Opinión

La piedrita en el zapato III

Cuando Sabina Kilimanjaro logra dejar de elegir a su amo elegido. (Última entrega)

  • 24/02/2015
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“Viví buscando quien me ‘salvara’ de mí misma y tuve la desgracia de encontrarlo”: testimonio de Sabina Kilimanjaro.

 

¿Qué es el amor?

 

A amar se aprende.

 

Una podría hacer su lista de deseos como carta a los reyes magos.

 

Pero el amor en la mayoría de los casos es aquello que una/o es capaz de reconocer como “amor”.

 

Y eso depende de una historia de vida.

 

¿Sabina tendría que aceptar que sus padres no la amaron?

 

Es una posibilidad, y no la peor de todas. Pero aún tiene la opción de plantearse otra negociación interior: Sus padres la enseñaron a amar y a sentirse amada de una manera dolorosa, alienante, inadecuada.

 

Le enseñaron a imaginar el bofetón como un abrazo.

 

Los vidrios rotos como un llamado.

 

El encierro y la prohibición como la única forma imaginable de protección.

 

Le enseñaron que la vida no era sino una larga colección de objetos  deseados (la risa, la empatía, la caricia, el respeto, la cercanía, el talento…) que terminan guardados bajo llave “en el baúl de los objetos imposibles”.

 

¿Acaso logrará construir una nueva manera de amar y de sentirse amada?

 

Para saberlo necesita imaginar, conocer, ser capaz de entrever algo distinto a lo hasta entonces –para ella- conocido.

 

El reto inmenso de trabajarse –también- otra.

 

Sentirse -también- otra.

 

La otra de ella misma que toma su bolso, abre la puerta y sale a la calle.

 

A encontrarse con su ella de paseo.

 

Cabellos al viento.

 

Su ella sin miedo.

 

EL PARTEAGUAS

 

“Repetir es una manera de intentar sanarse”, leyó Sabina alguna vez.

 

Y decide salvarse imaginándole a la ternura senderos nuevos en los que la manera de amar no sea una repetición desgarradora.

 

Por el momento es una venada herida y atrapada en la amenaza de los miedos infinitos y cósmicos.

 

Se ve a sí misma así:

 Frida Kahlo.

 

A Sabina no le gusta romper la armonía. En realidad no le gusta romper casi nada,  de allí su conflicto con el cascarón de los huevos para el desayuno. Su madre solía decir: “Hay que reparar lo que esté roto en la casa”. Entonces zurcían, remendaban, zurcían, remendaban. “Nunca vamos a poder zurcir lo que ya se nos rompió”, pensaba Sabina con su almita deshilachada. Pero conservó las costumbres de su madre. Cuando conoció a Benito Efraín se sintió embelesada por esa cantidad de “promesas de amor” o frases que ella entendió como tales: “Quiero una relación que no se rompa nunca”. “Quiero que seamos el uno para el otro de tal manera que no seamos más que uno”.  “Quiero que seas lo único en mi vida y yo lo único en la tuya”.

 

Cada mañana Sabina intenta zurcir en su corazón ese sentimiento –ahora- confuso al que alguna vez identificó con amor. Con esos concretos y torcidos modos del amor.

 

Sabina solicitó a la Manola (capítulo anterior) los siguientes objetos –para ella- mágico-curativos:

 

A) Un libro.

 

B) Un paraguas.

 

C) Un espejo grande.

 

D) Una pluma fuente con tinta azul.

 

E) Un cuaderno de tapa roja.

 

F)  Unos lápices de colores.

 

G) Un sacapuntas en forma de globo terráqueo.

 

¿Cómo transportar los objetos hacia el interior de una casa clausurada, de una cárcel? 

 

La lealtad del Caifancito por Sabina es tan intensa que tuvo que confesar: Él sabía el cómo.  Sabe muy bien cómo acceder a la azotea de la familia Fernández Kilimanjaro. Sabe cómo amarrar una cuerda gorda alrededor del tanque de agua con un nudo marinero. Cómo deslizarse hasta el patio de la casa. Lo sabe porque trabaja de voluntario en un refugio franciscano que recoge animalitos en la calle, y alguna vez tuvo que perseguir a un gato herido de tejado en tejado. Hasta ese patio.

