Opinión

La política de la nostalgia y sus riesgos

Es hora de que el presidente deje de hablar de liberales y conservadores del siglo XIX y empiece a pensar en acciones concretas. | María Fernanda Salazar

  • 10/05/2019
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No es un tema exclusivo de México. Por todo el mundo, quienes ejercen la política parecen apostar a que la sociedad permanezca en el retrovisor. Buscan explotar la emoción de la nostalgia, la idea de que todo tiempo pasado fue mejor, la romantización de las generaciones que sí respetaban a sus mayores, de los tiempos en los que las personas sí tenían valores, tiempos en los que no había diversidad, en los que las supuestas identidades nacionales o comunitarias no estaba en riesgo, tiempos en los que cada quien asumía su rol, tiempos en los que el Estado era el gran benefactor y en los que sí había grandes líderes para tomar las decisiones en nombre del pueblo.

La mayoría de esos discursos se basan en argumentos falsos, carecen de evidencia y omiten deliberadamente los problemas que se vivían en aquellos tiempos, pero recurren a tocar emociones que transportan a las personas a un espacio de seguridad -aunque sea falaz- en tiempos en que la esperanza y el optimismo no parecerían ser una opción ‘inteligente’.

¿Acaso no -al menos a la mayoría- nos gusta escuchar melodías que nos recuerdan los tiempos felices de nuestra infancia? ¿Recordar a carcajadas las historias que vivimos con nuestras personas queridas? La mayoría de esas ocasiones, elegimos olvidar los riesgos o duras lecciones que esas experiencias implicaron.

Andrés Manuel López Obrador es un presidente nostálgico del pasado. Sus categorías de análisis y discurso no están ubicadas en el siglo XXI y poco parece entender de los enormes retos que conlleva la economía global en tiempos en los que, además, enfrentamos la amenaza del cambio climático y los intentos de debilitamiento del sistema internacional de derechos humanos o de cooperación internacional. La manera en que él mismo plantea las políticas públicas de su gobierno no tienen que ver con la comprensión de los cruces entre distintas formas de discriminación, sino en un análisis de clases que muchos analistas hoy replican sin detenerse a observar otros fenómenos de desigualdad e injusticias que deben ser atendidos con una visión renovada y con urgencia.

El problema, no obstante, es que no solo el presidente y su partido apuestan frecuentemente al discurso del pasado (consideremos temas como la refinería financiada en su totalidad por el gobierno), sino que también la oposición está en esta dinámica.

Escuchamos, por ejemplo, a Beatriz Paredes hablar en el Consejo Político del PRI sobre las grandes instituciones que ese partido construyó en el siglo XX, mismas de las que la mayoría de los votantes mexicanos de hoy no se han beneficiado, sino que han sido excluidos y están en franca quiebra. El PAN y la derecha, por su lado, siguen hablando de Venezuela desde 2005, teniendo como su líder más visible a Felipe Calderón, cuyos resultados en términos de violencia y estancamiento económico son comprobables. Voces ahora “opositoras” de famosos influenciadores, osan referirse a gobiernos pasados con frases como “no sabíamos que éramos felices”, sin detenerse a pensar en por qué la gente despreció esas opciones en julio del año pasado.

Otros partidos, por momentos, tratan de posicionarse a la vanguardia en ciertos temas, sin ser capaces de articular un discurso y -sobre todo prácticas políticas- que apunten hacia la política del porvenir.

Todos estos elementos nos hablan de la incapacidad de visualizar y proyectar un futuro viable para México en tiempos en los que la tecnología y la innovación (ej. inteligencia artificial), el medio ambiente, la geopolítica, la articulación de nuevas demandas sociales y mayores tensiones entre la democracia y la creciente desigualdad que genera el sistema económico, no pueden ser atendidas desde el pasado.

Aunque tal vez ese discurso explica parte de la popularidad sostenida del presidente, son muchos los problemas que implica esta visión para el país. Entre ellos,

1.            Que, al seguir viendo los problemas sociales desde una perspectiva tan simplista, éstos no sólo no se van a solucionar sino se van a agravar. Como lo decía Katia D’artigues a propósito de las personas con discapacidad, la política del gobierno ayuda a garantizarles sobrevivencia, pero no autonomía ni inclusión. Eso mismo sucede en todos los demás ámbitos de la política social.

2.            Que, con el paso del tiempo, de no mostrar signos de avance en los problemas que la gente piensa que este gobierno puede mejorar, el pesimismo sobre el futuro puede llevar a elevar las tensiones que vive la democracia derivadas de la pobreza y la desigualdad. El tema de la revocación de mandato, en este contexto, sería un riesgo mayor.

3.            Que se puede perder la oportunidad histórica de que la justicia y la paz, en todas sus dimensiones, estén en el centro de las acciones de un gobierno y éstas queden desterradas en beneficio de agendas particulares.

4.            Que México podría perder toda oportunidad real de insertarse con mayor éxito en una economía aceleradamente tecnificada -con la agravante de tener menos integración económica frente a las políticas anti-comercio internacional que se impulsan desde Estados Unidos- sin dar opciones de desarrollo y autonomía futuras a millones de personas que estarían recibiendo apoyos económicos.

5.            De suceder lo anterior, la premisa de que la violencia se soluciona con política social podría quedar por completo desacreditada.

6.            Al no haber un partido -ni el del gobierno ni el de oposición- que trace una alternativa que emocione a la sociedad, lejos de fortalecerse la democracia, se estaría fortaleciendo quien sea que tenga en mente un modelo cada vez menos democrático.

Por todo lo anterior, es hora de que el presidente de la república deje de hablar de liberales y conservadores del siglo XIX y empiece a pensar cuáles son las acciones concretas con las que va a heredarle futuro a un país que lo eligió con esperanza, no con nostalgia.

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