Opinión

La rabia y la maledicencia

La maledicencia habla bastante más de quien la ejerce, que de la persona a quien intenta devastar.

  • 14/10/2014
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¿Cuál es ese dolor, cuál es, el que lleva a una persona a hablar de otra persona como si se refiriera a una “cosa” desechable? ¿Cuál es esa rabia, cuál es, la que lleva a una persona a desvirtuar la realidad, otorgarle tintes siniestros, en aras de descalificar a otra/o? ¿Cuál es ese resentimiento, cuál es, el que nos lleva a describir a una persona a la que conocemos, con la que tuvimos algún tipo de relación, como si fuera la encarnación absoluta de los peores defectos sin nada que sea bueno en ella?

 

¿Por qué nos ensañamos con personas que en tantas ocasiones ni siquiera actuaron daño alguno en nuestra contra? ¿Cómo sucede que expidamos (a grandes velocidades) juicios e imaginarios “datos duros” con respecto a eso que suponemos que es/fue la vida de otra persona? Es un asunto de maneras de frasear, tonos de voz. Excesos.

 

Hay personas que no nos gustan, con las que no coincidimos, hay personas que nos dañan o nos dañaron,  ser dañadas/os produce enojo, tristeza, dolor. Es cierto.

 

Pero, es otra cosa ese momento en el que con nuestras palabras atravesamos la delgada línea roja y ya no estamos nombrando un conflicto, sino intentando destruir al otro.

 

Hay una enorme diferencia entre el dolor y el enojo ante las acciones del otro,  y ese deseo de “destruirlo” en términos simbólicos. Como si semejante cosa fuera posible. Una/o no destruye al otro con palabras, pero si puede infligirle muchísimo daño. Muchísimo, en algunos casos. Ni un arañazo, en otros casos, en donde la/el “perseguida/o” con palabras, avanza tranquilamente y ni siquiera se da por enterada/o.

 

Pero más allá de lo que pueda “lograrse” en el acto de denigrarlo, me pregunto, desde el lugar de quien lo hace: ¿cuál sería el sentido de sostener y alimentar la rabia? ¿Por qué estaríamos dispuestos a sostener o hasta inventar “versiones” de hechos que quizá nos fueron cercanos, o tantas veces ni siquiera? Nada nos consta, pero hablamos, describimos casi como testigos presenciales, avanzamos juicios rotundos.  Aún en el caso de aquello que nos “consta”, ¿qué sabemos en realidad? ¿Por qué nos urge hablar como si supiéramos? ¿Por qué ir de mesa en mesa repitiendo y agregándole a eso que queremos pensar que sabemos de la vida de los otros?

 

Creo que todas/os hemos vivido esa incomodidad, esa tristeza, ese desconcierto, cuando escuchamos a personas que nos son cercanas, queridas o estimadas, colocando su furia de vida, en la vida de otro.  Cuando percibimos ese ataque a rajatabla, sin la más mínima acotación, ni el más mínimo matiz. Allí en donde una/o comienza a decirse: “Esto es ya un juicio sumario, este intento de devastar a la otra persona no tiene que  ver con la realidad”. ¿Qué le duele a quien habla? ¿Con qué tiene que ver la urgencia de calumniar, la insistencia para no reconocer en el otro/la otra, virtud alguna?

 

Ante el exceso, una no puede pensar sino que ya ese otro (que a veces conocen mucho, a veces poco, o casi nada) está colocado en el lugar del chivo expiatorio. El “chivo expiatorio” cumple cantidad de funciones en lo íntimo y en lo colectivo. No quiero ahora referirme a los mecanismos sociales y a la manera en la cual el lenguaje discriminatorio y su repetición enfurecida, rabiosa, o muy irresponsable (o todo junto) es  y ha sido –a través de los siglos- el principio, el alimento y la “justificación” de las más terribles cacerías de seres humanos contra seres humanos. Me limito ahora a intentar entender el momento bien concreto (que puede ser repetido a lo largo del tiempo) en el que una persona arma una casi campaña contra otra. Otra a la que en muchas ocasiones, ni siquiera conoce.

 

Algunas veces, en las familias que funcionan como “clanes” particularmente cerrados y como consecuencia excluyentes, el “chivo expiatorio” suele ser la persona que estuvo allí, y por razones o sinrazones decidió alejarse.  También – y es más terrible- puede ser un miembro de la familia al que se percibió como “distinto” a los demás, o al que se le atribuyó ese lugar desde muy pequeño, por motivos que varían de una familia a otra.

 

Con frecuencia hay chivos expiatorios en los salones de clases, en los grupos de trabajo, en esas comunidades en las que se plantea que para mantener la “fuerza” de los vínculos, es necesario perseguir a alguien y denigrarlo. ¿Qué es lo que ahora llamamos bullying, sino el acoso a una persona elegida para victimizarla? “Valientemente” y entre todos. O una persona sola a otra. El acoso cuenta –de entrada- con el silencio de la víctima. Ese acto cobarde de “echar montón”, o de manera individual, de intentar detectar al otro que puede estar en un cierto estado de fragilidad.