 

Lo sabe porque después se encariñó con esa  mujer a la que espía –cuando su marido se va- a través de la ventana. “La miro a través de la ventana del patio para mandarle mensajes a su alma”. El Caifancito transportó los objetos requeridos con un cariño y un cuidado asombrosos. Envolvió el espejo con burbujitas. Colocó el cuaderno, las plumas, el libro, el sacapuntas, los lápices de colores y el paraguas en su mochila, que se echó al hombro.

 

Se sintió ilegal como Chucho el Roto, avecindado otrora en la colonia Santa María de la Ribera.

 

La Manola agregó:

 

H) Un celular para la conversa, los auxilios y los laberintos del corazón.

 

I) Una videocasetera.

 

J) Una película: “Te doy mis ojos” de la directora Icíar Bollaín. 

 

La violencia doméstica.

 

Maneras de nombrar lo innombrable.

 

No se la pierdan:

 

Ver video (Te doy mis ojos 2)

 

En el cuaderno de tapa roja y con la pluma fuente de tinta azul, Sabina comenzó a escribir su historia. Cuando digo “su historia” me refiero a aquellos comienzos en la historia de sus abuelos. Porque ella sabe que la violencia no es nueva. Oh, no, no es nueva. Generaciones que atravesar. Le sacó punta a los lápices de colores con el sacapuntas en forma de globo terráqueo para soñar que un día navegaría el mundo.  Dibujó a sus abuelos, a sus padres, a su marido. Dibujó su infancia. Dibujó el futuro. Por primera vez se le ocurre que quizá ella tiene un futuro.

 

Sabina pintó a sus ancestros así:

  Frida Kahlo.

 

En ocasiones cuando salía con el señor Fernández lograba mirarse apresurada en los espejos de las tiendas, o en los reflejos de los vidrios de las ventanas. Mirarse le producía culpabilidad y vergüenza. “Deja de mirarte en el espejo”, niña, le decía su madre cuando era pequeña. “Así comienzan las suripantas,  las perdidas del arrabal, las de cascos ligeros”.  “Una mujer casada no debe perder su tiempo ante el espejo”, decía Benito Efraín, “primero son los espejos y luego los amantes, las mujeres no saben controlar su vanidad. Eres ridícula y fea, estás enterada”.

 

Sabina colocó el espejo frente a ella. Temblaron sus manos. Se miró en el espejo vestida de ella misma, vestida de muñeca. Con y sin sus muñecas. Con y sin sombrero. Se miró al espejo en camisón. Medio vestida. Desnuda. Se miró como si tuviera que recuperar poquito a poco años de olvido de sí misma.  Levanta el brazo y mira cómo su doble levanta el brazo. Se sienta en el suelo y su doble la imita. Se levanta rapidito y la otra se levanta a la misma velocidad. Se mira, se señala y dice: “Tú eres Sabina Kilimanjaro. No tengas la menor duda”. Cumple su ritual día a día apenas Benito Efraín abandona la casa después de su frase habitual: “Trata de ser útil por una  maldita vez en tu estúpida vida de muñeca. Ya me voy, a ver qué me depara el destino”.

 

Sabina escondió todos los objetos –ahora posibles - adentro del horno al que Benito Efraín nunca acude: “Cosas de mujeres y afeminados”, solía decir, “los lavaderos y los hornos”. El espejo –como es lógico- no cabe en el horno, Sabina lo esconde debajo del catre en el sótano.

 

Ni un pan, ni un pastel más salió del horno de la cocina de Sabina Kilimanjaro.

 

Era otra cosa lo que ella quería hornear.

 

Lo que se está horneando.

 

Me es imposible ubicar cuánto tiempo necesitó Sabina para asumir su deseo de vivir en libertad. Sólo aclaro que en este contexto existen dos tiempos muy distintos: el tiempo que marcan los calendarios, y el tiempo que marcan los procesos emocionales.

Tan interminable o tan breve.

 

La canción que la Manola y sus amigas grabaron en video desde el Museo del Chopo para llenar de fuerza mágica el corazón de Sabina Kilimanjaro.

