Opinión

La patria chica del presidente

Sin mejores perspectivas de desarrollo humano y económico. | Teresa Incháustegui Romero

  • 23/11/2020
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En el último mes hemos asistido a otra mas de las periódicas inundaciones de la planicie tabasqueña. Este año abarcaron a localidades de la Sierra, la Chontalpa, el Centro y la región de los Pantanos, de modo que 13 de los 17 municipios de la entidad fueron afectados. La combinación de huracanes del Golfo y El Caribe y frentes fríos del norte que se han venido presentando en la última década entre septiembre y noviembre, se traducen en lluvias torrenciales en Chiapas y Tabasco, cuyos caudales se vierten en los deltas de dos de los ríos mas caudalosos del país: Usumacinta y Grijalva que atraviesan la entidad. Año con año y cada vez con mayor intensidad, la población más pobre de estas dos entidades mira cómo se destruyen los pocos bienes y recursos para la precaria vida que logran conseguir, sin que, hasta ahora los gobiernos del estado y el propio gobierno federal, tomen medidas para resolver la situación y, sobre todo, sin que se esté construyendo una solución sostenible en el largo plazo.

El alto riesgo de esta región a los efectos del llamado Cambio Climático ha sido advertido de tiempo atrás por investigadores nacionales, extranjeros y aún en reportes de inteligencia del gobierno federal. En el año 2000 por encargo del CISEN se realizaron una serie de estudios en torno a los riesgos y amenazas sociopolíticas, económicas y ambientales que enfrentaría el país a inicios del tercer milenio y en esos escenarios se colocó en primer orden de prioridad el riesgo ambiental. En este marco la entidad tabasqueña se identificó como de las más vulnerables tanto a los riesgos antropogénicos como a los propios efectos del cambio climático que también es resultado de la depredación causada por las actividades humanas. De hecho, Tabasco es la zona del planeta donde los cálculos de temperatura para fines del siglo sobrepasan los 3 grados centígrados que se estima subirá la temperatura promedio mundial. El seguimiento que diversos grupos científicos del país han estado dando a los cambios de la temperatura y el comportamiento de las precipitaciones en las cinco zonas climatológicas de la entidad muestran con claridad de 1961 a 2010, tanto el calentamiento de las temperaturas diarias del día y la noche en la zona de la Chontalpa, Centro y Pantanos; como la reducción de las precipitaciones y el enfriamiento de las noches en la zona de Sierra. En promedio, la entidad tabasqueña se calienta medio grado centígrado anualmente (Rivera, Hernández; Aceves Navarro; Arrieta, Rivera et al 2016).

También se ha documentado el aumento del nivel del mar en las costas y la pérdida absoluta de tierra cultivable de la entidad. Escenarios que comparte con Campehce, yucatán y Quintana Roo el adelantado por el Instituto Nacional de Ecología y Cambio Climático (INECC, 2012:18) donde han proyectado un posible aumento de 1 m, que afectaría entre 7 y 9 % del territorio de los estados de Tabasco, Campeche y Quintana Roo.

Ante ese escenario y más allá de la alta concentración de recursos del extinto FONDEN, destinados a las entidades del sureste mexicano, destaca la poca o nula atención que tanto los gobiernos locales, como de la entidad tabasqueña, incluyendo el propio gobierno federal, hacen por contener y aún revertir estas tendencias.  Los planes de desarrollo municipales no contemplan acciones claras, concretas, orientadas al manejo adecuado de esta problemática y son nulas o vagas las estrategias de mitigación, adaptación incluyendo el atlas de riesgo.  Ni qué decir de la carencia de acciones preventivas o que reviertan la vulnerabilidad a los desastres climatológicos que se saben afectarán anualmente la infraestructura de comunicaciones, salud, educación, sin descontar las pérdidas de vidas y afectaciones catastróficas al patrimonio físico y pecuniario de familias y empresas.

De acuerdo con estimaciones del CENAPRED y CEPAL, de 2007 a la fecha Tabasco ha sufrido anualmente pérdidas económicas equivalentes a 11 mil 400 millones de pesos. Este monto representa, casi 14% de los recursos federales destinados en 2019 a la entidad y es equivalente a 70% del gasto educativo para 2020.

Económicamente Tabasco presenta el doble de la tasa de desocupación promedio del país en 2020 (7.0) y en 2019 de acuerdo con datos del INEGI, obtuvo la última posición con respecto a las 32 entidades federativas, en el desempeño económico del país. Mientras las actividades primarias crecieron raquíticamente a una tasa de 0.2%, las secundarias cayeron 18.6% y el comercio informal creció en 4.1%. en lo que toca a ingresos y contribuciones públicas, la entidad ocupó también el último lugar en aportaciones a la federación. Así, de ser una entidad pujante en los años 70 y 80, Tabasco ha pasado desde los noventa a ser una entidad donde crece la pobreza y está en claro proceso de decadencia, económica, social, cultural y políticamente hablando. Sus gobernantes y autoridades municipales desde fines de los noventa se han dedicado impunemente al saqueo de las arcas públicas. Para muestra un botón: el ex gobernador de los miles de pares de zapatos pasó seis años en la cárcel por un supuesto fraude fiscal de tres millones de pesos, mientras se embolsó decenas de miles de millones y, vive hoy pingüemente en Miami.

La triste paradoja es que Tabasco, la patria chica del presidente de la República, no tiene hoy mejores perspectivas de desarrollo humano y económico que con los gobiernos anteriores. Ni sus presidentes municipales, ni su gobernador, ni el ejecutivo federal, están haciendo algo mas que repartir dinero y despensas para los damnificados. El proyecto de desarrollo del sureste que ha propuesto la 4T consistente en una refinería, un puerto de incierta construcción y un tren que no lleva carga, no atienden el problema central de la región que es su empobrecimiento crónico debido a su elevado riesgo ante los efectos del cambio climático.  

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