Opinión

La política ambiental también suma sus muertos

Los daños que produce la contaminación ambiental han estado históricamente subestimados. | Leonardo Martínez Flores

  • 30/07/2020
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Después de seis meses de pandemia y seguramente mucho más de setecientos mil fallecimientos en el mundo por covid-19 (pues los subregistros son abundantes y generalizados), los datos documentados por el personal de salud de muchos países van conformando una valiosísima fuente de información sobre la transmisión del coronavirus, sus sintomatologías, los tratamientos que han resultado efectivos y las comorbilidades asociadas a las defunciones en diferentes lugares.

En México, la elaboración de las bases de datos y la difusión de la información correspondiente es responsabilidad única de la Secretaría de Salud, la cual ha sido dura y justificadamente criticada por la mala calidad de los datos publicados. En efecto, éstos no sólo muestran subregistros muy importantes, errores, rezagos y asincronías, sino que también se han utilizado para hacer un manejo doloso y mezquino de la información que ya ha sido evidenciado por numerosos analistas nacionales e internacionales.

No obstante, los datos oficiales son la fuente de información más completa disponible y por tanto aquella que se tiene que usar para hacer los estudios y análisis que nos permitan entender mejor la evolución y las implicaciones de la crisis sanitaria por la que estamos pasando.

Una de las categorías de la información se refiere a la de las comorbilidades detectadas en personas que han muerto por covid-19, aspecto en el cual la Secretaría de Salud también ha dado información errónea y confusa.

Un ejemplo de ello se dio hace unos días durante una de las tardeadas del palacio, en la que los funcionarios de salud presentaron una gráfica en la que afirmaban que las comorbilidades más frecuentes observadas en fallecimientos confirmados por covid-19 eran hipertensión, diabetes y obesidad. Sin embargo, como lo demuestra el académico de la UNAM Arturo Erdely, la interpretación correcta de las mismas cifras oficiales que usaron para hacer la gráfica cambia el orden de las comorbilidades, de manera que el orden en la gráfica debió haber sido otro: primero la insuficiencia renal crónica, la enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC) y los padecimientos cardiovasculares, y hasta después las comorbilidades presentadas por la Secretaría de Salud. El uso tergiversado, por incompetencia técnica o por dolo y con propósitos sospechosos de los datos oficiales, es absolutamente reprobable.

Por otro lado, los académicos Solís y Carreño del Colegio de México realizaron un estudio en el que analizaron los expedientes clínicos de varios cientos de personas fallecidas por covid-19 e identificaron, como las comorbilidades que conllevan los mayores riesgos de muerte y en orden decreciente, a la insuficiencia renal crónica, a la enfermedad pulmonar obstructiva crónica, obesidad, diabetes, inmunosupresión e hipertensión arterial.

Este estudio fue más allá y encontró además que la suma de comorbilidades en una persona aumenta todavía más el riesgo de muerte por covid-19, pues con dos comoribilidades el riesgo de muerte con relación al de una persona sin comorbilidades aumenta alrededor del 18% y con tres comorbilidades ese riesgo se incrementa un 27% más.

Independientemente de la discusión científica sobre el tamaño de los incrementos en los riesgos de muerte por la existencia de comorbilidades, el punto que me interesa resaltar en esta ocasión es que desde hace años se sabe que algunas de esas condiciones preexistentes están directamente relacionadas con los niveles históricos de contaminación atmosférica. Es más, no solamente la polución del aire es un factor real que ha contribuido al desarrollo de algunas de las comorbilidades que están causando más muertes en esta pandemia, sino que un incremento en los niveles de contaminación puede multiplicar el número de fallecimientos de personas con covid-19.

En las últimas semanas se han publicado varios estudios que encuentran relaciones claras y directas entre los niveles de contaminación atmosférica y las muertes ocurridas por covid-19. Uno de esos estudios, realizado por el Department of Biostatistics, Harvard T.H. Chan School of Public Health, de la Universidad de Harvard, encuentra que un pequeño incremento de un microgramo de partículas PM2.5 por metro cúbico provoca un aumento del 8% en las muertes por covid-19 en los Estados Unidos. Recordemos que las PM2.5 son partículas muy pequeñas de contaminantes que flotan en el aire, que provienen principalmente de procesos industriales y de combustión de motores que utilizan diésel y gasolinas, y que abundan en la mayoría de las ciudades mexicanas.

Un segundo estudio de interés fue publicado hace unos días, se realizó en Holanda con datos más finos y precisos que los utilizados por el estudio de Harvard, y encuentra que el mismo incremento en la concentración de partículas PM2.5 provoca un aumento del 17% en las muertes por covid-19.

Si bien estos hallazgos se suman a las preocupaciones actuales, en el fondo lo que hacen es confirmar el hecho de que el espectro de los daños causados por la contaminación atmosférica que padecemos en muchas ciudades mexicanas es muy amplio y bastante grave.

En varias ocasiones he reiterado que las políticas públicas tanto federales como locales en materia de calidad del aire han mantenido durante años una visión anacrónica, pusilánime e irresponsable que ha permitido que muchos millones de mexicanos estemos permanentemente expuestos a concentraciones peligrosas de varios contaminantes atmosféricos.

Estudios científicos serios han podido demostrar que la contaminación atmosférica es un factor real que contribuye al desarrollo de graves afecciones de los sistemas cardiovasculares y respiratorios, así como al de varios cánceres como el de vejiga, y a otros padecimientos como la fragilidad ósea, la infertilidad, la diabetes, la obesidad, demencia, depresión, suicidios, complicaciones del hígado, Parkinson, autismo, daños al feto y a los niños pequeños, como bajo peso al nacer y reducción de capacidades respiratorias y cognitivas. Es de suma importancia el hecho de que muchos investigadores de primer nivel han tenido que reconocer que los daños que produce la contaminación ambiental han estado históricamente subestimados.

Las coincidencias entre estos padecimientos y las comorbilidades asociadas al incremento de muertes por covid-19 es una llamada de alerta para volver a insistir sobre la importancia que deben tener las políticas de calidad del aire, tanto las de corto como las de largo plazo.

Si bien es cierto desde los noventas del siglo pasado a la fecha ha habido algunos avances, en general el tema de la calidad del aire ha sido histórica y sistemáticamente despreciado y minimizado por todos los gobiernos federales y locales. Sin embargo, el desprecio del gobierno actual por el tema no tiene parangón: las decisiones tomadas para desterrar el aprovechamiento de las energías limpias, el frenesí por apostar a la producción y al uso de combustibles fósiles incluyendo a los más cochinos como el combustóleo, así como el descarado incumplimiento de compromisos, convenios y tratados internacionales como el acuerdo de París, colocan al gobierno de López Obrador como el peor enemigo de la salud ambiental que hemos tenido.

Ese asesino pertinaz y silencioso que es la contaminación del aire ha encontrado un campo fértil en esta pandemia. Y por el momento está feliz porque tiene en este gobierno al cómplice ideal para elaborar sus planes de mediano plazo. Tendremos entonces que hacer lo que esté de nuestra parte para quitarle al cómplice y ponerle enfrente alguien capaz de tirarle esos planes, por el bien de estas y de las generaciones que vienen.

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