Opinión

La oruga y la consulta obrera

La consulta obrera, como la oruga, va paso a paso, sigue su camino a pesar de no saber aún a dónde va. | Manuel Fuentes

  • 21/12/2021
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Dícese que la oruga y la consulta obrera mucho se parecen, en su aspecto, y en su caminar despacio que no se detiene; que a unos no gusta, y a otros apasiona. La consulta es como la oruga de la fábula que no dejaba de andar, y que contó al grillo, que encontró en el camino, su sueño de llegar a la punta de la gran montaña y poder mirar desde ahí todo el valle.

Aquella oruga se arrastraba con dificultad por la tierra salpicada de obstáculos y laberintos; seguía y seguía sin parar, a pesar de los gritos de ese grillo incrédulo, quien, a manera de burla, le decía carcajeándose que era una simple oruga y nada podría lograr. 

Que una piedra sería como una montaña, un pequeño charco un mar y cualquier tronco una barrera infranqueable. Que era muy pequeña e insignificante para poder lograr su cometido.

De igual manera, la consulta obrera –que se empieza a arrastrar con dificultad desde su nacimiento– va paso a paso buscando alcanzar aquella montaña. Lo mismo, se encuentra con enormes piedras que tienen cara de líderes sindicales y con otras más grandes, que encarnan a algunos empresarios llenos de polilla.

La consulta sigue y sigue su camino a pesar de no saber aún a dónde va, al ir por caminos nunca antes recorridos. Hay cinco letreros: uno, para contrato por primera vez, que está al revés; el segundo, de pelea intersindical, que está en un lugar alto; un tercero, de revisión contractual, el más pequeño; un cuarto, para elección sindical, que no se entiende por estar pintado con letra borrosa; y el quinto, de la legitimación, que por su longitud lo alcanzan unos cuantos.

Pero la consulta tampoco se detiene. Ya inquietó a unos obreros que se encontró en una callejuela, en lo más alto del cerro, que le preguntaron a dónde iba. Esta les contestó que precisamente los buscaba a ellos y no importaba que estuvieran en plena cima.

Los obreros le dijeron a la consulta que de ella nunca habían sabido. Que los reyes de aquel palacio que se mira en lo más alto ni siquiera los voltean a ver.  Se ponen de acuerdo entre ellos y solo les avientan migajas, les lanzan unos pedazos de basura que llaman salario.

La consulta dice que llega tarde porque por muchos años, quienes gobernaban esa tierra, no la dejaban salir. Que los obreros nunca debían conocerla porque el reino ya no viviría la paz de la miseria. 

A la oruga la dibuja mejor Silvio Rodríguez, porque dice que antes fue humo y que salió de lo oscuro:

“Qué maneras más curiosas

de recordar tiene uno,

qué maneras más curiosas:

hoy recuerdo mariposas,

que ayer solo fueron humo,

mariposas, mariposas

que emergieron de lo oscuro”

La consulta obrera todavía no es una canción, pero los obreros ya la tararean. Tiene una letra que a veces no la entienden los proletarios mexicanos, pero ya la empiezan a escribir en los baños de las fábricas y en los pasillos oscuros en medio de las máquinas, donde el capataz casi no se asoma.

La consulta obrera es secreta”, se lee en las paredes de los baños.  Afuera de la fábrica escriben unos jóvenes trabajadores a toda prisa en la barda que se mira enfrente: “La consulta no es de la incumbencia de los patrones”, 

Otro obrero, el de voz más ronca, dice: “los líderes tampoco se deben meter con la consulta”. Dicen que la consulta es personal y que es propiedad solo de ellos, de los que reciben una miseria envuelta en un despojo de salario.

El obrero más joven, el que empezaba a saber de la consulta, el autor de las pintas en los baños camina rumbo a su casa tarareando una canción de Silvio Rodriguez, con una voz que retumba por todas partes:

“Tu tiempo ahora es una mariposa, 

Navecita blanca, delgada, nerviosa.

Siglos atrás inundaron un segundo

Debajo del cielo, encima del mundo.”

La consulta escucha la voz de ese joven obrero que se trasmina por esas calles oscuras del barrio proletario; va tras ese soñador alegre; ella, la consulta obrera, aprieta el paso para alcanzar a ese asalariado que parece volar mientras avanza.

Ese obrero sueña como la oruga

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