Opinión

La oportunidad de iniciar una verdadera transformación urbana

La coyuntura política ofrece una enorme oportunidad de iniciar una transformación de las ciudades mexicanas, sin duda vale la pena intentarlo. | Leonardo Martínez Flores

  • 27/09/2018
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En alguna ocasión anterior comentaba yo que en el año de 1993, hace 25 años, presenté una tesis académica que exploraba el tema de la variabilidad espacial de la productividad, con la idea de identificar los factores espaciales, es decir urbanos, que inciden negativamente sobre el desempeño de las personas en sus actividades escolares y laborales. Los factores que resultaron críticos eran las distancias recorridas y el tiempo destinado a los trayectos cotidianos, ambos fundamentados en estudios clínicos sobre los efectos negativos que dichas variables tienen sobre la salud física y emocional de las personas.

La fuente de inspiración de mi trabajo era la zona metropolitana de la Ciudad de México debido a los efectos provocados por los entonces ya muy largos y cansados trayectos cotidianos de muchísimas personas. Las conclusiones a las que llevaba el modelo matemático desarrollado para mejorar la productividad eran muy simples: había que modificar de raíz los principios vigentes de la planeación para que la estructura urbana permitiera una organización espacial más eficiente de las actividades que la gente realiza cotidianamente en la ciudad. Usando las palabras de hoy, se sugería la construcción de ciudades más densas, con mayor mezcla de usos del suelo y planeadas sobre una estructura policéntrica caracterizada por centralidades de diferentes jerarquías.

El paso de los años no ha modificado en gran cosa mi opinión. Sigo creyendo que el modelo de planeación urbana vigente ha dado muy malos resultados, creando ciudades altamente ineficientes que propician grandes desigualdades urbanas y socioeconómicas, y ofreciendo una mala calidad de vida para una proporción importante de sus habitantes.

También estoy convencido de que el modelo vigente no puede ofrecer soluciones transformadoras que lo saquen del círculo vicioso en el que se ha mantenido durante décadas. Los malos resultados se pueden observar en cualquier ciudad de México, sin embargo, no ha sido posible cambiar un ápice del modelo porque éste goza de una especie de blindaje inercial reforzado tanto por su enseñanza en todas las escuelas de arquitectura y urbanismo, como por la justificación utilizada sistemáticamente por sus practicantes cuando dicen: “…es que así se ha hecho siempre, aquí y en las demás ciudades”.

Insisto una vez más en que eso no debe verse como una fatalidad. Hay que hacerse a la idea de que transformar una ciudad para mejorarla notablemente, implica transformar el espacio construido. La transformación de la ciudad empieza desde sus adentros, no en su periferia.

Pero el proceso de transformación exige abordar con mentalidad abierta dos aspectos críticos: uno, reconocer que el estado actual de la planeación urbana arrastra un eslabón perdido, una dimensión que contiene a las nuevas ciencias de la ciudad basadas en el estudio de la complejidad y los organismos complejos con capacidades de autoorganización; y dos, que es imprescindible abandonar de una vez por todas la zonificación arbitraria e inflexible de los usos del suelo.

Pasando por el tamiz de estos conceptos nos permite visualizar alternativas innovadoras y disruptivas de planeación, con las que se pueden construir ecosistemas urbanos más eficientes e igualitarios. Se trata de opciones realistas y viables que ofrecen una gran cantidad de beneficios, que pueden mejorar el valor patrimonial de las familias de todos los estratos socioeconómicos, y que reducirían los costos ambientales y sociales de la urbanización a la que estamos acostumbrados.

La coyuntura política ofrece una enorme oportunidad de iniciar una transformación de las ciudades mexicanas, sin duda vale la pena intentarlo. Veremos si se aprovecha la oportunidad o si, de nueva cuenta, la vemos pasar por la ventana.

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