 

Ver video (You´ve Got A Friend)

            

Una mañana de marzo la Manola recibió una llamada del nuevo celular de Sabina: “Brilla un sol tan hermoso. ¿Querrías salir a pasear?” Sabina lo dijo de corridito como si salir a pasear le fuera –por fin- una promesa y no una amenaza de muerte. No tuvo miedo de sus fobias. No demasiado. Ni de sus asfixias en la calle si Benito Efraín no caminaba a su lado. “Sin mí no eres nadie, sin mí no eres nada. Una cabra loca que se perdería a la vuelta de su casa. No eres nada, sino la señora de Fernández. Nada de nada”.

 

Sabina abrió (como quien se toma un Tafil) el hermosísimo paraguas que la Manola le consiguió en un tiradero de antigüedades de colonia elegante. El Caifancito la alcanzó en el patio de su casa, y salieron del claustro como gatos por los tejados.

 

Sabina tuvo vértigo, es cierto.

 

Pánico, también.

 

Pero se los aguantó.

 

Paraguas:

El paraguas mágico de Sabina Kilimanjaro           

 

Se fueron las dos a pasear por el barrio. Sabina protegida por Manola y por su paraguas abierto cubriendo su cabeza.  El pánico invadía a Sabina y caminaba como arrastrando los pies. “Me estoy asfixiando, Manola. Tengo que regresar a la casa”.  “Respira niña, respira que no pasa nada”. Por días y días pasearon por ese barrio y por el barrio de al lado. Y el de al lado. Durante días pasearon bajo el sol por barrios hermosísimos de la ciudad de México. “Me duelen los pies”, decía Sabina.  “Se me van a caer”. “Es la piedrita en el zapato, niña, zapatea contra el pavimento, zapatea y la piedrita se irá haciendo polvo”. Sabina zapatea.

 

Mientras tanto el –honorable y probo- don Benito Efraín Fernández, (de oficio cerrajero) abría –junto a la mujer de los ricitos teñidos de rubio- cantidad de puertas de cantidad de hoteles de esos que huelen a jabón Rosa de Venus. Se entendían muy bien entre ellos: “Apenas saque a la zorrita de mi casa te llevo al altar”, le decía. “Para amarnos el uno al otro como si fuéramos sólo uno”, le decía.  La de los ricitos respondía lánguida e ingenua: “Acaba con ella.  Quiero su casa, sus vestidos, sus perfumes.  Su cama. Su risa. Su sangre y su perrita. Quiero comerme todo lo sabroso que haya en ella”. Hasta Benito Efraín Fernández se asustaba -por momentos- de ser amado con tantísima pasión.  “A ver si ésta no me sale caníbal”, se decía, con un asomo de vaga inquietud.

 

El libro que el Caifancito le llevó a Sabina Kilimajaro se llama:

Diario de Frida Kahlo 

 

Un día la Manola recibió una llamada: “Voy al barrio de Coyoacán a la casa de la pintora Frida Kahlo, la del librito”. Voy sola, Manolita. Voy sola”.

 

La primera vez que Sabina Kilimanjaro con su foulard naranja y sin demasiados accesos de asma, ni ataques excesivos de pánico, toma el tranvía desde la colonia Santa María de la Ribera hasta Coyoacán.  Al lado suyo (aunque no se ve) viaja su –inseparable y mágico- paraguas protector.

 

El viaje en tranvía es así:

 Frida Kahlo

 

Sabina visita la casa y su jardín. Salió y volvió a entrar. Se recostó sobre la cama de Frida y de pronto se encontró llorando como si trajera todo el río Usumacinta en el cuerpo. Lloró con suspiros, sollozos, gemidos, mordiendo las almohadas bordadas. Lloró y en el espejo encima de la cama se miró llorar.  Supo entonces que una puede –también- consolarse y abrazarse a sí misma.

 

Que una/o se merece quererse tantito.

 

Oh, no, no es enferma y loca vanidad…quererse tantito.

 

Lloró como lloran las víctimas de otros, de ellas mismas, en esa larga cadena generacional…que un día se termina.

 

Hay una generación que rompe con la historia familiar.

 

Hay una persona que se mira a sí misma y dice: “Basta de sumisión. Basta de violencia”.

 

Porque para entonces ya sabe que la denigración, la descalificación, las ofensas, los golpes… son violencia.

 

Y luego dice: “Nunca más”.

 

Hay una persona que elige romper el pacto amo y esclava.

 

Desafiar el miedo cósmico y aprender a zapatear por las calles.

 

Hasta que la piedrita se hace polvo.

