Opinión

La promesa de pacificación

Si el presidente quiere cumplir su promesa de paz en México, es hora de que deje los guantes y se ponga, él mismo, a trabajar la paz. | María Fernanda Salazar Mejía

  • 15/03/2019
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Pacificar al país fue una de las grandes promesas de campaña del presidente López Obrador. Quizás, la más compleja, multifactorial, la que más trabajo y transversalidad exige al presidente y su gabinete, y la que más participación social -en los términos más exhaustivos- debe tener. Es, hasta hoy, la promesa olvidada.

De acuerdo con académicos y profesionales que se han dedicado a estudiar y construir procesos de paz en el mundo, el surgimiento de conflictos se puede analizar a partir de 4 categorías, como: supervivencia (vida o muerte), identidad (ej. etnicidad, sexualidad, género, religión), bienestar (ej. servicios públicos, educación, salud) y libertad (ej. la posibilidad de expresarse, desarrollarse, moverse libremente). Estos conflictos, por su parte, pueden ocurrir en distintos niveles: personal/individual; relacional (entre grupos y personas); estructural y cultural.

En ese sentido, pacificar al país requeriría, en primerísima instancia, un análisis muy profundo de los múltiples conflictos que existen en México, sus causas, su intensidad, sus variables, la relación entre las variables y los niveles en los que éstos están ocurriendo, para definir los tipos de intervención que ameritan y comprender los aspectos clave en los que se debe trabajar desde las políticas públicas a niveles locales, nacionales e incluso de cooperación internacional, para lograr una estrategia integral y amplia de pacificación; evaluar los recursos y mecanismos necesarios, y planear su uso conforme a las prioridades.

Hoy por hoy, muchos de estos análisis están fragmentados y nos impiden ver, por ejemplo, la relación entre distintos conflictos: formas de injusticia, desigualdad, impunidad, localización geográfica, actividad económica, corrupción, abusos de poder, desplazamientos, violencia feminicida, violencia escolar, medio ambiente, entre otros aspectos. Por ejemplo, hay países en los que se ha estudiado la relación entre la violencia doméstica y la violencia del crimen organizado.

Un problema adicional es que, si bien la demanda por seguridad es generalizada, ésta se presenta desde diversos sectores de maneras distintas, con distintas prioridades y urgencias. En algunos casos estas demandas no consideran modelos de seguridad democrática y, en otros, no se le da relevancia al proceso de apropiación de las comunidades afectadas -o inmersas en estos conflictos- ni se escucha su voz. Ninguno de estos modelos podría ser viable. Por ello, resulta indispensable entender las demandas, sus voceros, contextos, supuestos y explorar su potencial de articulación; pues en la medida que éstas se entrelazan en amplios sectores de la sociedad, puede resultar más factible su atención.

No obstante, el presidente y parte de su gobierno siguen cometiendo el gran error de abordar los síntomas como causas o limitar las causas de los conflictos, incluso con posturas francamente ideológicas que, lejos de responder a evaluaciones exhaustivas, solo se presentan como discurso. Pero el discurso no cambia realidades.

Creando conflictos

Cuando el presidente decide que todos los programas de gobierno se deberán hacer a través de transferencias directas, está ignorando que la dimensión de bienestar también está integrada por la prestación de servicios públicos de calidad y reconocimiento de derechos que las personas no se pueden proveer a sí mismas; con lo cual, está generando un conflicto en el corto plazo. Cuando el presidente decide ignorar las luchas de las mujeres por condiciones de igualdad, se niega a reconocer que una fuente central de falta de bienestar e injusticia es la falta de autonomía de las mujeres, su discriminación y ausencia de políticas públicas para que se desarrollen plenamente. Cuando el presidente ataca a la sociedad civil y la identifica como enemiga, ignora que la organización vigorosa de una sociedad sirve también para canalizar tensiones en una nación diversa. Al impulsar proyectos de infraestructura sin la participación de las comunidades afectadas y sin un análisis exhaustivo de la sustentabilidad de los proyectos, enciende nuevas fuentes de conflicto en el corto, mediano y largo plazos.

Al apostar por adjudicaciones directas en proyectos multimillonarios, el gobierno está creando conflicto en la lucha por los recursos, ahí en donde la solución debería ser la transparencia y la competencia. Al apostar por los militares y despreciar a las policías, está generando rivalidades institucionales ahí en donde debería buscar capacidad, fortalecimiento y coordinación.

En ese sentido, el presidente, lejos de estar trabajando en la pacificación del país, está intensificando conflictos existentes y creando nuevas fuentes de tensión social que, más pronto que tarde, van a regresar convertidos en más víctimas, más crisis de violencia e inseguridad, más injusticia y una paz cada vez más lejana.

La pacificación en México requiere, además de las propuestas de largo plazo y cooperación internacional, acciones de corto y mediano plazo en distintos niveles; diálogos en lugar de monólogos, cambios de visión en el diseño de las políticas públicas e intervenciones estratégicas que permitan desactivar o reducir los conflictos actuales que, muchas veces, son invisibilizados en las terribles cifras de violencia y crimen, sin que sepamos su origen. No conocer a fondo los diversos conflictos que se siguen multiplicando en el país, solo beneficia a quienes lucran con la violencia, el crimen y la injusticia.

Si el presidente quiere cumplir su promesa de paz en México, es hora de que deje los guantes y se ponga, él mismo, a trabajar la paz.

8 de marzo: ¡Pasa la voz!

@Fer_SalazarM | @OpinionLSR | @lasillarota