Opinión

La receta del diablo

Inflación alimentaria, energéticos caros y salarios bajos | Leonel Ramírez Farías

  • 05/03/2018
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Suele decirse que la inflación actúa como un impuesto cruel y despiadado porque afecta con mayor rudeza a los hogares pobres. La frase no es original de Agustín Carstens, como algunos piensan, la acuñaron varios economistas de perfil monetarista a mediados de los setenta. Soy partidario de la idea de que el desempleo es más perjudicial al bienestar, pero no hay duda de los efectos injustos y negativos de la inflación, que destruye riqueza y reduce el poder adquisitivo de los salarios.

En 2007/2008 se registró un alza mundial de precios en casi todos los productos básicos[1]. En un solo año subieron más del 50%. Después de una caída en 2009/2010, los precios volvieron a repuntar en 2011. Desde entonces ya no se ha presentado un alza como la de esos años. Pero no han dejado de subir ni han regresado a los niveles observados en los noventa. Ya no preocupa tanto su volatilidad, como su elevado nivel.

En 2017, México fue el país, dentro de la OCDE, en el que se incrementaron los precios de los alimentos. Ocupó el segundo lugar con la mayor inflación alimentaria (7.0%), seguido de Turquía (12.7%). Y el más alto, si lo comparamos con algunos países seleccionados fuera de la OCDE como Brasil, Rusia, Colombia, Indonesia y China.


No solo fue en 2017. Durante los últimos tres años hemos mantenido este oprobioso cuasi-liderazgo, confirmándolo en el mes de enero de 2018, con una inflación que creció alarmantemente a 8.6 por ciento.

El tema es mórbido y ubica al país en una tendencia hacia la pauperización de la clase trabajadora, no solo la del campo, sino también y, con más fiereza, de la urbana, compradora neta de alimentos.

El Índice Nacional de Precios al Consumidor (INPC) de México, se compone de 283 conceptos genéricos. De estos, 108 son considerados productos alimenticios o agropecuarios; 68 son Alimentos, Bebidas y Tabaco (ABT) y contabilizan para el cálculo de la inflación subyacente; los restantes 40, un total de 32 frutas y hortalizas y 8 de origen pecuario, forman parte de las estimaciones de la inflación no subyacente. De acuerdo con sus ponderadores, los bienes agroalimentarios representan 23.29% del INPC. Esto significa que si el promedio de los precios de los genéricos agropecuarios creciera en 10% y los precios del resto de la canasta se mantuvieran constantes, solo impactarían en 2.33% en el índice general y en 1.48% a la inflación subyacente.

En el siguiente cuadro aparecen 15 de los alimentos y productos agropecuarios más relevantes por su importancia en el gasto de los hogares. La carne de res (con un ponderador de 1.79), así como las tortillas (1.58), son los líderes del conjunto. Con ponderadores mayores a uno están también la cerveza, leche, pollo y los refrescos. La carne de res, que posee el ponderador más alto, forma parte de los bienes no subyacentes, pero no así la tortilla. Por ende, el incremento reciente que hemos observado en el precio de esta última preocupa al Banxico, pero no el de la carne de res ni el de la de cerdo.

Llama la atención que los cigarrillos y el agua embotellada figuren entre los 15 principales.


A mayor inflación, más hogares pobres

El Coneval lanzó hace unos días una alerta sobre el deterioro del poder adquisitivo del salario y su impacto en la pobreza. Los hogares se consideran pobres si sus ingresos se ubican por debajo del valor de una canasta mínima de bienestar. De acuerdo con el Índice de Tendencia Laboral a la Pobreza diseñado por el Consejo, en el último trimestre de 2017, 50.8 millones de personas (41% de la población) no pudo adquirir los bienes y servicios de dicha canasta básica. Esta incluye en su mayoría alimentos frescos y procesados (actualmente 52% del valor de la canasta rural utilizada son alimentos en diversas formas). Todo a raíz del incremento que tuvieron durante 2017 los alimentos en México.

> Índice de tendencia laboral de la pobreza

Los alimentos vienen creciendo por arriba de la inflación general

El incremento de los precios de los productos agroalimentarios de finales de 2011 a finales de 2017 ha sido un factor detonante del crecimiento de la inflación general, tal como se observa en la gráfica 1. Presentan mayor volatilidad, pero conviene no perder de vista que los mismos no han cesado en su crecimiento. Por tanto, hay elementos para pensar que existe una especie de “inflación persistente” en materia de productos agroalimentarios. Es decir que su crecimiento está sustentado, en el largo plazo, más en los costos crecientes que en los vaivenes de la oferta y la demanda. Es probable, y lo planteo a manera de hipótesis, que los precios de los energéticos están impulsándolos.


El costo de los energéticos: la raíz del problema

Con una variación promedio de 15.8% en 2017, los consumidores mexicanos tuvieron la mayor inflación de los energéticos de entre los 35 países de la OCDE que, en promedio registraron una del 6.9 por ciento.

En la siguiente gráfica se compara el crecimiento de los precios de los energéticos contra los agroalimentarios, mostrando su evidente variabilidad, pero también su tendencia secularmente creciente, llegando inclusive a niveles cercanos al de los productos agropecuarios.

