que se deslizan por la vida son unas de las pruebas más rotundas de que sí existe. Hay que proteger a un Yo fragilísimo, inestable, que lidia con enormes dificultades para mantener a raya los deseos, las emociones oscuras, las dudas, los miedos. Hay que corresponder a un Yo ideal insostenible. ¿Cómo lograrlo? Colocándose en el espacio de la “perfección”. Siempre tienen la razón, porque no tenerla les produciría demasiada angustia. Sus elecciones son las mejores, las únicas posibles. La elecciones de los otros no son percibidas como las diferencias a las que cada ser humano tiene derecho, sino como hostilidad y/o violencia. “Si no piensa, vive, decide como yo, me está atacando, puesto que con su vida me dice que la mía está equivocada”.

Interesante y doloroso el nivel de especularidad que implica esa sensación de “ataque”, ese pánico ante la alteridad, que puede conducir al fanatismo. Algo falló en el proceso de maduración emocional, en el de diferenciación. Los otros entonces, sólo pueden considerarse como espejos sometidos al cumplimiento de diversas funciones. Aquellos comisionados a regresarles la imagen ideal que les es indispensable, o aquellos en quienes proyectarán lo que es suyo y no pueden soportar, porque les parece demasiado oscuro. Si la “Bondad”, la “Verdad”, la “Superioridad Moral”, (cada vez con mayúsculas) es lo suyo,  ¿qué hacen con su agresión, por ejemplo? Proyectarla. La posibilidad de reprimir sus emociones pasa por este mecanismo (¿no es cómodo?) “todo lo maravilloso es mío, todo lo “malo” está en él/ella”.

 ¿Qué sería “lo malo”?

Eso depende de la persona en particular. Suele ser arbitrario. Quizá un ejemplo bastante común es el de las mujeres que pierden gran cantidad de tiempo ocupándose y juzgando la vida de otras mujeres, concentrándose de manera específica y hasta obsesiva en sus sexualidades. Hablan, juzgan, se apasionan, colocan una cantidad extravagante de energía en sus juicios. Juicios superficiales, helados en su manera de considerar a la mujer en cuestión, pero muy apasionados en sus tonos. ¿De qué se están salvando? ¿Qué deseos escondidos intentan reprimir? ¿Por qué las elecciones de otras mujeres las llaman a una especie de cruzada enfebrecida y repetitiva? La vastedad de la experiencia humana se reduce lo más posible, no importa lo que la otra persona siente y vive, lo único indispensable es engrasar un mecanismo de defensa.

¿A qué se reduce la experiencia? A reprimir. Lo más que se pueda. El mundo se hace muy pequeñito y monocromático. “Yo jamás querría ser como ella/él, nunca, primero muerta/o”, etc. Y es tanta la insistencia que llega un momento en el que de veras nos preguntamos si tanta negación no nos conduce exactamente a sus contrarios. La desmentida freudiana. Y la necesidad de detenernos en otro de los rasgos de las personas “perfectas”: la envidia muy intensa. “No te parece extraño que hayas vivido tanto tiempo en Alemania, es muy sospechoso, yo jamás lo hubiera hecho”, le decía un hombre a su hermana. Apretando los dientes, por supuesto. ¿Qué tendría de sospechoso en sí mismo? Nada. ¿Por qué una elección de vida simplemente distinta tendría que ser llevada a juicio? ¿Quién le pide a él que lo haga? Hay algo en la diferencia que le resulta insoportable, como una amenaza grave. La envidia lleva a convertir los logros de otra persona en elecciones dudosas y oscuras. Sus fortalezas en defectos. Sus capacidades en taras. Es uno de los mecanismos recurrentes en las personas “perfectas”, porque para sostenerse en la “superioridad”, todo lo que a ellos les puede parecer que brilla, tiene que ser suyo. Y si no es suyo, está muy mal.

Cuánto miedo. Cuánto dolor encubierto, tapado, silenciado. Cuánta energía invertida en no escuchar casi nada de ellos mismos. Casi nada de los otros. Todo se mueve, cambia. Ellos afirman que no. Es necesario entonces enclaustrarse en mundos lo más reducidos posibles e imponer hasta el infinito la repetición. Ellos ya saben quiénes son, quiénes han sido y quienes serán. Ellos saben quiénes son los otros, quiénes han sido y quienes serán. Heráclito era un gran tonto. El agua siempre es la misma. Nada fluye, nada corre, nada es distinto. El agua se estanca. Mantener un “orden” que protege de la fragmentación, del caos interior. Un orden implacable, triste, sordo. Un orden que condena al silencio de lo que podría ser importante. Pánico ante las palabras que indagan. Guardar silencio ante lo que importa. Dar vueltas como galeotes alrededor de la “mismeidad”. Cuando la represión ya no es eficaz, porque sucede: proyectar. ¿Funciona? Pues parece que sí. Depende qué entiende cada una/o, por “funcionar”. Depende si una/o desea reducir su vida y la de los otros a la “funcionalidad”. Quizá la fantasía de evitar “el abismo” de escucharse conduce hacia peores abismos. A cada quien de indagar y elegir. 

@Marteresapriego