Opinión

La relación ambiental en América del Norte

Gustavo Sosa Núñez

  • 11/06/2017
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En estos días se está negociando el contexto en el que quedará el comercio de azúcar entre México y Estados Unidos (EU). Se había dicho que las posturas que tomaran ambos gobiernos y los resultados que se obtuvieran servirían de antecedente para dar una idea sobre la forma – y el fondo – en el que se llevará la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), a iniciar en agosto. Al momento de escribir estas líneas, sabemos que encontraron puntos de acuerdo que satisfacen a los gobiernos, no así a algunos actores – productores – involucrados.

Como en toda negociación, hay que ceder posturas para encontrar puntos de acuerdo. Nada nuevo hay en ello. Pero esta experiencia recuerda la necesidad de negociar las condiciones en las que se quedará la cooperación en materia ambiental en América del Norte, y que se desprende de dicho acuerdo comercial.

Del otro lado del Río Bravo, el gobierno en turno ha pensado que para “hacer grande a EU otra vez” (Make America Great Again) se deben relajar las políticas ambientales pues, según su juicio, obstaculizan el comercio, el desarrollo de la industria, y la generación de empleos. Ya se trabaja en ello desde múltiples frentes. La intención de reducir el presupuesto de la Agencia de Protección Ambiental (EPA, en inglés), la aprobación de oleoductos previamente vetados (Dakota Access y Keystone XL), la revocación de reglas que prohibían a compañías mineras verter residuos en arroyos locales, la cancelación de reportes sobre emisiones de metano, la revisión a la veda impuesta a la exploración de combustibles fósiles en aguas profundas del Océano Atlántico y cerca de Alaska, así como la revaloración de la industria del carbón, son ejemplo de la dirección de política “ambiental” adoptada.

Esto suena congruente si lo que se busca es la preservación del statu quo, el famoso “business as usual” que se apoya fuertemente en la generación y el consumo incesante de combustibles fósiles. Pero fueron 23 disposiciones ambientales de diversa índole que fueron modificadas negativamente durante los primeros 100 días de la actual administración. Y contando. Incluso la ciencia ha sido cuestionada. No sorprende el retiro de Estados Unidos del pacto climático mundial – que tampoco es la panacea, sino solo un primer paso con buenas intenciones de la mayoría de la comunidad internacional para intentar salvar al planeta, mitigar efectos y, por lo menos, adaptarse a ellos.

Por su parte, México ha presentado credenciales de actor responsable en temas ambientales y climáticos a nivel internacional. Ya van dos administraciones federales vendiendo el tema. Entonces, el ciudadano de a pie supondría que México está dando seguimiento puntual a la cooperación ambiental que sostiene con quien ha mostrado desdén por la naturaleza. Dicha cooperación data de tiempos añejos y fue reforzada con el TLCAN, al surgir un Acuerdo de Cooperación Ambiental para América del Norte (ACAAN). Entonces, al renegociar el TLCAN, forzosamente se tiene que discutir la situación de la cooperación ambiental – aunque sea para retirarla de la mesa. En esta tesitura, es de importancia mayúscula conocer la postura de México, a fin de incorporar al sector ambiental en las negociaciones. Que “el cuarto de al lado” incluya no sólo a empresarios.

Al menos en público, nadie está abordando el tema. Si bien esto no sorprende en la Administración Trump, es importante que México se defina sobre la postura a seguir; posiblemente abriendo la participación pública. Omitir hablar del tema abona a la incertidumbre. Existen recursos y un entramado institucional que requieren valoración a futuro, así como planeación y proyectos en el futuro inmediato. Es ahí donde México tiene que definir su postura. Un gobierno mexicano que negocie temas ambientales con quien desdeña al ambiente – independientemente de que la razón sea netamente comercial – podría posicionarse fuertemente; no sólo en el presente, sino en los anales de la historia. ¿Será el caso?

Canadá podría ser crucial en todo esto. Pero el actual Primer Ministro parece preferir que los temas ambientales se mantengan al margen de la interacción regional. Entonces, se presenta una oportunidad única para que México se posicione en el escenario internacional. Se presume la función de intermediario entre países desarrollados y en vías de desarrollo para temas climáticos, pero tomar la batuta en una negociación de este tipo permitiría a México jugar un papel trascendental en la transición a un orden mundial diferente; uno que apueste por la transición energética, la economía circular, y la estricta implementación de la política climática que orgullosamente se presenta en foros mundiales.

Habrá quien argumente que la relación es asimétrica y que, por ende, México está en una situación de desventaja. Quizá esto suceda en determinados rubros comerciales, pero se anuncian acuerdos – como el correspondiente al azúcar – y los ámbitos ambiental y climático ofrecen una ventana de oportunidad. El mundo entero vería esto con buenos ojos. ¿Se aceptará la oferta de liderazgo que ofrece la circunstancia?

@gssosan

@institutomora

www.mora.edu.mx

Gustavo Sosa Núñez

Es profesor–investigador adscrito al Programa de Investigación en Cooperación Internacional, Desarrollo y Políticas Públicas del Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, centro público de investigación del CONACYT. Es Doctor en Ciencia Política por la Universidad del East Anglia, Reino Unido. Sus líneas de investigación refieren al estudio de políticas ambientales, enfatizando en la calidad del aire.

 






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