Si hacemos un comparativo de la inflación se confirma lo que vengo mencionando. De julio de 2002 a diciembre de 2017, la inflación más alta fue la de los energéticos (174.5%); le siguió la de productos agropecuarios (150.1%); y en tercer lugar la de ABT (126.9%). No obstante que la energética creció más, su incidencia en la inflación general fue menor (contribuyó con el 13.1 pp al crecimiento de 89.3% en dicho periodo), en tanto que la alimentaria, sumando ambos componentes, resultó en 29.2 pp. Esto, sin embargo, puede ser engañoso, pues es probable que el precio de los energéticos haya influido en el crecimiento del precio de los productos agroalimentarios por el lado de los costos. El uso de energía para la producción, procesamiento, almacenaje y transporte de alimentos se ha intensificado, en especial los frescos y los cárnicos.


Lo anterior quizá explique por qué los precios de los productos frescos como las frutas y hortalizas, así como los pecuarios, como la carne, subieron a mayor velocidad que los ABT, en su mayoría productos procesados (150.1% vs 126.9%). Los productos frescos y las carnes son más intensivos en el uso de la energía eléctrica, además del transporte que en México se hace básicamente por camión, cuyos costos son muy sensibles al precio de los combustibles.

Información más detallada confirma igualmente lo anterior. Fueron los productos altamente intensivos en el uso de energéticos como las vísceras y la carne de res, el huevo, el camarón, el pescado y el huevo, entre otros productos de origen pecuario, los que más crecieron respecto a las frutas y hortalizas.


Las alzas en el precio de los energéticos se traspasan también a los costos de los productos primarios mediante muchas vías. El precio de los fertilizantes depende de las cotizaciones del petróleo. En cultivos de riego, los costos de la electricidad por el bombeo del agua, han llegado a ser prohibitivos.

Bajos salarios e inflación alimentaria: el cóctel de la miseria

No solo se lidera en materia de alta inflación alimentaria y de los energéticos, sino también en el deterioro de los salarios. La combinación fatal.

De acuerdo con el informe "Incumplimiento con el salario mínimo en América Latina", México se ubica en la última posición en la evolución del salario real en la región, registrando una caída del 12 por ciento. Esto, no obstante, el último aumento al salario mínimo el 1 de diciembre de 2017, donde pasó de 80.04 a 88.36 pesos diarios.

El mercado laboral de México se mueve hacia la pauperización del salario. Ciertamente el número de empleos formales ha crecido, pero ha sido en el segmento de aquellos que perciben entre uno y hasta dos salarios mínimos, el cual aumentó 4.6 millones entre 2007 y el 2016.

La crítica cardinal al modelo de desarrollo del país es la exacerbada inclinación a la estabilidad macroeconómica basada principalmente en la contención de la inflación, utilizando como anclas nominales el tipo de cambio y el salario. Poco o nulo énfasis en el crecimiento del empleo. Dado que el empleo no crece a tasas deseables, el mercado mantiene deprimidos los salarios reales.

El Banco de México decidió adoptar en 2001 el régimen de “inflación objetivo” y logró un relativo éxito al mantenerla en alrededor del 3 por ciento. Hoy la inflación de los alimentos se mantiene como uno de los principales riesgos de que la meta inflacionaria no se alcance para los próximos años.

En un documento de investigación del Banco de México publicado en abril de 2016[2] se alertó sobre el riesgo que la tendencia de los precios de los alimentos generaba en la inflación general. Mediante un modelo novedoso aplicado a todos los productos de la canasta agropecuaria se concluyó, entre otros aspectos, que en el período del “súper-ciclo de los commodities” (2006-2014) la tendencia hacia la volatilidad de los precios disminuyó, pero la persistencia de los mismos creció. Y anticipaba que productos como el aguacate, el pollo y el frijol podrían resultar “problemáticos”.

Pero, insisto. La responsable no es la inflación de los alimentos, es la de los energéticos.

Hacia adelante las perspectivas no son alentadoras. El crecimiento de los precios de los energéticos se dio en un contexto de precios bajos del petróleo. Pequeña ironía: ahora que la economía mundial se recupera, también lo hace el precio del crudo. Nuestra alta dependencia energética y la volatilidad cambiaria se pueden combinar para ofrecernos un escenario atroz en el corto plazo.

La solución no es cómo contener los precios de los energéticos con más subsidios o contener los precios de los alimentos con “pactos”. Esto solo compra tiempo.

Renovar la senda del crecimiento exige mejores salarios, entre una de varias medidas importantes. La mejora de los salarios y mayores oportunidades de trabajo son esenciales para destrabar la economía nacional del tapujo en el que se encuentra.

Lee también: Exportaciones vs dependencia

@OpinionLSR | @lasillarota


[1] Los precios en realidad empezaron a mostrar crecimientos inusuales desde el 2006. Por otro lado, ya en 1973 y 1995 se habían dado incrementos abruptos de los precios internacionales. A raíz del primer suceso, la FAO creó el conocido Programa Mundial de la Alimentación (PMA) y como consecuencia del segundo, fue que la FAO redefinió su concepto de seguridad alimentaria.

[2] (http://www.banxico.org.mx/publicaciones-y-discursos/publicaciones/documentos-de-investigacion/banxico/%7BCC4EDFF8-B41B-5973-202D-02BC3E5DBB13%7D.pdf).







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