 

Lloró como sólo puede llorar una mujer que deserta para siempre la única forma de vida que le es conocida. 

 

Algunas/os visitantes se extrañaron, otras/os lloraron con ella.

 

“El performance…” explicó engolado y solemne un profesor de Berkeley en visita por la ciudad. “Los mexicanos son tan apasionados”, comentó un jubilado francés ex marinero de Marsella. El vigilante se acercó a la cama respetuoso y acomedido: “Llore señorita, siga llorando a su anchas, me voy a echar una torta de milanesa con tamal y regreso a ver cómo está”.

 

Sabina entendió que el dolor existe, tiene un lugar, se acepta, se vive, se nombra, se transita…y -casi siempre- se transforma.

 

(No hay manera de saber cuándo se transforma, ¿en qué momento? ¿cómo? Lo único verdadero…

es que un día una/o se despierta…

y el oscuro animal ya no está…

mordiéndote por dentro.

El animal del miedo cósmico…ya no está…

mordiéndote por dentro).

 

Lo que  Sabina cantó –como mantra-  al salir de la casa azul en Coyoacán:

Diario de Frida Kahlo

 

En ese mismo soleado mes de marzo, José Ramón (de oficio cerrajero) y rival de Benito Efraín desde la infancia, aceptó el más vengativo de sus retos propuesto por el Caifancito: cambiar las chapas de las puertas, los armarios, los baúles, y los armarios de la casa del señor y la señora Fernández. Su rencoroso júbilo fue tal, que aceptó caminar los tejados en las cuatro patas de los gatos para llegar hasta allá.

 

Cuando el señor Fernández regresó a su casa que suponía suya de él –deseoso de mandar a su esposa a dormir al sótano para vengarse de haberla engañado-  insertó la primera llave. No dio vueltas. Como si estuviera atorada. Colocó la segunda y tampoco. La imposibilidad de que alguien se hubiera atrevido a cambiar la cerradura era tan absoluta, que ni aún su destreza en su noble oficio le permitía dilucidar el misterio de inmediato.

 

“¡La muñeca desneuronada cambió las chapas!”. Benito Efraín Fernández pateó la puerta hasta abollarse los zapatos. A  la  derecha de la puerta una hilera de maletas en filita perfecta lo informan del cambio de los tiempos.  Sólo que a veces, como diría la Manola: “ese señor es corto de entendederas”. Encima de su botiquín de piel un sobre que contiene el siguiente mensajito: “Antes querido mío, no quisiera parecer desconsiderada pero tenemos que despedirnos. Tantos años. Y sin embargo, ahora que me despido para siempre no puedo ni siquiera odiarte a como se debe. Ya no le temo ni a la locurita ni al extravío. Tu crueldad, tu desamor.  ¿Tal vez tu traición? Qué inmenso y terrible absurdo, ex querido mío”.

 

Debajo había dibujos a colores de paraguas, piedritas, arco iris y gatos.

 

Benito Efraín gritó.

 

Amenazó.

 

Se desgañitó.

 

Las puertas y ventanas de la casa permanecieron cerradas.

 

Llamó a los policías, engrasó manos y entre todos aporrearon puertas y ventanas.

“Cumpla con su deber de esposa que se respeta y ábrale al señor que es su marido”, gritaban los guardianes de la seguridad y el orden público. “Legítimo”, completó Benito. “¡Legítimo!” Repitieron los policías.

 

Llamó Benito Efraín a sus amigos y conocidos.

 

A la mujer de los ricitos teñidos de rubio.

 

Al cuartel de bomberos.

 

Para estas alturas de la escandalera en el barrio, la Manola y el Caifancito tenían convocadas a tres cuartas partes del vecindario de la Santa María de la Ribera, al pleno de las/los tiangueras/os del Chopo,  a las/los activistas  del refugio franciscano para la protección de los animalitos. Hasta las compañeras de Equidad de Género y de Católicas por el Derecho a Decidir llegaron con sus pancartas, sus cacerolas y sus tambores.

 

Una multitud rodeaba –a distancia- a Benito Efraín…el amo enfurecido.

 

Atónito.

 

Cabizbajo.

 

Contrito y cejijunto.

 

El amo derrotado.

 

El amo –sin su presa- arrojado al extravío.