 

¿Cómo elegimos como personas y como grupo a nuestro chivo expiatorio, cuando es el caso? Creo que es una pregunta que cada persona necesita hacerse a solas. Una/o solitita/o en su casa.  ¿Cuál es mi relación con esa persona? ¿Por qué me urge avasallarla? ¿De veras “me hizo algo”? ¿Y si “me hizo algo”, puedo analizar nuestra circunstancia y separar argumentos y emociones? ¿”Me hizo algo” porque así sucedió, o me daña el sólo hecho de que esa persona exista, tal y como es, y tenga lo que tiene, aunque a mí jamás me haya hecho nada? ¿De veras ese desencuentro con esa persona amerita las dimensiones de mi rabia? Sola/l ante una/o misma/o. ¿De veras mi conflicto con esa persona fue el “desencuentro” en cuestión, o inflo ese desencuentro como globo aerostático para justificar mi agresión? ¿De dónde viene esa agresión en mí?

 

Una podría preguntárselo porque en términos morales, difamar a otra persona, atacarla de manera insistente, someterla a juicios  sumarios es deshumanizarla e infligirle un daño, o por lo menos intentarlo con pasmosa tenacidad.  Pero quizá antes que todo lo demás, es un hecho que preguntarnos, ¿por qué necesito difamarla? ¿por qué fantaseo con “destruirla”? podría revelarnos cantidad de datos muy importantes que no tienen que ver con el otro, sino con nosotras/os mismas/os.  Quizá allí hay un hilito que jalar que nos lleve a conocernos un poco más: conocer más nuestros deseos, nuestras necesidades, nuestros temores, nuestros dolores y nuestras frustraciones.

 

La maledicencia habla bastante más de quien la ejerce, que de la persona a quien intenta devastar.

 

Quienes crecimos en ciudades pequeñas, conocemos muy bien la función que la maledicencia cumple en términos  de control social. Muy evidente, en el caso de la educación de las niñas y adolescentes, aunque vale –por supuesto- para todos. Aquel que se salga de la norma, será perseguido sin más, aunque en la realidad no haya nada en su actitud y en su conducta que dañe a terceros.  El problema entonces, podría ser no los daños en la realidad, sino en los imaginarios. ¿Cómo vivimos a quien es distinto a nosotras/os?  ¿Acaso nos prueba que hay tantas maneras de vivir y sentir como personas existen y ese “dato” nos es insoportable? ¿Una manera distinta de vivir nos cuestiona con respecto a nuestra propia vida? ¿Por qué?  ¿Y si sentimos que la diferencia “ataca”, sin más nuestro modo de vida, no sería bueno cuestionarnos qué es lo que no nos gusta de nuestras vidas?

 

Con frecuencia la maledicencia es un “desfogue” de nuestra rabia colocada en esa persona, tenga que ver con ella o no. La persona termina utilizada como un pretexto. Usada para fines que no tienen nada que ver con ella: descargar frustración, sentir el oscuro “gozo” de hacer daño, sentirse poderosa/o a costa de otra/o, sentir que una/o sí que sabe vivir del lado “correcto” y luminoso de la acera. Perseguir a otra/o es una manera de decirnos: “Yo sí que valgo la pena y él/ella no”.  Así de absurdo, dado que una no es, ni será un mejor ser humano (con respecto a una/o misma/o) por denigrar a otra persona. Es muy desconcertante la fantasía de poder, la omnipotencia inscrita en el trasfondo del discurso maledicente.

 

Como si alguien dijera: “Yo tengo el poder de destruir, tengo el poder de manipular a quien me escucha y de sumarlo a mis odios”. Y la fantasía que sigue: “Entre más personas sume a mis odios, más me pruebo que tengo la razón, entre más me pruebo que tengo la razón, menos tengo que cuestionar por qué traigo esta rabia, este dolor que traigo, que no tiene nada que ver con ese otro,  ese dolor que es sólo mío, que no resuelvo atacando a otra persona…sólo lo tapo, lo anego por un rato, lo pospongo”.

 

La envidia no es un dato menor a analizar, cuando vivimos esa profunda incomodidad que produce escuchar el discurso de la maledicencia y sus excesos.  La envidia, esa admiración contrariada. Esa admiración que no sabe y no soporta decir su nombre, y que se convierte entonces en la aplanadora en la negación del otro.  ¿Qué tiene ese otro que la persona maledicente quiere? ¿A qué la está confrontando que no soporta?

 

¿Por qué la persona maledicente siente que aquello bueno que tiene el otro, se lo está arrebatando a ella? Y entonces se sube a esa actuación desmesurada: “Puesto que tu existencia me señala lo que quiero y no tengo, puesto que lo que es tuyo, me hace sentir despojada/o, tengo derecho a invadirte, agredirte y despojarte  con palabras”.

 

Detenerse a solas, detenerse tantito. ¿Cuál es el sentido de deshumanizar a otra persona? ¿De qué supondría el maledicente que se sana, denigrando? Porque no, no se sana de nada. Al contrario. La maledicencia es una manera de fugarse –a costa de otro- de nuestras demandas interiores fundamentales. Si una/o acepta su envidia, por ejemplo, allí donde se da, quizá pueda trabajar de más cerca sus necesidades y sus deseos. Quizá pueda construir un vínculo más creativo con eso que una/o tiene, con eso que a una/o le falta. Agradecer más lo que sí es nuestro. Eso. Agradecer en lugar de intentar “arrebatar”.

 

@Marteresapriego