 

“Eres un fracasado Benito Efraín Fernández”, dice la de los ricito. “¿No que la tenías dominada y la perrita y la casa y las cacerolas eran nuestras? A ver quién te sigue, mandilón de mierda”.  “Sí me salió caníbal”, masculla Benito Efraín, el amo que buscaba otra esclava y no supo reconocer a una ama en toda su espléndida vileza.  Piedra contra cocoyol, como quien dice.

 

Llegaron los bomberos convocados por el marido expulsado.

 

La comandanta Berenice Lupita, jefa de la estación de bomberos y descendiente de la primera heroica (y fogosa) bombera del Distrito Federal, lanzó la orden de emergencia: que sus compañeros desenrollaran sus interminables escaleras y adornaran la fachada de la casa de Sabina Kilimanjaro con globos de colores y serpentinas. Por una de esas escaleras el Caifancito subió y colocó encima de la puerta de entrada y salida el siguiente letrero: “Hogar de Sabina Kilimanjaro. Territorio libre de violencia”.

 

“Necesitamos mucho trabajo”, dijo la Manola (cuyo activismo en pro de los Derechos de las Mujeres ya no dará marcha atrás), “y muchos letreros. Que un día decenas y cientos y miles de casas puedan lucir este letrero, y que sea una verdad verdadera”:

“Territorio libre de violencia”.

 

Sabina Kilimanjaro espía por la ventana junto a su perrita.

 

La perrita agita la cola.

 

Por primera vez desde la llegada de Benito Efraín a su hogar, Sabina Kilimanjaro tomó su manojo de llaves, le dio vuelta a su puerta, y salió por ella (y no por los tejados) de su casa.

 

Su casa suya de ella.

 

Podríamos pensar que este es un final feliz. No nos apresuremos. La vida de Sabina Kilimanjaro continúa y ella tendrá que enfrentar las felicidades, penurias, contratiempos, alegrías y todo lo que significa el reto de vivir una vida.

Vivirla conforme a sus deseos adormecidos por años.

 

Vivirla tan bonito a como se pueda.

 

Lo que el final sí tiene de muy feliz, es que podemos imaginar que sus elecciones –si se esfuerza- vendrán a partir de ahora más de su ella –ella, que de su ella –miedo a sí misma.

 

Y esta liberación de los grilletes del miedo hacia adentro, y del miedo hacia afuera, es un parte aguas en la existencia de toda mujer y de todo hombre.

 

Sabina abrió la puerta y su mirada tropezó con la mirada del Negro Pepo, el más bello y talentoso jaranero que haya jamás poetizado en el Kiosco Morisco.

 

Sí, alguna vez lo escuchó.

 

Con tanta ternura, que aquella noche Benito Efraín Fernández la envió a dormir al sótano.

 

Sin perrita, sin cobija y sin catre.

 

Quizá se ruboriza Sabina cuando mira al jaranero…

 

“Nadie sabe para quién trabaja”, se dice el Caifán desplazado en sus flacuchitos y amorosos diecisiete años. La Manola advierte las miradas y se imagina la sección de sedas de La Parisina y los encajes de la mercería la Guaida /zona centro). El maravilloso vestido que van a coser juntas para ese primer paseo de Sabina y el Negro veracruzano en la Alameda del Kiosco Morisco.  Alguna vez Sabina le preguntó a la Manola: “¿Por qué lo haces, Manolita. Por qué me ayudas?”. “Porque te quiero, porque se me da la gana. Porque otras/os me ayudaron a mí”, le respondió su amiga y se levantó el labio para mostrarle ese espacio vacío en donde la mayoría de las personas solemos tener por lo menos tres dientes. “Vamos a ir por tus dientes Manolita, tendrás los dientes más bonitos y brillantes de toda la ciudad”.

 

Sabina mira de reojo al Negro y se dice:

 

“Quizá con el tiempo. Hay tanto por hacer… amar, por ejemplo”….

 

Sabina Kilimanjaro mira frente a sí ese espacio abierto que ya no la amenaza –no tanto-  y se canta en secreto esta canción de Buika que le enseñó la Manola:

 

Ver video (buika - jodida pero contenta)

 

Se siente feliz y aliviada…

 

Como si su casa y su vida se despegaran del suelo….

Y volaran.

 

Así:

 

“Territorio libre de violencia”.

Las casas volantes de Laurent Chehere

 

 

@Marteresapriego